El oficio de entender
Se puede saber el precio del dólar blue al segundo, la inflación del mes, la fecha de la próxima marcha. Se puede tener una opinión formada sobre el FMI, sobre la educación pública, sobre la inseguridad. Se puede, incluso, militar una causa en Twitter y defenderla con citas de economistas y filósofos. Lo que no se puede es entender del todo qué pasa. Ese oficio, el de entender, se ha vuelto un lujo que la clase media argentina ya no puede pagar.
No es que falten datos. Sobran. La información llega en cascadas, en notificaciones, en memes, en videos de treinta segundos. El problema es que el ruido no deja escuchar nada. Cada hecho viene con su relato, cada relato viene con su bando, y cada bando tiene su propia verdad. La verdad, esa palabra que antes sonaba a certeza, ahora es un campo de batalla donde nadie gana pero todos pierden algo.
Uno se sienta a la mesa con la familia, y en lugar de hablar de la escuela de los chicos o del trabajo, se discute si el gobierno anterior fue peor o si el actual miente más. No hay tregua. La política se metió en la cena como un pariente pesado que no se va. Y la inflación, esa compañera silenciosa, se lleva el postre antes de que llegue.
La clase media argentina, esa criatura mítica que alguna vez soñó con un auto propio y un viaje a Brasil, ahora cuenta los pesos en el supermercado. Mira el precio del aceite, del azúcar, del café. Compara marcas, hace cuentas mentales, se pregunta si merece esto. El mérito, esa idea tan linda, choca contra la realidad de que por más que uno labure, el dinero no alcanza. No alcanza para alquilar, no alcanza para comprar, no alcanza para ahorrar. El mérito se volvió un chiste que cuenta el mercado.
Y mientras tanto, las redes sociales piden posicionarse. Hay que tener opinión sobre todo: sobre la guerra en Medio Oriente, sobre el último escándalo político, sobre la inteligencia artificial que va a dejarnos sin laburo. No tener opinión es sospechoso. Es no estar del lado correcto de la historia. Pero tenerla, tener una opinión firme, implica simplificar. Reducir el mundo a un sí o un no, a un favor o en contra. Y el mundo, se sabe, no funciona así.
La polarización no es solo un fenómeno político. Es una forma de vida. Todo se divide en dos: peronistas o antiperonistas, libertarios o estatistas, vacunados o negacionistas. No hay grises. El gris es para los débiles, para los tibios, para los que no se animan. Pero en el gris, justamente, vive la mayoría. Ahí está la clase media, atrapada entre dos fuegos, tratando de entender sin tener que elegir un bando.
La educación, que alguna vez fue el ascensor social, ahora es un tema de discusión. ¿Sirve la escuela pública? ¿O es un curro? Los chicos vuelven a casa con tareas que los padres no entienden. Las computadoras llegaron, pero los libros se fueron. La memoria, esa vieja herramienta, está desprestigiada. Nadie se acuerda de nada porque todo está guardado en el teléfono. Y el teléfono, ese aparato que prometía conectarnos, nos deja más solos que nunca.
La soledad no se vende en los supermercados, pero se siente. Se siente en la cola del banco, en el subte, en la cena frente al televisor. Se siente cuando uno se da cuenta de que los amigos se fueron yendo, que las reuniones se espaciaron, que la familia se ve por WhatsApp. La soledad es el lujo más caro que nadie quiere pagar.
Y sin embargo, la gente resiste. Se agarra del consumo como un clavo ardiendo. Compra ropa que no necesita, cambia el celular aunque el otro funcione, pide delivery aunque cocinar salga más barato. El consumo es el anestésico, el refugio, la prueba de que uno todavía existe. Pero el refuerzo no dura. Al otro día la tarjeta llega con los intereses, y la deuda, esa palabra que el Estado repite como un mantra, se vuelve personal.
La deuda no es solo del país. Es de cada uno. La cuota del auto, el crédito hipotecario, el préstamo personal. La Argentina vive endeudada, y la clase media también. Pero el drama no es la deuda en sí. Es que no hay proyecto. No hay un horizonte que justifique el esfuerzo. Se labura para pagar, se paga para vivir, se vive para esperar que algo cambie. Y mientras tanto, los políticos discuten, los medios venden indignación, y la inteligencia artificial se prepara para ocupar los puestos que aún quedan.
No es un país para pesimistas, dicen. Pero tampoco es un país para optimistas. Es un país para los que resisten. Para los que se levantan todos los días, agarran el bondi, laburan ocho horas, vuelven a casa, y en el poco tiempo libre que les queda, intentan entender qué carajo pasó. No lo logran, claro. Pero lo intentan. Y eso, tal vez, sea lo único que los sostiene.
Porque entender el país no es un lujo. Es una necesidad. Pero como todo lo necesario en la Argentina de hoy, cuesta caro y no se consigue en ningún lado.
