El mérito que no alcanza
La señora del kiosco de la esquina no dice que está harta. Dice que la cosa está dura. Aprieta los dientes cuando un pibe paga con un billete de dos mil y ella ya no tiene cambio. La inflación no es un número en un gráfico, es la mugre que se acumula en el cajón de las monedas que ya no sirven. Ella trabaja doce horas, no se queja del cansancio, pero la semana pasada su hijo le pidió unos mangos para salir y ella le dio lo que pudo. No alcanzó para la entrada del boliche. El mérito en la Argentina de hoy es un concepto que se deshace como un billete de cien en la mano de un jubilado.
La clase media creció escuchando que el esfuerzo individual era la llave de todo. Que estudiar, laburar, ahorrar, jugarse, iba a rendir frutos. Pero hace rato que el árbol se secó. Los que estudiaron cinco años en la universidad manejan un Uber. Los que ahorraron en pesos vieron cómo la plata se esfumaba en tres meses. Los que se jugaron por un negocio propio terminaron cerrando las persianas. Y entonces viene el discurso oficial, siempre igual, que insiste en que el que quiere puede. Como si la realidad fuera una cancha de fútbol donde todos arrancan con la misma pelota.
Las redes sociales, por su parte, montan un escenario donde el éxito es obligatorio. Fotos de viajes, comidas perfectas, cuerpos esculpidos, emprendimientos que despegan. La polarización no es solo política, también es emocional. Unos muestran el paraíso y otros despotrican contra el infierno. Nadie muestra el mientras tanto. Ese tiempo gris en el que uno paga las cuentas con lo justo y se pregunta si lo que hizo toda la vida sirvió de algo. La verdad se fragmenta en mil historias de Instagram y la identidad se vuelve una máscara que cambia según la pantalla.
La deuda que no se ve
La deuda no es solo el préstamo del banco o la tarjeta de crédito. Es la promesa de que el mes que viene va a ser mejor. Es el acuerdo tácito con uno mismo de que el sacrificio de hoy va a tener recompensa. Pero la deuda moral es más pesada. La deuda que la sociedad contrajo con sus jóvenes, a los que les vendió un futuro que no existe. La deuda con los viejos, que trabajaron toda una vida y hoy cuentan monedas para comprar remedios. La deuda con los que creyeron en el relato del progreso y se despertaron en un país donde la palabra dignidad suena a lujo.
En los medios, los mismos de siempre discuten si el ajuste es necesario o si el Estado debe intervenir. Los programas de chimentos mezclan la pelea de los famosos con la suba del pan. Y la gente mira, se indigna un rato, después se olvida. Porque el ruido es constante y la memoria es frágil cuando el estómago aprieta. La manipulación no es un complot, es el cansancio. Es la dificultad de pensar cuando lo urgente no te deja tiempo para lo importante.
La educación como moneda
En las aulas porteñas los pibes no hablan de la crisis, la viven. Algunos llevan viandas porque el comedor de la escuela es lo único seguro del día. Otros faltan porque los padres no tienen para el boleto. La educación, que alguna vez fue el ascensor social, hoy es un boleto de lotería. Puede que te saque de donde estás, pero cada vez hay menos chances. La inteligencia artificial promete reemplazar trabajos que ni siquiera se inventaron. Y los chicos aprenden a programar mientras el país no sabe cómo generar un empleo estable.
El mérito se volvió una trampa. Porque si todo depende de uno, cuando las cosas salen mal la culpa es solo de uno. No hay responsabilidad colectiva, no hay fallas del sistema, no hay contexto. Es el individuo contra el mundo, y el mundo, en Argentina, suele ganar por goleada. La soledad del que se esfuerza y no llega es una de las caras más tristes de estos tiempos. No hay un abrazo que la cure, porque el abrazo también es caro.
Pero la gente resiste. No como un acto heroico, sino como parte del oficio de vivir. Siguen yendo al kiosco, siguen mandando currículums, siguen pagando el alquiler con lo justo. No pierden la esperanza, pierden la ingenuidad. Saben que el mérito no alcanza, que el esfuerzo solo no garantiza nada, que la vida es una negociación constante con lo que hay. Y en esa negociación, a veces, se cuela un gesto de ternura. Un viejo que comparte el mate. Una madre que le pide al hijo que no mire el celular. Un pibe que ayuda a la señora del kiosco a contar el vuelto.
La dignidad, al final, no se mide en pesos. Se mide en esos actos chiquitos que no aparecen en las redes. En la capacidad de seguir siendo humano cuando todo empuja a no serlo. La Argentina de hoy no es la de las promesas del relato. Es la de la gente que se levanta temprano y hace lo que puede. Y eso, aunque no alcance, tiene un valor que ninguna inflación puede licuar.
