Artículo y ensayo

El Estado que se achica en la cocina de un monoambiente

Mientras los discursos hablan de grandeza o ajuste, en los metros cuadrados donde vive la clase media argentina el Estado se mide por lo que ya no llega: la luz que se corta, la escuela que pide colaboración, la calle que se arregla entre vecinos.

El Estado que se achica en la cocina de un monoambiente

El Estado que se achica en la cocina de un monoambiente

En la cocina de un monoambiente en Flores, una mujer de unos treinta años intenta hacer una videollamada para un trabajo. La imagen se congela, el audio se corta. No es la primera vez. Mira el router, luego la factura de internet que pagó con un aumento del 200%. Piensa, sin decirlo, que ese es el ancho de banda de su país. Una conexión débil, cara, que se cae cuando más la necesita. La tecnología prometía acortar distancias, pero en su caso solo le muestra lo lejos que está de todo: de un empleo estable, de ahorrar, de la idea de futuro que le vendieron.

Su padre, que la visita los domingos, habla de otra cosa. Habla del mérito. Dice que en su época, con esfuerzo, se llegaba. Ella asiente, pero no discute. Sabe que esa ecuación se rompió. El mérito, ahora, es un concepto que flota en el aire, como el humo de la pava, mientras ella calcula cuántos trabajos freelance necesita para pagar el alquiler ajustado por inflación. El trabajo ya no construye identidad, la defiende a los golpes de la inestabilidad. La dignidad se negocia en cada renovación de contrato, en cada "proyecto" que no da aportes.

Los relatos y la heladera

En la pantalla del celular, mientras espera que vuelva la señal, se superponen las notificaciones. Un medio oficialista anuncia una gran obra pública. Una opositora denuncia un nuevo acuerdo por la deuda. Abajo, en un grupo de vecinos, avisan que otra vez robaron en la carnicería de la esquina. Ella desliza el dedo hacia arriba, las borra a todas. La polarización es un ruido de fondo, un espectáculo que ocurre en una dimensión paralela a la suya. La política se volvió algo que se mira, no algo en lo que se participa. El poder se discute en estudios de televisión, pero se ejerce, o se ausenta, en la falta de gas en invierno, en el hospital colapsado, en el semáforo que nunca arreglan.

Los relatos, esos constructos elaborados para dar sentido, ya no cierran en la mesa familiar. Su hermano menor, que vive con sus padres, no cree en ninguno. Su verdad se arma con fragmentos de YouTube, tweets virales y la experiencia directa de no conseguir su primer empleo formal. Para él, la educación que recibió no fue un trampolín, fue un trámite. La memoria familiar, la de una clase media que ascendía, le suena a un cuento antiguo, casi mitológico. Su consumo es distinto, digital, y su soledad, aunque esté hiperconectado, es más profunda.

La inteligencia artificial y la cola en el banco

Hablan de inteligencia artificial, de un mundo que se automatiza. Ella lo ve en los formularios online que rechazan su CV sin un humano de por medio, en los chatbots que atienden los reclamos de los servicios. Es una promesa de futuro que contrasta con la cola de dos horas que hizo su madre en el banco para cobrar la jubilación. El Estado, ese gran ausente en su vida cotidiana, a veces aparece de forma burocrática y lenta, otras veces se esfuma por completo, dejando un vacío que llenan las apps de delivery y las ferias de ropa usada.

La familia ya no es el refugio inquebrantable. Es una red de contención económica y emocional, sí, pero también un termómetro de la crisis. Las conversaciones giran en torno a precios, a estrategias para llegar a fin de mes, a la inseguridad que los encierra en sus casas más temprano. La moral se flexibiliza. Lo que antes era impensado, como trabajar en negro o evadir algún impuesto para respirar, ahora se debate en voz baja, con un pragmatismo cansado. No es cinismo, es fatiga.

La manipulación ya no viene solo de los medios tradicionales. Es más sutil, más personal. El algoritmo de las redes sociales le muestra un mundo de emprendedores exitosos, de viajes, de consumo que ella no puede alcanzar. Al mismo tiempo, le recomienda créditos preaprobados. Le venden la ilusión y la herramienta para endeudarse por ella. Es un círculo perfecto. La identidad se construye en esa tensión entre lo que se es, un profesional precarizado, y lo que las pantallas le dicen que debería ser.

La verdad es un bien escaso, pero no por su profundidad filosófica, sino por su utilidad práctica. ¿Qué creer sobre la inflación? ¿Las cifras oficiales, el economista de turno en la tele, o el ticket del supermercado? Ella elige el ticket. Es el documento más honesto que tiene. En ese papel termina la discusión abstracta y empieza la matemática concreta de su vida.

Al final del día, con suerte conectada y después de enviar unos mails, mira su monoambiente. El Estado, en teoría, debería estar ahí: en la seguridad de la puerta, en la calidad de la construcción, en el espacio público que la rodea. Pero se achicó. Se retiró. Lo que queda es su esfuerzo personal, la ayuda de su familia, y la esperanza frágil de que el próximo trabajo no sea otro parche. No pide grandeza. Pide, simplemente, que la conexión no se corte.

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