Artículo y ensayo

El poder que se esconde en el ruido

En la cacofonía de notificaciones, discursos y precios que cambian, la clase media argentina intenta descifrar quién mueve los hilos. La política se volvió un espectáculo de fondo, mientras las decisiones reales se toman en otro lado.

El poder que se esconde en el ruido

El poder que se esconde en el ruido

Hay un ruido de fondo en la Argentina que no es el de la calle. Es el zumbido de las notificaciones, el murmullo constante de los noticieros, el crujido de los precios que se ajustan en la pantalla del celular mientras se hace la fila en el supermercado. En medio de ese estruendo, la pregunta por el poder se volvió un susurro. Ya no se discute quién gobierna, sino quién decide realmente. La política, ese oficio que antes convocaba pasiones de café y discusiones de familia, ahora es un espectáculo que se consume con escepticismo, como una serie más en el catálogo infinito.

La manipulación como moneda corriente

La clase media aprendió a desconfiar. Desconfía del relato oficial, pero también del que lo contradice. Los medios, antes faros en la tormenta, son vistos como actores más en una pulseada que no termina de explicarse. La verdad es una moneda devaluada, sometida a la inflación de las versiones. En las redes sociales, donde la indignación es el combustible principal, se libran batallas por la atención, no por la convicción. La polarización no es ideológica ya, es un estado de ánimo, un reflejo condicionado. Se discute con furia sobre temas que nadie cree que vayan a resolverse, mientras las decisiones que afectan la vida cotidiana, la deuda que se negocia en silencio, la educación que se desmorona sin planos, parecen suceder en una habitación aparte, con la puerta cerrada.

La familia, ese reducto donde antes se transmitía una moral y un proyecto, hoy es el lugar donde se comparan precios de apps de delivery y se comparten memes sobre la inflación. El trabajo perdió su épica. El mérito, esa promesa de la abuela, suena a chiste de mal gusto cuando el sueldo se licúa antes de llegar a fin de mes. Los jóvenes miran ese horizonte borroso y buscan una salida individual, a veces en un emprendimiento digital, a veces en un pasaje al exterior. La identidad ya no se construye solo con la memoria familiar o el barrio, sino con los gustos que define un algoritmo, con la tribu que se encuentra en un grupo de WhatsApp.

El Estado, un fantasma incómodo

El Estado es una presencia abstracta y omnipresente a la vez. Se lo siente en la factura de la luz, en el trámite interminable, en la promesa incumplida. Pero su poder real para ordenar la vida parece haberse evaporado. La inseguridad no es solo la del arma en la esquina, es la del futuro que se desdibuja, la del contrato que no se renueva, la de la soledad que no se nombra en las redes llenas de caras sonrientes. La cultura, en este contexto, no es un lujo, es el campo donde se libra, de manera subterránea, la pelea por el sentido. En las series que se ven, en la música que se escucha, en las modas que llegan filtradas por plataformas globales, hay una búsqueda de un relato que el país no provee.

La inteligencia artificial dejó de ser ciencia ficción. Es la herramienta que escribe discursos, genera imágenes para campañas y promete optimizar una economía que se resiste a todo orden. Mientras, en las casas, la gente optimiza su consumo a fuerza de ingenio y resignación. La dignidad se mide en gestos pequeños: en poder pagar la cuota del colegio, en no pedir prestado para la cena, en mantener una crítica aunque sea en voz baja. La crisis es económica, claro, pero es sobre todo una crisis de narrativa. Ya no hay una historia común que una, solo versiones enfrentadas que cansan.

El poder verdadero quizás ya no esté en el balcón de la Rosada, sino en la capacidad de generar ese ruido que distrae, que fragmenta, que impide ver el mecanismo. Está en quien define los términos de la discusión, en quien pone los temas sobre la mesa y, sobre todo, en quien decide qué queda fuera del debate. La clase media, atrapada entre la urgencia del día a día y el vértigo de la pantalla, intuye esto. Sabe que la pelea por el relato es la pelea por todo lo demás. Pero la energía para darla se gasta en sobrevivir a la semana, en descifrar la nueva suba, en calmar la ansiedad de los hijos que preguntan por un mañana que los padres no pueden describir. El poder se esconde, precisamente, en ese agotamiento.

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