Artículo y ensayo

El mérito en la góndola vacía

En los supermercados, la clase media argentina enfrenta una ecuación nueva: el esfuerzo ya no se traduce en llenar el carrito, y la promesa del progreso por el trabajo honesto se desarma frente a la etiqueta del precio.

El mérito en la góndola vacía

El mérito en la góndola vacía

El martes a la tarde, en un supermercado de zona norte, un hombre de unos cincuenta años miraba el precio de un paquete de galletitas de agua. No era una mirada cualquiera. Tenía la concentración de un ajedrecista estudiando una jugada crucial, los labios apretados, la mano izquierda en el bolsillo del pantalón. Después sacó el celular, abrió la calculadora, dividió algo. Dio media vuelta y dejó el paquete en la góndola. No hubo drama, ni suspiro, ni gesto de frustración. Solo el silencio práctico de quien ha hecho esa operación mental demasiadas veces.

Esa escena, repetida en miles de versiones a lo largo del país, es el termómetro roto de una moral que se desajusta. La clase media argentina aprendió desde la cuna que el esfuerzo tenía recompensa, que el estudio y el trabajo duro abrían puertas, que había una relación directa entre el mérito y la vida digna. Esa ecuación, que ya venía haciendo agua, ahora parece un chiste de humor negro. El salario se licúa entre la liquidación y el resumen de la tarjeta, y la deuda deja de ser un puente para convertirse en un pozo.

El relato que cruje en la caja

Los políticos hablan de sacrificio, de esperar, de confiar. Los economistas discuten números en la televisión mientras la cámara hace un plano corto de sus corbatas caras. En las redes sociales, los influencers de la prosperidad venden cursos para emprender con cero pesos, como si la crisis fuera un problema de actitud. Y en el medio, la gente hace cuentas con lápiz y papel, o con la calculadora del celular, tratando de estirar lo que ya no da más.

La inflación no es solo un número. Es un ladrón de memoria. Borra los precios de ayer, desdibuja los planes para mañana y convierte el presente en un territorio de incertidumbre permanente. ¿Cómo hablar de futuro cuando no se puede calcular lo que costará el kilo de pan la semana que viene? ¿Cómo transmitirle a un hijo el valor del estudio cuando el título universitario no garantiza ni siquiera alquilar un monoambiente?

El Estado, ese ente abstracto que debería contener, aparece y desaparece como un fantasma. A veces con un bono, otras con un impuesto nuevo, casi siempre con un discurso que no encaja con la realidad de la góndola. La sensación es la de navegar sin mapa, en un barco que hace agua, mientras desde la costa te gritan instrucciones contradictorias con megáfonos.

Las pantallas y la soledad del algoritmo

Mientras la economía se desintegra, la tecnología acelera. La inteligencia artificial promete revolucionarlo todo, pero aquí, ahora, lo que revoluciona es la ansiedad. Los algoritmos de las redes sociales muestran vidas perfectas, viajes, logros, mientras alimentan la polarización con noticias que confirman los prejuicios de cada uno. La verdad se ha vuelto un producto a la medida, un menú del que cada cual elige su versión.

La familia, ese refugio tradicional, también está bajo presión. Las discusiones sobre política en la mesa ya no son debates, son trincheras. Los códigos viejos, los que hablaban de respeto y esfuerzo compartido, chocan contra la urgencia de llegar a fin de mes. La juventud mira el panorama con una mezcla de escepticismo y cansancio, preguntándose si vale la pena jugar un juego cuyas reglas cambian cada día.

La inseguridad ya no es solo la del ladrón en la esquina. Es la inseguridad laboral, la de no saber si el mes que viene seguirás teniendo trabajo. Es la inseguridad habitacional, la de los alquileres que se dolarizan en pesos devaluados. Es la inseguridad moral, la de no reconocer las reglas de un país que parece haberse olvidado de la palabra dignidad.

La memoria como resistencia

En medio de este ruido, hay un acto de resistencia casi invisible: recordar. Recordar que hubo un tiempo en el que el salario alcanzaba, en el que el futuro no era una amenaza, en el que la palabra promesa tenía algún valor. No se trata de nostalgia, sino de mantener viva una medida, un patrón con el que contrastar el deterioro.

La cultura, esa que florece a pesar de todo, es otro refugio. Pero también está mercantilizada, convertida en consumo rápido, en contenido para llenar el vacío de las pantallas. La manipulación no viene solo de los políticos, sino de un sistema que convierte cada aspecto de la vida en un producto, cada relación en un dato, cada necesidad en una oportunidad de negocio.

El trabajo, ese eje que durante décadas dio identidad y sustento, hoy es una fuente de frustración. El mérito individual se estrella contra un muro de números rojos. La dignidad del que trabaja y puede mantener a los suyos se resquebraja cuando el sueldo no alcanza para lo básico. Y entonces, la pregunta que flota en el aire, en los colectivos, en las oficinas, en las cocinas, es simple y devastadora: ¿para qué?

No hay respuestas fáciles. Quizás la única certeza sea esa mirada del hombre frente a las galletitas de agua, calculando, midiendo, decidiendo en silencio. En ese gesto cotidiano, privado, se juega una batalla más grande que todos los discursos. Es la batalla por mantener un resto de autonomía en un mundo que empuja hacia la dependencia, por sostener un criterio propio cuando todo invita a rendirse, por no entregar la identidad a cambio de un like o una limosna del poder. La clase media argentina, esa que ya no sabe si sigue siéndolo, navega a ciegas, pero navega. Y en esa navegación, contra todo pronóstico, hay algo que se parece al coraje.

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