El mérito que no alcanza
La señora Rivas vive en un departamento de dos ambientes en Villa Devoto. Tiene 58 años, un hijo en la universidad y un crédito hipotecario que ajusta por inflación. Todas las mañanas revisa el precio del pan antes de comprar. No se queja. Dice que hay que ser agradecido. Pero el otro día, en la fila del supermercado, una chica joven pagó el mismo carrito de compras con una tarjeta black y un celular último modelo. La señora Rivas respiró hondo y pensó: ¿en qué me equivoqué?
Esa pregunta resuena en miles de hogares argentinos. No es nueva, pero se volvió más aguda. La clase media, esa categoría difusa que siempre se definió por la capacidad de proyectar, descubre que el mérito ya no es moneda de cambio. O al menos, no alcanza. La inflación se llevó los planes, el Estado se ausentó de a ratos y las redes sociales instalaron una vidriera donde todos parecen ganar menos que lo que gastan.
La cultura del esfuerzo en crisis
Durante décadas, la educación fue el ascensor social. Un título universitario garantizaba un trabajo estable y una jubilación digna. Hoy, un joven con dos carreras y tres idiomas puede terminar repartiendo comida en bicicleta. No es un caso extremo. Es una estadística. La promesa del mérito se desmorona cuando el trabajo deja de ser un puente y se convierte en un pozo.
El discurso del esfuerzo individual choca contra una realidad que lo desmiente. La deuda externa crece, el consumo se derrumba y la moral se adapta. La familia ya no es ese refugio estable. Los vínculos se volvieron líquidos, como dice el sociólogo de moda. La soledad se paga cara, pero no tiene descuento.
Redes, verdad y manipulación
Las redes sociales no ayudan. Construyen un relato donde el éxito es instantáneo y la felicidad se mide en likes. La juventud crece con esa vara. La polarización política se alimenta de algoritmos que premian el enojo. La verdad se fragmenta. Cada uno elige su versión de los hechos y la defiende como si fuera la única. La manipulación es el nuevo deporte nacional.
Entonces, la clase media mira alrededor y descubre que el mérito no es suficiente. Que la identidad ya no se construye desde adentro, sino desde lo que se consume. Que la memoria se borra con un scroll. Que la dignidad no se negocia, pero se subasta todos los días en cuotas sin interés.
Lo que queda
Sin embargo, la señora Rivas sigue pagando el colegio de su hijo. Sigue creyendo que el esfuerzo vale la pena, aunque los números no cierren. Sigue pensando que el Estado debería estar, pero no espera. Sigue mirando el noticiero con una mezcla de esperanza y bronca. Sigue, porque no le queda otra.
Tal vez la crisis no sea solo económica. Tal vez sea una crisis de significado. El mérito como idea no murió. Pero necesita ser repensado. No como un premio individual, sino como un contrato social. No como un consuelo, sino como un derecho. Mientras tanto, la clase media argentina sigue en la fila del supermercado, preguntándose en qué se equivocó. Y la respuesta, siempre, llega con el próximo aumento.
