El mérito que no alcanza
Hay una foto que circula por WhatsApp, de esas que nadie sabe bien quién sacó. Muestra a un tipo de traje, parado frente a un edificio público, con un cartel que dice: "Merezco más". No pide, no explica. Afirma. Esa imagen, anónima, resume algo de lo que pasa en la Argentina de estos días. La clase media, que durante décadas creyó que el esfuerzo era una inversión, empieza a sospechar que el mérito es apenas un relato.
No es que antes funcionara del todo. Pero al menos existía la ilusión de que si uno estudiaba, laburaba, pagaba impuestos y no se metía en problemas, el sistema devolvía algo: un ascenso, una casa, un respiro. Hoy esa ilusión se rompió. Los sueldos corren detrás de la inflación como un perro detrás de un auto. Y cuando lo alcanzan, el auto ya dobló la esquina.
La deuda de la clase media
La deuda dejó de ser una herramienta para convertirse en un modo de vida. No me refiero solo a la deuda financiera, que también. Hablo de otra más profunda: la deuda moral que la sociedad siente con aquellos que hicieron todo bien y aún así perdieron. El que compró un departamento en cuotas y hoy paga el doble de lo que vale. La madre que mandó a sus hijos a la universidad pública y ahora los ve volver a casa, con títulos y sin futuro. Ese desajuste entre el esfuerzo y el resultado genera algo peor que la bronca: genera perplejidad.
Las redes sociales, mientras tanto, simulan lo contrario. En Instagram todos se reciben, todos viajan, todos emprenden. La inteligencia artificial genera fotos de platos que nadie cocinó y de cuerpos que nadie ejercitó. La verdad se vuelve un insumo más, manipulable, barato. Y la polarización política hace el resto: si no estás conmigo, no solo te equivocás, sos un corrupto o un vendepatria. No hay matices, no hay duda. La duda es un lujo que el enojo no permite.
La juventud entre la pantalla y la calle
Los jóvenes crecen en ese ruido. Heredan un país que no promete nada y una cultura que les exige todo. Ser auténticos, emprendedores, comprometidos, exitosos. Y además, felices. La felicidad como obligación. No es raro que muchos se refugien en la soledad del teléfono, donde al menos pueden controlar lo que ven. Pero esa soledad también es una trampa: los algoritmos premian el escándalo, la indignación, la confirmación de lo que ya pensaban. La memoria se acorta. Lo que pasó ayer no importa, lo que importa es el próximo posteo.
En ese contexto, la familia se convierte en un refugio frágil. Se come junto al televisor, se habla por encima, se discute por plata. La dignidad se mide en cuánto se puede consumir, no en quién se es. Y el Estado, ese viejo padre ausente, aparece solo para pedir o para amenazar. Nunca para cuidar.
La verdad como problema
Lo más inquietante no es la inflación ni la inseguridad. Es la sensación de que la verdad ya no importa. Cada quien tiene la suya, respaldada por un video, un tuit, un rumor. La manipulación dejó de ser una técnica de gobierno para volverse un hábito cotidiano. Todos mienten un poco, todos dudan de todos. Y en esa grieta, el mérito se desvanece. Porque si no hay una base común, si no hay un mínimo acuerdo sobre lo que es real, el esfuerzo individual no sirve de nada.
La clase media argentina está atrapada entre dos fuegos: la exigencia de rendir siempre, de ser productivo, de estar al día, y la certeza de que eso no alcanza. No alcanza para comprar un piso, no alcanza para jubilarse tranquilo, no alcanza para creer que el país tiene rumbo. Entonces uno se pregunta: ¿para qué sirve el mérito? ¿Para sentirse mejor mientras todo se derrumba? ¿Para tener la conciencia tranquila cuando no queda nada?
Quizás la respuesta es más incómoda. El mérito, en la Argentina de hoy, no es un camino. Es un consuelo. Una forma de decirse a uno mismo que hizo lo correcto, aunque el mundo no lo premie. Una manera de preservar la identidad cuando todo lo demás se desmorona. Pero el consuelo no paga el alquiler. Y la dignidad, esa palabra que tanto usamos, se vuelve un lujo que pocos pueden permitirse.
El tipo del cartel, el que dice que merece más, probablemente tenga razón. Pero la razón no alcanza. Hay que esperar, otra vez, a que el país dé una tregua. Mientras tanto, la clase media sigue haciendo lo de siempre: laburar, pagar, callar. Y preguntarse, en la cena, si todo esto tiene sentido. Sin respuesta, claro. Porque la respuesta, como el mérito, ya no existe.
