El peso de la herencia
En una casa de Flores, un hombre de cuarenta y pico revisa los cuadernos de su padre, muerto hace un año. Son libretas de apuntes de la década del setenta, anotaciones de precios, de cuotas, de sueldos que no alcanzaban. El hijo los hojea con una mezcla de ternura y perplejidad. Su viejo hablaba de la deuda externa como si fuera una amenaza personal, algo que le iba a caer encima cualquier día. Y ahora el hijo piensa que tal vez tenía razón. Pero no sabe bien qué hacer con esa herencia.
La clase media argentina tiene una relación extraña con el pasado. Lo invoca todo el tiempo, lo usa como consuelo, como prueba, como condena. En las conversaciones de sobremesa, en los grupos de WhatsApp, en los comentarios de las redes sociales, el recuerdo de lo que se fue aparece como un fantasma que nadie terminó de enterrar. El país que fue, la plata que valía, la seguridad que se perdió. Y sin embargo, ese mismo pasado se vuelve cada vez más difícil de transmitir. Los hijos escuchan con desgano, con ironía, con la certeza de que esas historias no les sirven para navegar el presente.
La herencia que no se toca
Hay una paradoja que recorre la vida cotidiana de la clase media argentina. Por un lado, se aferra a ciertos valores que recibió de sus padres: el mérito, el esfuerzo, la idea de que estudiar y trabajar duro garantizan un lugar en el mundo. Por el otro, ve cómo esos valores chocan contra una realidad que los vuelve casi una broma. La inflación se come el sueldo en diez días. La educación pública, que alguna vez fue un orgullo nacional, se defiende a los ponchazos, con docentes que hacen malabares para llegar a fin de mes. La inseguridad no es una estadística, es el vecino al que le entraron a robar tres veces.
Y entonces la pregunta que flota en el aire, que nadie formula del todo pero que todos sienten, es qué se puede dejar. No en términos materiales, que eso ya es harina de otro costal. Sino en términos de identidad, de moral, de sentido. ¿Qué le contás a un pibe de veinte años sobre el valor del trabajo cuando el mercado laboral es un campo minado? ¿Cómo le explicás que la dignidad no se vende cuando todo parece tener un precio?
La máquina del ruido
Las redes sociales no ayudan. Al contrario, amplifican la confusión. En TikTok un chico muestra cómo factura en dólares vendiendo cursos de trading; en Instagram una madre cuenta que no llega a pagar el colegio privado. Los dos son parte de la misma clase media, pero viven en mundos paralelos. La polarización no es solo política, es existencial. Hay quienes apuestan a la salida individual, al emprendimiento, a la inteligencia artificial como salvación. Y hay quienes se aferran al Estado, a lo público, a la memoria de un país que alguna vez protegió a los suyos.
Ambos bandos tienen algo de razón. Pero ninguno termina de armar un relato que contenga a todos. La clase media argentina está fragmentada, dispersa, como un espejo roto donde cada pedazo refleja una parte de la verdad. Y mientras tanto, la inflación sigue su curso, los precios suben, el consumo se resiente, y la sensación de que algo se termina se vuelve más nítida cada día.
La soledad de los que esperan
Hay una escena que se repite en las colas de los bancos, en las puertas de los colegios, en las filas de los supermercados. Gente que espera. Espera que le paguen, espera que le den un turno, espera que el gobierno haga algo, espera que la economía mejore. Es una espera que ya no tiene la furia de otras épocas, ni la esperanza del que cree que el cambio es inminente. Es una espera cansada, resignada, como la de un enfermo crónico que sabe que la cura no va a llegar pero igual se toma la pastilla.
Esa espera es también una forma de soledad. La clase media argentina está sola frente a sus decisiones. Ya no están los sindicatos fuertes, ni los partidos políticos que le hablaban en su idioma, ni los medios masivos que le daban una versión unificada del mundo. Cada uno tiene que arreglárselas como puede, con sus propias fuentes de información, con sus propios criterios morales, con su propia idea de lo que está bien y lo que está mal. Y en ese proceso, la identidad se vuelve frágil, se desdibuja, se redefine todo el tiempo.
El mérito y sus trampas
El discurso del mérito siempre tuvo peso en la clase media argentina. La idea de que el que se esfuerza llega, de que el que estudia triunfa, de que el que trabaja duro tiene recompensa. Pero esa idea se enfrenta hoy a una realidad que la desmiente a cada paso. Hay médicos que manejan Uber, ingenieros que hacen changas, docentes que tienen dos trabajos y aún así no llegan. El mérito no alcanza. Y eso genera una incomodidad profunda, porque pone en duda todo el edificio moral sobre el que se construyó la vida de mucha gente.
No es que la gente haya dejado de creer en el esfuerzo. Es que el esfuerzo ya no garantiza nada. Y entonces la pregunta sobre el mérito se convierte en una pregunta sobre la justicia, sobre el Estado, sobre el poder. ¿Quién define lo que vale? ¿Quién decide quién merece qué? En un país donde la inflación licúa los sueldos y la política parece un juego de tronos, esas preguntas quedan flotando, sin respuesta.
Lo que queda
En la casa de Flores, el hijo cierra los cuadernos del padre y los guarda en una caja. No sabe si va a volver a mirarlos. No sabe si sus propios hijos van a querer verlos alguna vez. Lo que sabe es que hay algo en esas libretas, en esas letras apretadas, en esos números que ya no significan nada, que lo interpela. Una pregunta sobre lo que se hereda, lo que se elige, lo que se abandona. La clase media argentina vive en esa tensión, entre el deseo de preservar algo y la certeza de que todo cambia. Entre la memoria y el vértigo. Entre lo que fue y lo que no termina de ser.
