La política que se mira desde la vereda de enfrente
El hombre apoya los codos en la mesa de plástico, la que está en la vereda del bar. Tiene el diario doblado a la mitad, pero no lo lee. Mira la calle, la fila de la parada del colectivo, el cartel de una inmobiliaria que ofrece departamentos en dólares. Su mirada no es de enojo, ni siquiera de resignación. Es la mirada de alguien que observa un experimento fallido desde un lugar seguro, o al menos, desde un lugar que ya conoce. La política, esa palabra que antes encendía asados y partidos de fútbol, ahora se mira desde la vereda de enfrente. Como un incendio en la casa del vecino, con cierta preocupación, pero sobre todo con la certeza de que no hay manguera que alcance.
El relato y la góndola vacía
En la tele, un panelista habla de macroeconomía con la soltura de quien explica las reglas de un juego que él mismo inventó. En la cocina, una mujer cuenta monedas para el sachet de leche. Esa es la grieta verdadera, la que no se tapa con discursos. No es entre peronistas y antiperonistas, sino entre el lenguaje del poder y el ruido de la heladera que no enfría lo suficiente. La inflación no es un índice, es el acto de sacar productos del changuito antes de llegar a la caja. El mérito, esa palabra que los abuelos usaban con orgullo, hoy suena a chiste de mal gusto. ¿Mérito para qué, si el sueldo se licúa entre el primero y el treinta de cada mes? El trabajo ya no construye identidad, apenas sostiene un equilibrio precario, como caminar sobre un alambre con una vara que se acorta a cada paso.
Las pantallas y la soledad con conexión a wifi
Los jóvenes, esos que la política tradicional mira con desconcierto, navegan otras aguas. Sus batallas son otras, sus tribus se forman en algoritmos. La inteligencia artificial les sugiere música, amistades, noticias. Les crea un mundo a medida, un relato personal e intransferible. ¿Para qué necesitarían un relato colectivo, uno de esos que habla de patria y proyecto, si el algoritmo les da la razón en tiempo real? La polarización de la que hablan los medios no es solo ideológica, es existencial. Un pibe que estudia programación para escapar y otro que milita en una agrupación barrial viven en países distintos, aunque compartan el mismo mapa. La familia, ese reducto que antes daba certezas, ahora es a menudo el lugar donde se explicitan las diferencias. Se evita hablar de plata, de política, del futuro. Se habla del clima, de la serie de moda. Se comparte el techo, pero no la memoria de lo que se perdió.
La inseguridad ya no es solo la sombra en la esquina oscura. Es la inseguridad de no saber si el título universitario servirá para algo, si el alquiler subirá otra vez, si el Estado, esa entidad abstracta y caprichosa, estará para ayudarte o para ponerte un palo en la rueda. El Estado es como un padre ausente y demandante a la vez: no está cuando lo necesitás, pero llega con la boleta para cobrar.
La dignidad en los gestos mínimos
En medio de todo, la clase media argentina, esa especie en permanente adaptación, inventa sus propias respuestas. La dignidad ya no está en el ascenso social, sino en mantener la vereda limpia, en ayudar al vecino viejo con las bolsas, en no pedir fiado aunque el mes no cierre. Es una moral práctica, de trinchera. La cultura ya no es solo ir al teatro o leer a los clásicos, es saber arreglar un artefacto con un tutorial de YouTube, es encontrar la oferta escondida en el supermercado, es enseñarles a los hijos que el valor de las cosas no está en la etiqueta. La memoria, aquí, es un arma de doble filo. Recordar cómo eran las cosas antes te da un marco de referencia, pero también te amarga. Por eso muchos eligen una amnesia selectiva, vivir en un presente continuo y apretado, donde la única deuda que importa es la que vence a fin de semana.
Los medios tradicionales hablan, los influencers opinan, los políticos prometen. Pero en las casas, el sonido de fondo es otro: el click de la calculadora, el murmullo de la radio baja, el silencio incómodo cuando en la mesa alguien menciona por error la palabra "dólar". La verdad se ha vuelto esquiva, no por misteriosa, sino por sobreexpuesta. Hay tantas versiones, tantos datos, tantos gritos, que al final cada uno se arma su rompecabezas con las piezas que menos daño le hacen. La manipulación ya no es burda, viene envuelta en entretenimiento, en ofertas, en la comodidad de que alguien (un algoritmo, un líder, un gurú económico) piense por vos.
Al final del día, el hombre de la mesa de plástico se levanta, dobla el diario que no leyó y vuelve a su casa. Cruza la vereda con la atención puesta en el desnivel de la baldosa. Esa es, quizás, la metáfora más clara. Ya no se mira el horizonte para ver venir la solución, se mira al piso para no tropezar hoy. La política pasa, los discursos se los lleva el viento de la tarde, y la gente, esa masa testaruda y cansada, sigue ahí, en la vereda de enfrente, calculando cuánto le queda para llegar a fin de mes, que es su única y verdadera geopolítica.
