El Estado como un fantasma en la cocina
El martes a la noche, mientras revisaba la factura de la luz con mi hermano, me di cuenta de algo. No discutíamos sobre kilovatios o tarifas. Discutíamos sobre el fantasma que habita en esa hoja de papel. El Estado, esa palabra que suena a edificio de mármol, se había colado en nuestra cocina de Formica. Aparecía en el ítem "cargos nacionales", en el IVA de la pizza que habíamos pedido para no cocinar, en el susurro de la radio que hablaba de otra negociación con el Fondo Monetario.
Mi hermano, que es electricista, apoyó el dedo índice sobre un número. "Acá está", dijo. No era una queja, era un diagnóstico. Como si señalara el punto exacto donde la promesa se había roto. La promesa de que el esfuerzo individual, el mérito de levantarse a las seis para ir a laburar, tendría un correlato en la vida digna. La luz que pagamos a precio de lujo ilumina, cada mes, ese desacuerdo.
La política como ruido de fondo
La polarización no es solo un enfrentamiento en Twitter o en el Congreso. Es un zumbido constante, un ruido de fondo que modula las conversaciones en la cola del supermercado. Dos señoras frente a la góndola de lácteos. Una elige la leche más barata, la otra comenta, sin mirarla: "Es que con este gobierno...". La primera responde, tampoco la mira: "Con el anterior era igual". No se gritan. No se insultan. Simplemente constatan que habitan universos explicativos distintos, paralelos, que se tocan solo para friccionar.
Los medios, claro, alimentan ese zumbido. Pero sería fácil, demasiado fácil, culparlos. La gente ya no consume noticias, consume relatos. Verdades a la carta, como quien elige el menú del día. El problema no es la manipulación burda, esa ya casi nadie se la cree. El problema es la comodidad de la coherencia interna. Elegís un paquete de explicaciones, y todo, hasta el precio del queso, encaja. La inseguridad, la inflación, la deuda. Todo tiene un culpable claro y un héroe potencial. Es un alivio, en medio del caos, tener un mapa. Aunque el mapa esté mal dibujado.
La familia como último comité de crisis
En ese paisaje, la familia dejó de ser solo un refugio afectivo. Se transformó en un micro-Estado de emergencia. Un comité de crisis permanente. Ahí se negocia la ayuda para el alquiler del hijo, se comparten los servicios de streaming para ahorrar, se reciclan los vínculos como quien recicla un mueble. La soledad, en un país tan teóricamente gregario, se disfraza de autonomía. "Yo me las arreglo", dice el pibe de veintipico que vive en un monoambiente y trabaja para una plataforma extranjera. Su mérito es real, su independencia también. Pero su conexión con el proyecto colectivo, con esa idea de Argentina que le vendieron sus viejos, es tan débil como la señal de wifi en días de lluvia.
La educación formal, la de las aulas, compite en desventaja. No puede contra el algoritmo de TikTok que explica la economía en quince segundos, ni contra el podcast que ofrece teorías conspirativas más emocionantes que cualquier clase de historia. La escuela perdió el monopolio del relato, y en su lugar quedó un bazar de versiones. Los pibes no son ingenuos. Navegan ese bazar con escepticismo práctico. Saben que alguna verdad se esconde entre el ruido, pero dudan que valga la pena el esfuerzo de encontrarla. Para qué, si mañana todo puede cambiar.
La inteligencia artificial y el espejo roto
Y en medio de esto, llega la inteligencia artificial. No como un robot futurista, sino como una herramienta más en el celular. Un asistente que escribe, que resume, que crea. Algunos le temen, otros la ven como la salvación. Pero quizás su mayor efecto sea otro: mostrarnos que hasta la creatividad, ese último reducto humano, puede ser simulada. ¿Qué queda entonces de la identidad, si hasta nuestra voz para escribir un mensaje puede ser generada por una máquina?
La memoria, en este contexto, no es un archivo sagrado. Es un material de construcción. Se usa para armar defensas ("antes esto funcionaba"), para justificar rencores ("mirá lo que hicieron"), para edificar nostalgias que, quizás, nunca existieron. Consumimos recuerdos empaquetados en redes sociales, igual que consumimos relatos políticos. A la carta, bajo demanda.
Al final, volvemos a la cocina. A la factura. Al fantasma. El Estado ya no es ese padre severo y lejano de los manuales. Es un administrador de la crisis, un cobrador de impuestos, una promesa de orden que se desvanece en cada billete que pierde valor. La dignidad ya no se mide en monumentos o himnos. Se mide en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedirle plata a los viejos. En mantener un trabajo, aunque no tenga aportes. En poder decir, frente al espejo, que al menos hoy no te quebraste.
Mi hermano dobló la factura y la guardó en un cajón. "Bueno", suspiró. No había nada más que decir. Afuera, la ciudad seguía con su ruido. Adentro, el fantasma de la cocina se había disipado un poco, dejando solo el sabor agrio de la pizza fría y la certeza de que, el mes que viene, habría que hacer la misma cuenta. Con los mismos números, y con el mismo desgaste. Eso, quizás, sea la verdad más concreta de todas: la de la repetición. El día a día como única épica posible.
