La verdad que se desarma en el grupo de WhatsApp
El teléfono vibra en el bolsillo del pantalón, un pantalón que quizás tenga un año más de lo previsto. Es el grupo de la familia, o el del trabajo, o el de los amigos del colegio. Allí, entre un chiste viejo y una foto de un plato de comida, aparece el enlace. Titula con una certeza absoluta sobre la inflación, la inseguridad, el acuerdo con el Fondo. Se lee rápido, con esa mezcla de ansiedad y resignación con la que se mira el precio de la carne. Nadie chequea la fuente, pero todos la comparten. Es un dato más en la construcción diaria de una realidad que ya no se explica, solo se padece y se comenta.
La política, esa palabra gastada, sucede en otro lado. En estudios de televisión donde hombres y mujeres bien vestidos discuten deuda y poder con términos que no tienen traducción en la cocina de un departamento. El relato oficial choca contra el relato opositor, y el ruido que producen tapa el sonido de la heladera que a veces hace un ruido raro. La verdad se volvió un producto en oferta, con distintas marcas y calidades. Se elige la que duele menos, o la que confirma el prejuicio de cada uno. La manipulación ya no es un arte secreto, es un servicio básico, como la luz o el gas, que llega por fibra óptica a cada pantalla.
El mérito en la era del algoritmo
El hijo mayor está sentado en el sillón, con la laptop sobre las piernas. No busca trabajo en el diario. Busca en plataformas donde un algoritmo decide si su perfil es apto. Estudió, se esforzó, tiene ese título enmarcado que mira la pared. La promesa era clara: educación más trabajo igual a dignidad. La ecuación ahora tiene una variable nueva, incomprensible, hecha de código y criterios ocultos. La inteligencia artificial no lo rechaza, simplemente lo ignora. Su mérito se convierte en un conjunto de datos que no alcanza el puntaje necesario.
Mientras, los medios tradicionales, esos que antes daban un marco, una jerarquía, luchan por sobrevivir entre el clickbait y la furia de las redes sociales. La memoria colectiva, la que se armaba con diarios de domingo y discusiones en el café, se fragmentó en stories de Instagram y tweets efímeros. Es difícil construir una identidad estable cuando el piso de la conversación pública tiembla minuto a minuto. La polarización no es solo política, es un estado de ánimo. Se filtra en los comentarios de una receta de pastel de papa, en la discusión por el partido de fútbol, en el silencio incómodo cuando en la mesa alguien menciona al gobierno de turno.
La soledad del que está conectado
La familia, ese refugio mitológico, se transforma en un grupo de convivencia que administra recursos escasos. El diálogo profundo es un lujo que a veces no se pueden permitir. Hay que hablar de la cuota del colegio, de la suba de la luz, del arreglo del auto. Lo otro, los miedos, la incertidumbre, la sensación de que el futuro se achicó, queda flotando, como un mensaje sin enviar. La soledad no es la de estar físicamente solo. Es la de sentirse incomprendido en medio de los que más querés, porque el cansancio y la preocupación son idiomas distintos.
El consumo ya no es un acto de placer, es un examen de conciencia y de matemática. Cada producto en el carrito del supermercado lleva una pregunta adjunta: ¿realmente lo necesito? ¿cuánto durará esta oferta? ¿me lo puedo permitir sin sacrificar aquello otro? La moral, esa brújula interior, se ajusta en el pasillo de los lácteos. La dignidad se mide en la capacidad de llegar a fin de mes sin pedir prestado, otra vez. El Estado, ese ente abstracto, se materializa en una factura con impuestos incomprensibles, en un trámite interminable, en la promesa de un subsidio que tarda en llegar. Es una presencia lejana y a la vez omnipresente, como un mal clima.
Los jóvenes, los que deberían estar pensando en proyectos, piensan en escapatorias. El mapa mental ya no es el barrio, la ciudad, el país. Es el mundo. Pero un mundo que también exige, que también selecciona, que también puede ser hostil. La cultura local, la que daba raíces y orgullo, compite con el bombardeo de contenidos globales, homogeneizados, diseñados para retener la atención unos segundos más. Es difícil construir una identidad sólida con ladrillos de memes y cemento de ansiedad.
Al final del día, cuando las notificaciones bajan su ritmo, queda la pantalla del celular iluminando la oscuridad del living. En ese silencio, la verdad no es una gran revelación. Es la suma de pequeñas certezas cotidianas: que el sueldo no alcanza, que la calle da miedo, que el futuro es incierto, que el esfuerzo personal ya no es garantía de nada. Y sin embargo, ahí está la resistencia humana, casi terca. En seguir mandando un meme al grupo, en planificar una salida aunque sea a la plaza, en creer, a pesar de toda la evidencia en contra, que la próxima jugada puede ser diferente. No es esperanza, es instinto de supervivencia. La última verdad que no se puede compartir por WhatsApp, pero que se vive en carne propia, todos los días.
