El mérito y la deuda
Se dice que el mérito es un pasaporte. Que si uno se esfuerza lo suficiente, las puertas se abren. Pero acá, en Argentina, el mérito se parece más a una deuda que a un logro. Uno trabaja, estudia, ahorra, y el resultado es el mismo: llegar justo, mirar el precio del dólar y preguntarse si vale la pena.
La clase media aprendió a desconfiar de las promesas. No de las políticas, que van y vienen, sino de las propias. Prometerse a uno mismo que el próximo mes va a ser distinto, que el sueldo va a alcanzar, que la inflación va a ceder. Pero la inflación no cede, y el sueldo se estira como un chicle viejo. Entonces uno mira el placard y ve las cosas que compró pensando que eran una inversión, y ahora son solo recuerdos de un consumo que no alcanzó.
Las redes sociales tampoco ayudan. Ahí todos muestran el mérito ajeno, la foto del viaje, el ascenso, el plato de comida. Y uno se sienta frente a la pantalla y compara su deuda con la felicidad del otro. La polarización no es solo política, es existencial. Se divide el mundo entre los que pueden y los que deben. Y la clase media, siempre en el medio, no sabe bien de qué lado está.
El Estado, mientras tanto, juega su partido. Un día te subsidia, al otro te cobra. Un día te protege, al otro te deja solo. La educación pública, que fue el orgullo de generaciones, ahora es un campo de batalla. Los maestros luchan por un salario digno, los padres por un futuro incierto, y los chicos quedan atrapados entre el mérito que les exigen y la realidad que les niega.
La memoria tampoco es lo que era. Se olvida rápido, o se recuerda mal. Las crisis se acumulan y se confunden: la del 2001, la del 2018, la de ayer. Cada una deja su huella, pero ninguna enseña del todo. La moral se vuelve elástica: lo que antes era indigno, hoy es necesario. Pedir prestado, hacer changas, vender lo que no se usa. La dignidad se redefine en cada transacción.
Y la tecnología, ese gran salvador, también tiene su costado oscuro. La inteligencia artificial promete eficiencia, pero también reemplazo. Los trabajos que antes eran seguros ahora son temporales. La juventud crece con la incertidumbre de saber que el mérito no garantiza nada. Que el esfuerzo puede ser en vano. Que la verdad, esa palabra que se usa tanto, es en realidad un relato que cambia según quien lo cuente.
La soledad se cuela en los gestos cotidianos. Pagar el alquiler, llenar la heladera, esperar el bondi. La clase media se acostumbró a hacer cuentas a la noche, a calcular los gastos del mes, a postergar lo que quiere para cumplir con lo que debe. Y en ese cálculo constante, la identidad se va diluyendo. Uno ya no es lo que hace, sino lo que debe.
La manipulación también juega su rol. Los medios, las redes, los políticos: todos tienen un relato que vender. Y la clase media, exhausta, compra el que menos duele. Pero el dolor no desaparece, se acumula. Se vuelve silencio, o se vuelve bronca. Y la bronca se descarga en cualquier lado: en el que opina distinto, en el que tiene más, en el que tiene menos.
El mérito, entonces, es una ficción necesaria. Uno se aferra a él para no caer en la desesperanza. Pero la deuda, esa deuda que no es solo económica sino moral, sigue ahí. La deuda con uno mismo, con la familia, con el país. Y mientras tanto, la clase media sigue pagando, sin saber si algún día va a saldar la cuenta.
Quizás lo único que queda es la observación concreta. Mirar alrededor y ver que no estamos solos. Que el vecino también cuenta monedas, que el compañero de trabajo también se pregunta si vale la pena. Y en esa mirada, tal vez, encontrar un poco de verdad, de la que no se vende ni se compra, de la que simplemente se comparte.
