El oficio de ser clase media
Hay una escena que se repite en las casas de la clase media argentina. El padre o la madre llega del trabajo, saluda, se sienta frente al televisor y, antes de preguntar cómo estuvo el día, dice: no sé cómo vamos a llegar a fin de mes. No es una novedad. Es la letanía de los últimos años. Pero ahora tiene un matiz distinto: ya no es solo la plata. Es la sensación de que el suelo se mueve, de que las reglas del juego cambiaron y nadie le avisó a nadie.
La inflación es el telón de fondo, claro. Los precios suben, los sueldos corren atrás y la clase media aprende a hacer malabares con las tarjetas y los descuentos. Pero el problema más hondo no es económico. Es cultural, político, casi existencial. La clase media argentina creyó durante décadas que su identidad se sostenía en tres pilares: el trabajo estable, la casa propia y la educación de los hijos. Esos pilares se aflojaron. El trabajo ya no es para siempre, la casa propia es un sueño cada vez más lejano y la educación, ese viejo ascensor social, se convirtió en un campo de batalla entre el mérito y la suerte.
Las redes sociales no ayudan. Al contrario. Muestran la vida de los otros como una vidriera perfecta: el viaje a Brasil, la cena en un restaurante caro, el hijo que entra a la facultad. La clase media mira esa vidriera y siente que no cumple. La polarización política, además, mete cuña en la mesa familiar. Ya no es fácil compartir el pan con alguien que piensa distinto. La grieta no está en la calle, está en el living.
La moral del esfuerzo
El discurso del mérito tiene una pata coja. Se dice que el que quiere puede, que el esfuerzo siempre rinde. Pero en la Argentina de la inflación y la deuda externa, el esfuerzo se parece más a una carrera con obstáculos que a una línea recta. La clase media trabaja horas extras, hace changas, se endeuda en cuotas. Y aun así, el horizonte no llega. La sensación de dignidad, ese orgullo de laburante que viene de la época de los inmigrantes, se resquebraja. Porque no alcanza con laburar. Hay que saber venderse, tener contactos, dominar el algoritmo.
El Estado, mientras tanto, promete pero no resuelve. Los planes sociales son un parche, los impuestos no bajan y los servicios públicos funcionan a media máquina. La clase media se siente atrapada: paga impuestos, cumple, pero no ve el retorno. La inseguridad, además, agrega una capa de miedo que no se resuelve con más policías ni con rejas. Se resuelve, si es que se resuelve, con una sensación de comunidad que ya no existe.
La juventud mira todo esto desde otra vereda. Los pibes crecieron con el celular en la mano, con la inteligencia artificial como compañera de estudio y con la idea de que el trabajo fijo es un invento de los viejos. Para ellos, la identidad no pasa por el empleo. Pasa por lo que publican, por los likes, por la cantidad de seguidores. La clase media adulta no entiende ese mundo y lo juzga. Pero en el fondo, sospecha que sus hijos tienen razón: el modelo de antes no vuelve.
La memoria como lujo
La memoria, ese valor que la clase media argentina defendió durante años, también se mercantiliza. Se recuerda lo que conviene. El relato político se impone sobre los hechos. La verdad, esa palabra que antes parecía sólida, se volvió elástica. Cada uno tiene su versión, su canal de noticias, su burbuja. La manipulación no es solo de los políticos. Es de todos. La clase media consume información como consume ropa: rápido, barato, desechable. Y después se queja de que no entiende nada.
La soledad, en medio de todo esto, crece. No la soledad de estar solo, sino la de sentirse desconectado. La clase media argentina se junta en las redes, comparte memes, se indigna junta. Pero cuando apaga la pantalla, el silencio pesa. La familia, ese núcleo que antes era refugio, ahora es un escenario donde se negocian las diferencias. La moral se discute en la cena. La política se evita o se explota. La identidad, en definitiva, está en crisis.
No hay una salida fácil. No hay un plan que resuelva todo. La clase media argentina tiene que reinventarse, pero no sabe cómo. Sigue yendo al trabajo, pagando las cuentas, llevando a los chicos al colegio. Sigue esperando que el próximo mes sea distinto. Y mientras tanto, sostiene el país con eso que le queda: la costumbre de no rendirse. No es épico ni heroico. Es, simplemente, el oficio de ser clase media en la Argentina de hoy.
