Artículo y ensayo

El mérito que se desinfla en el cajero automático

En la cola del banco, mientras la máquina procesa el retiro, una generación entera revisa sus cuentas con una promesa que ya no cierra. El esfuerzo personal se mide ahora contra números que no dan.

El mérito que se desinfla en el cajero automático

El mérito que se desinfla en el cajero automático

El cajero automático emite un sonido seco, mecánico, cuando escupe los billetes. Afuera, la cola avanza unos centímetros. Adentro del local, el aire acondicionado lucha contra el calor de la calle y contra la paciencia de los que esperan. Cada uno tiene su turno frente a la pantalla azulada. Miran el saldo, hacen cálculos mentales, ajustan la respiración. No es solo plata lo que retiran. Es un pedazo de dignidad medida en pesos que valen menos cada vez que se repite la operación.

La clase media argentina aprendió a leer entre líneas en los resúmenes bancarios. Donde dice "saldo disponible", ella lee "tiempo de respiro". Donde figura el límite de la tarjeta, calcula cuántas semanas de mercado puede estirar. El mérito, esa palabra que le vendieron como moneda de cambio eterna, ahora tiene la consistencia del papel moneda que se deshace en los bolsillos. El esfuerzo personal, el estudio, la puntualidad, el ahorro, se topan cada mes con una realidad que los desmiente sin aspavientos. Solo con números rojos.

La educación como promesa incobrable

En el living de una casa de Banfield, un diploma universitario cuelga de la pared junto al almanaque de la ferretería del barrio. El dueño de ambos, un hombre de cincuenta y dos años que se levanta a las seis para llegar a la oficina, mira a veces ese marco mientras toma mate. Estudió contador público. Su hijo estudia diseño gráfico en una universidad privada que pagan con un plan de cuotas que se ajusta por inflación. El padre no le dice que tal vez ese título valga lo mismo que el suyo dentro de una década, o sea, menos de lo esperado. Calla porque la educación sigue siendo el último altar familiar donde no se admiten dudas.

Pero el silencio tiene grietas. Se filtran en las preguntas que el hijo no hace, en las miradas que evitan el tema del futuro laboral, en la conversación que deriva hacia el último partido de fútbol o el precio del Netflix familiar. La transmisión intergeneracional del saber hacer se cortocircuita cuando lo que se sabe hacer ya no alcanza. La cultura del trabajo, ese orgullo de barrio, choca contra algoritmos de selección de personal, contra sueldos que se licúan en la cuenta, contra la sensación de que el esfuerzo es una anécdota en un relato económico que se escribe en otra parte.

Las pantallas que explican lo inexplicable

Mientras la familia de Banfield mira una serie en streaming, en otra pantalla, la del celular, se despliegan las explicaciones. Cada medio, cada influencer, cada analista político, ofrece su versión de por qué las cosas son como son. La inflación es un fenómeno mundial o es culpa del gasto público. La inseguridad es una sensación o una estadística concreta. La deuda es un lastre o un salvavidas. La polarización no es solo política, es cognitiva. Cada usuario arma su rompecabezas de la verdad con piezas que eligió previamente, en un mercado de la información donde la credibilidad se vende como sensación de pertenencia.

Las redes sociales son el nuevo espacio público, pero uno donde la soledad se disfraza de interacción. Se comparte la indignación, se likea la queja, se comenta con ironía la última medida económica. Pero la conexión es efímera, un chispazo que no calienta el living. La familia, ese reducto, se vuelve a veces el único lugar donde las versiones chocan sin filtros. Donde el hijo habla de manipulación mediática y el padre replica con la experiencia de haber visto caer su poder de compra. No discuten ideas, discuten sus realidades, que son países distintos.

El Estado, en medio de todo esto, es una presencia abstracta que se materializa en los impuestos de la boleta de luz, en la demora para sacar un turno en el hospital, en la promesa siempre postergada de las obras públicas. No es una ideología, es un proveedor que falla. Un padre ausente que, sin embargo, exige su parte de la quincena. La desconfianza hacia la política nace de ahí, de la brecha entre el relato grandilocuente y la factura que hay que pagar a fin de mes.

La inteligencia artificial y el futuro que ya llegó

En el trabajo del hijo diseñador, ya se habla de herramientas que generan imágenes con solo escribir una frase. Él las prueba, con una mezcla de fascinación y temor. La inteligencia artificial no es un tema de ciencia ficción, es un competidor silencioso que aparece en su propia computadora. La promesa del mérito choca aquí con otra pared: ¿qué vale el talento cultivado durante años si una máquina puede simularlo en segundos? La crisis de identidad profesional es solo un síntoma más de un mundo donde las certezas se derriten más rápido que el valor de la moneda.

La memoria, en este contexto, se vuelve un territorio en disputa. No la memoria histórica de los libros, sino la memoria personal del esfuerzo. El recuerdo del primer sueldo, de la primera casa, del auto que costó años pagar. Esa memoria choca con el presente y produce un desajuste doloroso. El consumo ya no es la materialización de ese mérito, es un acto de fe o de desesperación. Comprar algo, aunque sea en cuotas imposibles, es aferrarse a la ilusión de normalidad, de que la rueda todavía gira.

Al final del día, el hombre de Banfield vuelve a pasar frente a su diploma. Su hijo sigue mirando pantallas. Afuera, la ciudad funciona con un ritmo que parece ajeno a sus dudas. En la cola del banco de mañana, el ritual se repetirá. Sacar la tarjeta, ingresar el PIN, esperar el sonido mecánico de los billetes. Y en ese instante, entre el zumbido de la máquina y el tacto del papel, se medirá otra vez, en silencio, la distancia entre el esfuerzo de toda una vida y el número que parpadea en la pantalla azul. No hay gran relato que explique ese momento. Solo el frío cálculo de lo que queda, y la tenue dignidad de seguir haciendo la cola.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

El mérito en la góndola vacía

El mérito en la góndola vacía

En los supermercados, la clase media argentina enfrenta una ecuación nueva: el esfuerzo ya no se traduce en llenar el carrito, y la promesa del progreso por el trabajo honesto se desarma frente a la etiqueta del precio.

clase media inflación trabajo
El mérito en la pantalla rota

El mérito en la pantalla rota

En las casas donde se discute con el celular en la mano, la clase media argentina revisa sus certezas. La pantalla muestra versiones distintas de la realidad, mientras el trabajo se vuelve algo abstracto y la deuda algo concreto.

clase media tecnología trabajo
La soledad del que mira la pantalla y no entiende el relato

La soledad del que mira la pantalla y no entiende el relato

En el living de un departamento, mientras el noticiero de la tarde repite cifras de inflación, una familia discute sin mirarse. Cada uno tiene su versión de la crisis en la palma de la mano.

clase media polarización redes sociales