El mérito que no alcanza
La idea del mérito tiene algo de promesa incumplida en la Argentina de estos años. Se repite en las conversaciones de sobremesa, en los discursos políticos, en los posteos de LinkedIn. La lógica es simple: si te esforzás lo suficiente, si estudiás, si trabajás duro, llegás. Pero cada vez más gente descubre que el esfuerzo no garantiza nada, que el mérito es un billete de lotería que se compra con la esperanza de que algún día toque.
En la clase media, esa que hace malabares entre el alquiler y el supermercado, la idea del mérito se volvió una especie de consuelo. Un refugio frente a la inflación que no cede, frente a la inseguridad que no se resuelve, frente a un Estado que parece ausente cuando hace falta y presente cuando sobra. El mérito es el relato que justifica la desigualdad: si no llegás, es porque no te esforzaste lo suficiente. Pero esa lógica se rompe cuando ves a un amigo con dos trabajos que no llega a fin de mes, cuando leés que un economista con sueldos blindados dice que hay que ajustarse el cinturón.
La verdad es que el mérito, en la Argentina actual, es un lujo que pocos pueden pagar. No alcanza con estudiar una carrera universitaria si después no hay trabajo. No alcanza con emprender si el costo de los insumos sube cada semana. No alcanza con ahorrar si el peso se devalúa antes de que puedas gastar los pesos. El mérito se convirtió en una ficción necesaria, un espejismo en el desierto de la crisis.
La moral del esfuerzo
En las familias argentinas, la moral del esfuerzo se enseña desde chicos. Los padres repiten frases como "el que quiere, puede" o "estudiá para ser alguien en la vida". Pero esa moral choca con una realidad que no premia el esfuerzo de manera uniforme. Hay quienes heredan contactos, apellidos, patrimonios. Hay quienes arrancan desde cero y necesitan cinco generaciones para alcanzar lo que otros tienen de cuna. La polarización política no ayuda: cada bando usa el mérito como bandera para atacar al otro. Los unos dicen que el Estado premia la vagancia, los otros dicen que el mercado premia la codicia. En el medio, la clase media se queda sin certezas.
La cultura del consumo tampoco ayuda. Las redes sociales venden una vida de mérito constante: el emprendedor exitoso, la madre que trabaja y cría hijos perfectos, el joven que se hizo millonario con un curso online. Pero esa imagen es un recorte, una ficción. Detrás de cada selfie con un título universitario hay una deuda, detrás de cada viaje al exterior hay un crédito que se paga en cuotas. El consumo se volvió la prueba visible del mérito, pero es una prueba que se falsifica con la tarjeta de crédito.
La inteligencia artificial, que promete resolver todo, también mete ruido. Ahora cualquiera puede generar un texto, una imagen, un video. El mérito de la creación se diluye en la máquina. ¿Quién merece el crédito por un poema escrito por ChatGPT? ¿El que pidió el prompt o el que entrenó el modelo? La tecnología desdibuja la frontera entre el esfuerzo humano y la automatización, y eso genera una ansiedad nueva: la de no saber si lo que uno hace tiene valor o si una máquina podría hacerlo mejor y más rápido.
La dignidad del que resiste
Frente a todo esto, hay algo que se sostiene: la dignidad. Esa que no se mide en pesos ni en seguidores. La dignidad de la familia que se junta a comer un asado los domingos aunque la carne esté cara. La del pibe que estudia en una universidad pública y viaja dos horas en colectivo. La de la mujer que trabaja en casa y afuera, y encuentra tiempo para ayudar a los hijos con la tarea. Esa dignidad no se negocia. No depende del mérito ni del éxito. Depende de una decisión: la de no rendirse.
Pero esa resistencia tiene un costo. La soledad del que ya no cree en el mérito como salvación es pesada. Las familias se dividen entre los que apuestan al esfuerzo individual y los que piden un Estado que garantice igualdad. Los medios, mientras tanto, alimentan la polarización con relatos que simplifican: los vagos contra los laburantes, los planeros contra los que pagan impuestos. La verdad es más compleja. La verdad es que la mayoría quiere trabajar, quiere progresar, pero el sistema no da las mismas oportunidades.
La memoria juega un papel clave. Recordar que hubo épocas mejores, que hubo gobiernos que prometieron y no cumplieron, que hubo crisis que se superaron y otras que no. La memoria es un ancla que impide que la desesperación se convierta en nihilismo. Pero también es un lastre cuando se usa para idealizar el pasado y negar los problemas del presente. La memoria no es un refugio, es una herramienta. Sirve para no repetir errores, pero no para vivir en ellos.
En la Argentina de hoy, el mérito es una palabra que se usa para justificar lo injustificable. Para decirle al que perdió el trabajo que no se esforzó lo suficiente. Para decirle al que no llega a fin de mes que gaste menos. Para decirle al que se endeudó que fue irresponsable. Pero el mérito no es una virtud moral, es un privilegio que depende del contexto. Y el contexto argentino no es generoso. La inflación, la deuda, la inseguridad, la educación que no siempre forma para el trabajo real, todo conspira contra el mérito individual.
Quizás la salida no sea negar el mérito, sino entenderlo como parte de un sistema más grande. Un sistema donde el Estado, la comunidad, la familia y el individuo se mezclan. Donde el esfuerzo no es garantía de éxito, pero donde la falta de esfuerzo tampoco es excusa para la desigualdad. La clase media argentina necesita un relato que no la divida entre ganadores y perdedores, que reconozca que el mérito existe pero que no es suficiente. Que la dignidad no se mide en resultados, sino en la capacidad de seguir. Y que la verdadera lucha no es contra el otro, sino contra un sistema que promete y no cumple.
