Artículo y ensayo

El oficio de ser clase media

Entre la inflación y los relatos que prometen salidas individuales, la clase media argentina descubre que sobrevivir ya no es un trámite: se volvió un oficio de tiempo completo.

El oficio de ser clase media

El oficio de ser clase media

Hay una escena que se repite en cualquier bar de Buenos Aires un jueves a la noche. Dos amigos comparten una pizza y una botella de vino. La cuenta no da. Uno pone la tarjeta, el otro promete transferirle al día siguiente. Los dos saben que esa transferencia tarda. No por mala fe, sino porque el sueldo no alcanza para cubrir el mes y la deuda se estira como un chicle. La clase media argentina aprendió a vivir en ese estiramiento permanente.

No es nueva la historia. Pero hay algo distinto en esta crisis. Antes la inflación era un enemigo claro, algo que se podía señalar con el dedo. Ahora la inflación es solo el telón de fondo de una obra más compleja. La obra donde el trabajo ya no garantiza dignidad, donde la educación dejó de ser un ascensor social, donde la familia se convirtió en un refugio que a veces se inunda. Y donde las redes sociales venden modelos de vida que nadie puede pagar.

La verdad que no se compra

En esa grieta entre lo que se tiene y lo que se muestra, se cuece la moral de estos tiempos. La polarización política encontró un caldo de cultivo perfecto: una sociedad que ya no confía en el Estado pero tampoco cree del todo en el mérito individual. Porque el mérito, cuando la cancha está inclinada, suena a excusa de los que ya ganaron.

Los medios de comunicación, esos viejos aparatos de fabricar relatos, perdieron el monopolio. Ahora cualquiera puede armar su propia versión de la verdad desde un teléfono. El problema es que la verdad se volvió un producto más, algo que se compra por suscripción. Cada cual elige su realidad como elige una serie. Y la soledad, esa compañera silenciosa de la clase media, se profundiza cuando uno descubre que ya no comparte un idioma común con el vecino.

La inteligencia que no se descarga

Apareció la inteligencia artificial prometiendo respuestas rápidas, eficiencia, un futuro sin esfuerzo. Pero la inteligencia artificial no entiende de contextos. No sabe lo que es esperar un colectivo que no llega, hacer malabares con el sueldo, explicarle a un hijo que este mes no hay colonias de vacaciones. La inteligencia artificial puede escribir un ensayo sobre la crisis argentina, pero no sabe lo que duele la dignidad cuando te dicen que tenés que agradecer tener trabajo aunque no te alcance.

Los jóvenes crecen en ese desajuste. Ven a sus padres deslomarse por un sueldo que no alcanza, escuchan discursos que prometen que si se esfuerzan lo suficiente van a triunfar, y salen al mercado laboral a descubrir que las reglas del juego cambiaron sin avisar. La cultura del esfuerzo choca contra una realidad donde el mérito no se premia, donde el consumo se volvió la única forma de pertenencia, donde la identidad se construye con likes y no con historias.

La memoria que resiste

En ese ruido, la memoria es lo único que queda. La memoria de lo que fue la clase media cuando tenía horizonte. La memoria de los que se fueron del país y de los que se quedaron a resistir. Porque hay una resistencia silenciosa que no aparece en los titulares: la del que sigue pagando el colegio de los hijos aunque no llegue a fin de mes, la del que cuida a los padres viejos mientras hace home office, la del que elige no endeudarse aunque todos los días le ofrezcan créditos fáciles.

La inseguridad no es solo la que ocurre en la calle. Es también la inseguridad de no saber si el mes que viene vas a poder pagar el alquiler. Es la incertidumbre de un país donde las reglas cambian cada semana. Y la familia, que antes era un refugio, a veces se convierte en un campo de batalla donde se negocian las deudas, los sueños postergados, las promesas incumplidas.

Pero la familia también es el último lugar donde uno se muestra sin filtros. Donde la verdad duele pero no se puede disimular. Donde la dignidad se juega en cosas chicas: poder invitar a los viejos a comer un domingo, comprarle un libro a un hijo sin que duela en el bolsillo, llegar a fin de mes sin tener que llamar a un familiar para pedir prestado.

El oficio de seguir

La clase media argentina descubrió algo que los economistas no entienden: que sobrevivir es un oficio. Un oficio que requiere creatividad, resistencia, un poco de humor negro y mucha capacidad de adaptación. Un oficio que no se enseña en las escuelas ni se aprende en los libros. Un oficio que se hereda, como se hereda la lengua y la forma de caminar.

En ese oficio, cada día es una negociación con la realidad. Se negocia con el dueño del supermercado, con el que alquila el departamento, con el que contrata un servicio. Se negocia con uno mismo, tratando de no perder la cabeza cuando todo parece derrumbarse. Y se negocia con el país, ese país que siempre promete y siempre falla, ese país que a uno lo tiene agarrado del corazón aunque duela.

Porque al final lo que queda no es el relato ni la promesa ni el algoritmo. Lo que queda es la capacidad de seguir, de encontrarle la vuelta, de no rendirse. La clase media argentina es experta en eso. No por heroísmo, sino porque no le queda otra. Porque cuando no hay red, uno aprende a volar. O al menos a caer parado.

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