El Estado que se achica en la pantalla del celular
El Estado se convirtió en una luz que parpadea en el celular. Es una notificación de Mi ANSES, un recordatorio para el pago de ABL, un mail automatizado de la AFIP que habla de "su obligación fiscal". Ya no es ese edificio de mármol en la plaza, ni siquiera la cola eterna en la ventanilla. Es un ícono en la pantalla, a veces verde, a veces rojo, siempre a punto de actualizarse. La clase media, esa que aprendió a llenar formularios digitales antes que a protestar en la calle, negocia su supervivencia con un algoritmo. Pide un subsidio, un turno médico, un certificado. Espera. La respuesta tarda días, a veces semanas. En el interín, la inflación no espera.
La relación con el poder se volvió una transacción solitaria. Se discute con un chat bot, se reclama a un número que no contesta, se sube un comprobante a un portal que parece diseñado en otra galaxia. La política, ese gran relato de nación y proyecto, se desarma en la frustración cotidiana de no poder hablar con un humano. La familia ya no debate ideología en la mesa, compara experiencias con la burocracia digital. "¿A vos te aprobaron el IFE?", "¿Cómo hiciste para que te den el turno del hospital?". La dignidad se mide en la capacidad de sortear estos obstáculos invisibles. El mérito ya no es el título universitario, es saber navegar el laberinto de trámites para que no te cobren de más.
La verdad es un PDF que no se abre
Los medios tradicionales hablan de macroeconomía, de deuda con el FMI, de discursos en cadena nacional. Pero la verdad que importa llega por otro lado. Es el PDF del resumen de tarjeta que muestra un aumento del 8% en un solo mes. Es la planilla de Excel casera donde se anota, con desesperación, el precio de la leche semana a semana. Es el grupo de vecinos de WhatsApp donde avisan que en tal esquina hay cortes de luz, o que la policía está revisando autos. La verdad oficial, la de los comunicados y las conferencias, suena cada vez más lejana, como un idioma que se habla en televisión pero no en el supermercado.
En este paisaje, la manipulación se sofistica. No son sólo los titulares sesgados. Son los influencers que venden cursos mágicos para "escapar de la matrix argentina", prometiendo una riqueza digital en dólares mientras afuera el país se cae a pedazos. Son las redes sociales que amplifican el miedo y la bronca, creando una polarización que es, sobre todo, un negocio. La gente se enoja, comenta, comparte. El algoritmo sonríe. Mientras tanto, la inseguridad no es sólo el chorro en la esquina, es la sensación de que el piso se mueve, que ningún plan a largo plazo sobrevive a la próxima devaluación. La educación que recibieron los padres ya no sirve de brújula. Los jóvenes miran el futuro y ven un acertijo: estudiar para qué, esforzarse para qué, si el horizonte es un trabajo remoto para una empresa de otro país, o la eterna changa.
La memoria en la nube
La memoria también emigró a lo digital. Las fotos de las vacaciones familiares, los chats con seres queridos que se fueron, los documentos escaneados de una propiedad que ya no se puede vender. Todo está en la nube, un territorio etéreo que depende de una suscripción mensual en dólares. La cultura del consumo se adaptó: ya no se aspira al auto cero kilómetro, se aspira a mantener Netflix, Spotify y la conexión de fibra óptica. Son los últimos lujos, los últimos territorios de identidad. Escuchar la misma música que en cualquier parte del mundo, ver la misma serie, da una ilusión de normalidad, de pertenecer a algo que no sea este caos.
Pero la soledad es más profunda en la conexión permanente. Se está en diez grupos, se da like a cincuenta fotos, se discute con desconocidos sobre política. Y sin embargo, en el silencio del departamento, después de apagar todas las pantallas, queda el vacío de una crisis que es colectiva pero se vive en singular. La moral se flexibiliza día a día. Lo que ayer era impensable, hoy es una necesidad. "Agarro cualquier cosa", "facturo en negro", "no declaro esto". No es cinismo, es pragmatismo puro. La supervivencia tiene sus propias reglas, y rara vez coinciden con las que enseñaron en la escuela o predica el discurso público.
El gran relato de la Argentina se fragmentó en millones de relatos individuales, cada uno gestionado desde una pantalla. El Estado, reducido a una app, ya no promete grandeza. A lo sumo, promete no molestar. A lo sumo, promete que el trámite, algún día, va a llegar. Y en esa espera, en ese refrescar la pantalla para ver si hubo una novedad, se va la energía, la fe, la paciencia. La clase media, experta en trámites y en resistir, sabe que el verdadero poder ya no está en quién da los discursos, sino en quién diseña las interfaces, en quién escribe el código de los portales donde se juega la vida cotidiana. Es un poder difuso, anónimo, inapelable. Y contra eso, no hay marcha que valga, sólo un dedo deslizándose sobre el vidrio, buscando una respuesta que nunca llega a tiempo.
