La soledad que se comparte en la vereda de los domingos
Los domingos a la tarde, cuando el sol baja y la pavimenta todavía guarda calor, las veredas se llenan de sillas plásticas. Es un ritual de la clase media argentina que no figura en los manuales. No se trata de un asado, ese evento social con guión previsible, sino de algo más suelto, más vulnerable. La familia sale a la línea municipal, ese espacio ambiguo entre lo privado y lo público, a ver pasar lo que queda del barrio. Ahí, entre el mate amargo y el celular que vibra con notificaciones, se teje una conversación distinta. Ya no se habla de política con mayúsculas, sino de cómo se paga la cuota del colegio el mes que viene. La discusión ideológica se evaporó, reemplazada por una aritmética urgente.
La inflación no es un concepto económico en esa vereda. Es la anécdota de la carne que no entró en el changuito, el gesto de cambiar de marca de fideos por tercera vez en el año, el cálculo mental que hace el padre mientras el hijo pide unas zapatillas que en la publicidad de Instagram parecen un derecho básico. El mérito, esa palabra que los abuelos usaban como un título, suena a chiste de mal gusto. Nadie le explica a un pibe de diecisiete años que si se esfuerza llegará lejos, porque el que se esforzó y estudió está manejando un Uber para redondear el sueldo de docente. La educación perdió su aura de ascensor social, ahora es un gasto que se sostiene con fe, o con deuda.
El relato que se desarma en la pantalla
Mientras tanto, en el teléfono, los algoritmos de las redes sociales ofrecen su propia versión de la realidad. Un mundo de polarización pura, donde cada opinión encuentra su tribu y su enemigo. La verdad se volvió una cuestión de afinidad algorítmica. En el mismo grupo familiar, el hermano comparte un video sobre la manipulación de los medios hegemónicos, y la hermana replica con un hilo sobre la corrupción del Estado. No discuten, se envían munición. La conversación real, la de la vereda, esquiva esos campos minados. Se habla de la inseguridad con la mirada puesta en la esquina oscura donde rompieron el farol, no con citas de teóricos. Se menciona la deuda como algo que heredaron los hijos, no como un gráfico del FMI.
La inteligencia artificial promete un futuro de eficiencia, pero en el presente concreto lo que se siente es otra capa de soledad. Los chatbots atienden reclamos, los algoritmos deciden qué crédito te merecés, las cámaras leen patentes en la ruta. El poder se ejerce desde lugares cada vez más abstractos, más lejos de la vereda. El Estado, esa entidad que debería mediar, aparece como un fantasma que cobra impuestos y reparte promesas incumplidas. La dignidad se mide en actos pequeños: poder elegir un queso que no sea el más barato, decirle que no al vecino que ofrece un plan turbio, mantener la casa pintada aunque sea de a una habitación por año.
La memoria en la puerta del barrio
En esas veredas también hay memoria. No la memoria épica de los libros, sino la otra. La del almacén que era de un español y ahora es de un boliviano, la de la fábrica que cerró y dejó a medio barrio sin rumbo, la de los veranos en los que los chicos jugaban a la pelota en la calle hasta que anochecía. Esa memoria ya no sirve para entender el presente, pero actúa como un ancla. Le da un punto de referencia a una identidad que se siente a la deriva. Los jóvenes escuchan esas historias con una mezcla de nostalgia ajena y escepticismo. Para ellos, el consumo no es un logro, es un laberinto de cuotas y promociones. El trabajo no es una carrera, es un conjunto de changas y proyectos inestables. La familia ya no es el refugio inquebrantable, es la red de contención que, a veces, también está al borde del colapso.
La moral se pone a prueba en la caja del supermercado, cuando tenés que decidir si pasás un yogur de más o lo dejás. La cultura es lo que podés consumir en una pantalla, porque el cine y el teatro son lujos de otro presupuesto. La juventud no vive una rebelión, vive una adaptación forzosa a un mundo que le ofrece menos de lo que le pidió a sus padres. Y en el centro de todo esto, la soledad. No la soledad del que está solo, sino la del que está rodeado y sin embargo siente que su experiencia no tiene traducción en el discurso público. Que su vida es un dato en una estadística de crisis, un número en un índice de pobreza, un votante potencial en una encuesta.
Pero en la vereda, por un rato, esa soledad se comparte. Se hace colectiva. No hay soluciones, no hay proclamas. Hay un mate que pasa de mano en mano, un comentario sobre el precio de la pintura, una mirada de complicidad cuando pasa un auto con el volumen demasiado alto. Es un espacio de resistencia mínima, humano. Ahí no hay relato que valga, solo la evidencia concreta del que aguanta con lo que tiene. Y en ese aguante, contra todo pronóstico, todavía late algo que se parece al poder. El poder de saber que, al menos por esta tarde, la historia no la escriben solo los que tienen micrófono.
