Artículo y ensayo

La moral que se ajusta con la inflación

En los gestos pequeños, donde ya no se discute lo que está bien o mal sino lo que alcanza, la clase media argentina renegocia sus principios sin hacer anuncios.

La moral que se ajusta con la inflación

La moral que se ajusta con la inflación

El martes, en el supermercado del barrio, un hombre de unos cincuenta años pasó tres paquetes de fideos por la caja rápida. El cuarto lo escondió entre el diario y la chaqueta. No era un choreo profesional, se notaba en la torpeza, en la mirada que iba y venía entre la cajera y su propio reflejo en el vidrio de la puerta. Cuando salió a la calle, respiró como si hubiera corrido tres cuadras. Nadie lo vio, o todos fingieron no verlo. En ese gesto mínimo, casi doméstico, se condensa algo más grande que un paquete de fideos: la renegociación silenciosa de la moral cuando los números no cierran.

La política habla en grandes cifras, en puntos del PBI, en acuerdos con el Fondo. La verdad se mide en otra escala: en lo que desaparece del carrito, en lo que se posterga hasta el próximo sueldo que ya vale menos, en lo que se justifica para llegar a fin de mes. La clase media argentina, esa entidad que siempre se definió más por sus aspiraciones que por su cuenta bancaria, está aprendiendo a vivir en un territorio donde las reglas éticas son tan flexibles como la moneda.

El mérito y la puerta giratoria

Durante décadas, el relato dominante fue el del esfuerzo personal. Estudiar, trabajar, ahorrar, progresar. Una escalera que, con paciencia, llevaba a algún lado. Hoy esa escalera tiene peldaños que se desinflan. El profesional que factura en dólares vive en un país, el asalariado en pesos habita otro. Entre ellos, una brecha que no se salda con horas extra ni títulos universitarios. La inflación no solo licúa el poder adquisitivo, también corroe la fe en el mérito. ¿De qué sirve esforzarse si el premio se evapora entre que lo ganás y lo gastás?

Los jóvenes lo ven con claridad despiadada. Mientras los políticos discuten modelos de país, ellos hackean el sistema: trabajos remotos en moneda dura, emprendimientos digitales que esquivan la asfixia local, migraciones temporales. No esperan que el Estado les resuelva la vida, pero tampoco creen en el cuento del esfuerzo solitario. Su moral es pragmática: lo que funciona, lo que sobrevive. La lealtad es hacia su propio proyecto, no hacia una patria que les ofrece más deudas que oportunidades.

Las redes y la soledad colectiva

En las pantallas, la polarización es un espectáculo. Dos bandos que se gritan, se descalifican, construyen trincheras digitales. Pero en los living, donde conviven padres e hijos con realidades económicas distintas, la discusión se apaga. No por acuerdo, sino por cansancio. La familia, último refugio frente a la intemperie, se vuelve un espacio de silencios cuidadosos. Se habla de precios, no de ideologías. Se comparte la angustia, no la certeza.

Las redes sociales prometieron conexión, comunidad. Entregaron cámaras de eco y una soledad ruidosa. Uno puede tener quinientos amigos virtuales y nadie que le preste plata hasta el viernes. La tecnología, que en otras latitudes es un puente, aquí a menudo es un espejo que devuelve la imagen de lo que no se tiene. El consumo deseado, la vida ordenada, el futuro planificado. Todo eso, en el feed de Instagram, parece posible. En la cola del banco, menos.

La memoria que se borra sola

Hay un tipo de manipulación que no necesita mentiras descaradas. Basta con saturar, con cambiar de tema antes de que alguien pueda procesar lo anterior. Los medios, algunos por cálculo, otros por pura inercia, contribuyen a esta amnesia acelerada. El escándalo de ayer es reemplazado por la crisis de hoy, que a su vez será tapada por el anuncio de mañana. En ese torbellino, la memoria colectiva se resetea. No hay tiempo para indagar en las causas, solo para reaccionar a los efectos.

La clase media, atrapada entre la urgencia de la supervivencia diaria y el ruido del debate público, pierde el hilo. ¿Quién dijo qué? ¿Cuándo prometieron aquello? ¿A quién le creo ahora? La verdad se vuelve un artículo de lujo, algo para lo que no hay tiempo ni energía. Lo inmediato, lo concreto, lo que hay que resolver antes de las seis de la tarde, eso es lo real. El resto, relato.

La dignidad como cálculo

La palabra dignidad suena grande, abstracta. En la práctica, se traduce en decisiones chicas. ¿Acepto un trabajo que me humilla pero paga en dólares? ¿Pido un préstamo con intereses abusivos para operar a mi hijo? ¿Miro para otro lado cuando un conocido hace una movida gris? No son dilemas filosóficos, son problemas aritméticos. La moral se ajusta, como el presupuesto, con cada devaluación.

El Estado, ese ente que en los discursos es omnipotente o incompetente según quien hable, en la vida cotidiana es una presencia esquiva. A veces se manifiesta en un formulario kafkiano, otras en una AUH que salva el mes, muchas en la promesa incumplida. La gente ya no espera soluciones grandilocuentes. Espera, con suerte, que no le compliquen más la existencia. La relación con el poder es de desconfianza mutua, un matrimonio mal avenido que se mantiene por inercia.

En este contexto, la identidad se fractura. Uno es, al mismo tiempo, el profesional que exporta servicios y el ciudadano que paga impuestos para un sistema que no lo contiene. El padre que quiere transmitir valores y el tipo que, en un mal día, puede esconder un paquete de fideos. No hay coherencia heroica posible. Hay adaptación, contradicción, supervivencia.

Al final, lo que queda es la pregunta por los límites. ¿Hasta dónde se puede ceder antes de dejar de reconocerse en el espejo? No hay respuesta unánime. Cada uno dibuja su línea en un terreno que se mueve. Lo único claro es que el gran relato argentino, ese que hablaba de grandeza y destino, se escribe ahora en letra chica, en los márgenes de una boleta que nunca alcanza. Y en el silencio incómodo de quienes, por primera vez, no están seguros de qué harían si tuvieran que elegir entre su ética y el supermercado vacío.

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