Artículo y ensayo

La memoria que no alcanza

Entre la inflación que todo lo consume y las redes que exigen respuestas rápidas, la clase media argentina descubre que recordar se ha vuelto un lujo que pocos pueden pagar.

La memoria que no alcanza

La memoria que no alcanza

La señora García guarda los recibos de sueldo en una caja de zapatos. Los tiene desde 1985, cuando el país era otro y ella cobraba en australes. Ahora la caja pesa, pero ella no tira nada. Dice que es para que sus nietos sepan lo que fue trabajar en serio. Los nietos, mientras tanto, miran TikTok y no preguntan.

La memoria en la Argentina de hoy es un lujo que se paga caro. No en plata, que de esa no sobra, sino en tiempo, en atención, en ganas de sostener algo que no sea urgente. La clase media, esa categoría que se desdibuja cada mes con la inflación, ya no sabe bien qué recordar. Todo pasa rápido: un gobierno, un plan económico, un escándalo, un mundial. Y lo que queda no siempre es verdad.

El peso de los archivos

Hay una paradoja que se repite en las casas de la clase media. Por un lado, guardamos todo. Fotos, diarios viejos, cartas, facturas. Por otro, no tenemos tiempo de mirarlos. El presente devora el pasado con la misma voracidad con que la inflación devora el sueldo. Recordar exige una pausa que el sistema no concede. Y entonces la memoria se delega: en un teléfono, en un disco rígido, en un algoritmo que decide qué merece ser recordado.

Pero el algoritmo no sabe de dignidad. No entiende por qué la señora García guarda esos recibos. Para la inteligencia artificial, todo es dato. Para ella, todo es historia. Y esa distancia entre el dato y la historia es el terreno donde se juega algo que no tiene nombre pero duele.

El relato en disputa

La política argentina siempre supo que la memoria es un campo de batalla. Cada gobierno construye su propio relato, con héroes y villanos, con fechas que celebrar y otras que enterrar. Pero en los últimos años, la polarización llevó esa disputa al living de cada casa. Ya no se discute solo en el Congreso o en los medios. Se discute en la mesa familiar, en el grupo de WhatsApp, en el posteo de Instagram. Y el resultado es una fragmentación que hace imposible cualquier acuerdo sobre lo que pasó.

Los chicos de veinte años crecen en un presente perpetuo. Para ellos, la dictadura es un tema de escuela, la hiperinflación un chiste de viejos, el 2001 un mito urbano. No es que no les importe. Es que no saben cómo integrar esas historias en una vida que ya está llena de estímulos, de urgencias, de deudas. La memoria no entra en un reel de quince segundos. Y entonces se pierde, o se simplifica hasta volverse irreconocible.

El trabajo de olvidar

Olvidar también es un trabajo. La clase media argentina lo sabe bien. Olvida los precios de la semana pasada para no volverse loca. Olvida las promesas de los políticos para no amargarse el día. Olvida los proyectos que quedaron a medio hacer porque pensar en ellos duele. Ese olvido no es pereza: es supervivencia. Pero tiene un costo. Cuando se olvida demasiado, se pierde el hilo que conecta el esfuerzo de hoy con el sueño de ayer. Y entonces todo se vuelve más liviano, pero también más vacío.

En las escuelas, el debate sobre la memoria es constante. Qué enseñar, cómo enseñarlo, desde qué perspectiva. Pero afuera del aula, la calle no ayuda. Los medios repiten las mismas noticias hasta que pierden sentido. Las redes multiplican versiones sin filtro. La verdad se vuelve difusa, y la memoria, un campo minado donde cualquiera puede explotar con una opinión.

El mérito y el olvido

Hay otro aspecto que duele. La cultura del mérito, tan instalada en los discursos de la clase media, choca con la realidad de que el mérito no alcanza. Se puede trabajar toda la vida, ahorrar, estudiar, hacer las cosas bien. La inflación se lleva todo igual. Y entonces recordar el esfuerzo se vuelve un acto de resistencia, pero también de tristeza. Porque no hay recompensa que lo justifique. Solo queda la dignidad de saber que uno hizo lo que pudo.

La señora García lo sabe. Por eso guarda los recibos. No espera que nadie los lea. No espera que el gobierno los reconozca. Los guarda porque sí, porque es lo único que le queda de una época en la que el trabajo valía algo. Y quizás eso sea la memoria en la Argentina de hoy: un gesto íntimo, casi secreto, que no busca cambiar el mundo sino confirmar que existió.

Afuera, la ciudad sigue. La inflación no perdona. Las redes no se detienen. Los nietos miran sus teléfonos. Pero en una caja de zapatos, en un rincón del armario, hay un país que no termina de irse. Y mientras alguien lo guarde, tal vez no todo esté perdido.

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