El oficio de esperar
Hay una escena que se repite en los hospitales públicos de la provincia de Buenos Aires. Gente que llega a las seis de la mañana, a veces antes, y se sienta en sillas de plástico duro. Esperan un turno, un resultado, una receta. La mayoría tiene pantuflas y el mate frío. Nadie se queja demasiado. La queja es un lujo que la clase media ya no puede pagar. Aprendió a esperar sin hacer ruido, como si la paciencia fuera un músculo que se ejercita a la fuerza.
La espera se volvió un oficio. Un trabajo no remunerado que ocupa las horas que antes se dedicaban a otra cosa: leer, hablar con los hijos, discutir de política en el almacén. Ahora se espera en la fila del banco, en el semáforo que nunca cambia, en la llamada al servicio técnico que nunca contesta. Y mientras se espera, se mira el teléfono. Las redes sociales llenan el vacío con una corriente de indignación y memes. La polarización no es un debate, es un zumbido de fondo que adormece la capacidad de asombro.
El mérito y la deuda
La clase media argentina creció escuchando que el mérito era la llave. Que si estudiabas, trabajabas duro, ahorrabas, ibas a tener tu casa, tu auto, tus vacaciones en la costa. Pero la inflación se comió esa promesa. Hoy el mérito es un chiste mal contado en una cena familiar. El que labura en blanco paga impuestos para mantener un Estado que no le devuelve seguridad ni educación ni salud. Y el que no, sobrevive como puede, en una economía paralela que el relato oficial ignora.
La deuda no es solo económica. Es una deuda de verdad. La clase media ya no sabe qué es real. Los medios, las redes, los políticos, todos mienten con la misma naturalidad con que se toma un café. La manipulación es tan burda que a veces duele, pero otras veces resulta cómoda. Porque la verdad obliga a actuar. La mentira, en cambio, permite quedarse quieto, mirando el teléfono, esperando que algo cambie.
La familia como trinchera
En ese paisaje de incertidumbre, la familia se volvió un refugio. Pero un refugio frágil, con goteras. Los padres trabajan más horas para llegar a fin de mes. Los hijos crecen encerrados, mirando pantallas. La inseguridad no es solo la de la calle: es la de no poder darles un futuro. La educación pública, que alguna vez fue un orgullo nacional, se desmorona. Los docentes hacen paro, los alumnos faltan, los contenidos se banalizan. Y los que pueden, pagan un colegio privado, aunque eso signifique endeudarse hasta el cuello.
La juventud argentina es la primera generación que vive peor que sus padres. No es una opinión, es un dato. Y los datos no generan ternura. Generan bronca o indiferencia. Los jóvenes se refugian en el consumo digital, en la inteligencia artificial que les responde todo sin pedir nada a cambio. Pero la inteligencia artificial no abraza, no discute, no te dice "basta". Te da respuestas vacías, como un espejo que devuelve lo mismo.
La soledad del que espera
Hay una soledad específica de la clase media argentina. No es la soledad del pobre, que se sobrevive en la calle con otros. Ni la del rico, que se aísla en countries con seguridad privada. Es la soledad del que espera en el living de su casa, con la tele prendida y el teléfono en la mano. Sabe que afuera hay crisis, inflación, política, pero no sabe bien qué hacer con eso. La dignidad se volvió un lujo: tenerla cuesta caro, y nadie la paga.
La moral también cambió. Antes la clase media juzgaba. Ahora juzga menos, porque ya no tiene piso firme para hacerlo. Todo es relativo. La verdad depende de dónde te sientes. La manipulación es tan fina que uno ya no sabe si está siendo manipulado o si está participando de un juego colectivo. Y en ese juego, la identidad se diluye. Ser argentino ya no significa lo mismo. Ser de clase media ya no es un orgullo, es un estado de alerta permanente.
La espera tiene su propia duración. No termina cuando llega el turno, el resultado o la receta. Termina cuando uno deja de esperar. Pero la clase media argentina no sabe dejar de esperar. Es su oficio, su condena, su única certeza. Y mientras espera, el país se desarma y se rearma en un loop que ya nadie filma, que ya nadie cuenta, que ya nadie recuerda.
