Artículo y ensayo

El lenguaje de lo que sobra

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que su identidad ya no se define por lo que tiene o hace, sino por lo que perdió y elige recordar.

El lenguaje de lo que sobra

El lenguaje de lo que sobra

Hay una foto que circuló hace unas semanas. Una familia en un barrio de la provincia de Buenos Aires, sentada alrededor de una mesa de madera. La foto es de 1985, se nota por el color desteñido y la ropa. La madre mira a la cámara con una sonrisa que parece un desafío. El padre tiene las manos apoyadas sobre la mesa, como si acabara de decir algo importante. Los chicos, dos varones y una nena, miran hacia algún lado que no se ve. La foto la subió el hijo mayor, ahora cerca de los cincuenta, con un texto breve: “Esto era antes”. No dijo antes de qué. No hacía falta.

Esa foto es un documento de la clase media argentina. No porque muestre una casa propia o un auto, que no se ven. Muestra otra cosa: la certeza de que el esfuerzo tenía un destino. Esa certeza se fue diluyendo como un terrón de azúcar en un café que nadie toma. La inflación se llevó los precios, pero también se llevó esa convicción. Ahora el mérito se mide en puntajes de aplicaciones, en likes que desaparecen, en la cantidad de veces que lograste que el algoritmo te muestre algo que no sea una catástrofe.

La clase media siempre vivió de promesas. La promesa de que estudiando se sale adelante. La promesa de que el Estado, aunque sea un desastre, te cubre las espaldas. La promesa de que la familia es un refugio. Pero las promesas se gastan. Y cuando se gastan, lo que queda no es nihilismo ni tragedia. Queda una mezcla rara de dignidad herida y cansancio. Eso es lo que se ve en las colas de los bancos, en las discusiones de los grupos de WhatsApp del colegio, en las cenas donde nadie sabe bien de qué hablar pero igual hablan.

La polarización no es solo política. Es existencial. Uno elige no solo un candidato, sino una versión de la realidad. Y esa versión viene con un equipo: la información que consume, los memes que comparte, la indignación que cultiva. La verdad dejó de ser un hecho para convertirse en un relato que se refuerza a diario. Los medios, que antes tenían el poder de imponer una agenda, ahora compiten con el primo que postea teorías conspirativas a las dos de la mañana. Y el primo, muchas veces, es más creíble porque habla el mismo idioma de la bronca.

En las escuelas, los pibes aprenden a usar inteligencia artificial para hacer las tareas. No es un escándalo, es un dato. La pregunta no es si está bien o mal, sino qué significa cuando la máquina puede escribir un ensayo sobre la Guerra de Malvinas en treinta segundos. La memoria se vuelve un archivo que se consulta, no una experiencia que se transmite. Los docentes lo saben, pero no tienen tiempo para procesarlo porque están lidiando con la burocracia, los sueldos atrasados y la falta de calefacción. La educación, ese viejo ascensor social, ahora tiene las puertas trabadas y nadie sabe bien quién debe empujar.

El trabajo también mutó. El empleado de toda la vida, el que entraba a las ocho y salía a las cinco, es una especie en extinción. Ahora hay changas, trabajos remotos, emprendimientos que nacen de la necesidad y mueren de la misma forma. La idea de carrera, de progreso lineal, choca contra la realidad de que el sueldo no alcanza y que el mérito no garantiza nada. La clase media se volvió una clase de sobrevivientes. Y el sobreviviente no tiene tiempo para la nostalgia, pero la nostalgia lo persigue igual.

Las redes sociales amplifican todo. No solo la bronca, sino la soledad. Uno puede estar rodeado de contactos y sentirse vacío. La identidad se construye en fragmentos, en historias que duran veinticuatro horas, en fotos que se borran. El consumo ya no es solo de bienes, sino de atención. Y la atención es el recurso más escaso. Los algoritmos saben qué te duele y te lo muestran una y otra vez. La polarización no es un accidente: es un negocio.

En las familias, la grieta no siempre es política. A veces es más sutil: la distancia entre los que todavía creen que el esfuerzo vale la pena y los que ya no. Entre los que repiten que hay que aguantar y los que se preguntan hasta cuándo. La moral se volvió un campo de batalla chico, donde cada decisión cotidiana es un gesto político. Comprar en el supermercado, elegir un colegio, decidir si te vacunás o no. Todo tiene un eco que trasciende lo personal.

La inflación no solo licúa los salarios. Licúa los proyectos. Postergar se convirtió en una forma de vida. El viaje, la casa, el auto, la jubilación. Todo queda para después. Y el después nunca llega del todo. La clase media aprendió a vivir en el corto plazo, a hacer planes que se rompen con cada índice de precios. La dignidad se sostiene con pequeños gestos: pagar las cuentas a tiempo, mantener la casa ordenada, no pedir favores. Pero el esfuerzo se siente cada vez más solitario.

Esa foto de 1985 no es un lamento. Es un recordatorio de que hubo un tiempo en que la clase media creía que el mañana sería mejor. Hoy el mañana es una incógnita. Y la clase media, esa clase que siempre encontró una manera de seguir, sigue. Pero con menos certezas y más preguntas. No es heroísmo, es costumbre. O tal vez sea otra cosa: la convicción de que, aunque todo se desarme, queda el lenguaje de lo que sobra. La memoria, la familia, la bronca compartida. Eso, al menos, no se lo lleva la inflación.

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