El mérito que se fue con el agua de la canilla
La clase media argentina está aprendiendo a vivir con menos promesas. El mérito, ese concepto que alguna vez vendieron como la llave del ascenso social, ahora parece una moneda de cambio que nadie acepta. En los supermercados de cualquier barrio porteño, la gente mira los precios y hace cuentas que no cierran. La inflación no es un número en un gráfico, es la certeza de que el sueldo no alcanza para lo que alcanzaba la semana pasada.
Hay una sensación de que el esfuerzo individual ya no garantiza nada. El hijo que estudió toda la noche para entrar a la universidad pública compite con un algoritmo que promete reemplazarlo. La hija que se capacitó en programación descubre que las empresas prefieren contratar inteligencia artificial antes que pagar un sueldo. La familia que ahorró durante años en pesos se despierta un día con la mitad de lo que tenía. El mérito, en este país, se parece cada vez más a una estafa piramidal.
En las mesas de los bares de la avenida Corrientes, los jóvenes discuten sobre el futuro. Pero el futuro ya no es un lugar al que se llega con esfuerzo, es un territorio que se negocia en cada moneda. La deuda externa pesa como una losa, pero la deuda personal es más concreta: el crédito que no se puede pagar, el alquiler que se come el sueldo, el plan de ahorro que se desvanece. La política promete soluciones, pero los discursos se parecen cada vez más a los algoritmos de las redes sociales: repiten lo mismo hasta que el oyente se cansa.
Hay una polarización que no deja espacio para las dudas. En las familias, en los trabajos, en las filas del banco. La verdad se ha vuelto un lujo que no todos pueden pagar. Los medios de comunicación, que alguna vez fueron el espacio donde se discutía la realidad, ahora son trincheras donde cada uno defiende su relato. La manipulación es tan sutil que a veces pasa desapercibida: un tuit, un meme, un video de treinta segundos que resume un conflicto de décadas.
La soledad también se siente en las redes sociales. Uno mira el teléfono y ve que todos están conectados, pero la sensación es de vacío. La juventud, que creció con la promesa de que la tecnología iba a resolver todo, descubre que la inteligencia artificial no puede llenar el hueco de la ausencia. La memoria se almacena en la nube, pero los recuerdos se pierden en la inmediatez. La identidad se construye en función de lo que se consume, no de lo que se es.
El Estado se achica en la cocina de un monoambiente. Ya no hay figuras heroicas que vengan a salvar la situación. La educación pública, que alguna vez fue el orgullo de la clase media, ahora es un campo de batalla donde los docentes luchan por un salario digno mientras los alumnos intentan descifrar un futuro que no les promete nada. La moral, esa brújula que orientaba las decisiones, se ha vuelto un lujo que no todos pueden permitirse. La dignidad, en tiempos de crisis, se mide en pequeñas renuncias.
La inflación como única certeza
En los barrios de la clase media, la inflación es la única verdad que nadie discute. El precio del pan sube, el del agua sube, el del alquiler sube. Todo sube menos el salario. La deuda se acumula como un mueble viejo que no se puede tirar porque no hay espacio para uno nuevo. El consumo, que alguna vez fue un placer, ahora es una estrategia de supervivencia. Se compra lo que se puede, no lo que se quiere. La identidad se negocia en cada compra, en cada deuda, en cada silencio frente a la pantalla.
La tecnología promete soluciones, pero no resuelve el problema de fondo. Los algoritmos pueden predecir patrones de consumo, pero no pueden entender por qué duele el pan. La inteligencia artificial puede escribir un artículo como este, pero no puede sentir la angustia de quien no llega a fin de mes. La polarización política se traslada a las redes sociales, donde cada discusión termina en la misma pregunta: ¿de quién es la culpa? Y la respuesta siempre es la misma: del otro.
En este contexto, la clase media argentina aprende a vivir con lo que tiene. No espera nada del Estado, porque el Estado ya no promete nada. No espera nada de la política, porque la política se ha vuelto un espectáculo. No espera nada de la tecnología, porque la tecnología no entiende de inflación ni de deuda. Lo único que queda es la familia, el trabajo y la dignidad de seguir adelante aunque el mérito se haya ido con el agua de la canilla.
La memoria, ese archivo que guardamos en el teléfono y en el corazón, se vuelve un refugio. Recordar tiempos mejores es un consuelo, pero también una trampa: el pasado idealizado impide ver el presente con claridad. La juventud, que no tiene esos recuerdos, construye su identidad en la incertidumbre. No pide permiso ni espera promesas. La crisis no los paraliza, los redefine. Y en esa redefinición, quizás, esté la clave de algo nuevo.
