La política que se convirtió en un ruido de fondo
En el bar de la esquina, el que todavía tiene mesas de fórmica y un televisor siempre encendido, la discusión política ya no levanta la voz. Se habla, sí, pero como quien comenta el pronóstico del tiempo, con una distancia resignada. El hombre que pide un café doble apoya el celular sobre la mesa y, entre notificación y notificación, dice algo sobre el discurso de anoche. Su interlocutor asiente sin mirarlo, concentrado en la pantalla de su propio teléfono, donde busca un precio más barato para el aceite. La política, esa pasión que encendía puños sobre la mesa y prometía futuros distintos, se volvió un ruido de fondo. Un zumbido persistente, pero lejano, como el de la heladera del local.
La clase media argentina, esa entidad que alguna vez se definió por su adhesión o su rechazo ferviente a un proyecto de país, hoy parece navegar en un mar de estática. Los relatos, esos que construyeron identidades durante décadas, chocan contra una realidad tozuda y repetitiva: la inflación que corroe el sueldo, el trabajo que se esfuma o se precariza, la inseguridad que modifica los recorridos cotidianos. Las grandes narrativas, las que dividían al país en dos mitades irreconciliables, suenan huecas. Como un disco rayado que repite una canción que ya nadie quiere bailar.
El poder y la pantalla
El poder ya no se ejerce solo desde los balcones o los estudios de televisión. Se filtra por otras rendijas. Está en la recomendación algorítmica que decide qué noticia ves primero, en el grupo de WhatsApp familiar donde se mezcla un meme con un dato falso sobre la vacuna, en la plataforma que te ofrece un curso milagroso para triunfar mientras tu contrato laboral se convierte en una sucesión de proyectos temporales. El Estado, esa idea abstracta que prometía protección, se siente a veces como una presencia ausente. Una oficina donde nadie atiende el teléfono.
Los medios tradicionales, aquellos que armaban la agenda del día, compiten ahora con un torrente incesante de versiones. Cada uno tiene su verdad en el bolsillo, literalmente. La manipulación ya no requiere grandes conspiraciones. Basta con un fragmento de video editado, una estadía sacada de contexto, un titular diseñado para la indignación rápida. La polarización, antes un campo de batalla ideológico, mutó. Ahora es un estado natural de las redes sociales, un mecanismo de engagement que premia el golpe bajo y la descalificación. La discusión se atomizó en mil pedazos, y en cada fragmento es más fácil encontrar un enemigo que un interlocutor.
El mérito en la era del algoritmo
La promesa del mérito, ese pilar de la cultura de clase media, cruje por todos lados. El joven que estudió años para recibirse de ingeniero maneja un Uber. La profesora con maestrías complementa su sueldo vendiendo ropa por Instagram. El esfuerzo personal, esa narrativa poderosa, se topa con una economía que no premia el estudio lineal, sino la habilidad para reinventarse, para vender una imagen, para entender los códigos efímeros de las redes. La inteligencia artificial, palabra que suena a película de ciencia ficción, ya decide quién pasa la primera etapa de un proceso de selección laboral, quién accede a un crédito, qué contenido merece ser visto. El mérito ahora es evaluado por una máquina que aprendió de nuestros propios sesgos.
En este paisaje, la familia ya no es solo el refugio. Es también el primer frente de la crisis. En la mesa se negocia lo que se puede comprar, se pospone la salida, se inventa una excusa para no gastar. La dignidad se mide en actos pequeños: poder pagar la cuota del colegio de los hijos, llegar a fin de mes sin pedir prestado, mantener la vereda limpia cuando todo parece desmoronarse. La moral, esa brújula íntima, se ajusta en decisiones prácticas. ¿Es ético evadir un poco si el Estado me cobra impuestos para malgastarlos? ¿Merezo comprarme algo innecesario después de tanto esfuerzo? Las preguntas ya no son abstractas. Huelen a olla y tienen fecha de vencimiento.
La soledad, curiosamente, no es silenciosa. Es ruidosa. Está llena de notificaciones, de mensajes, de caras conocidas en una pantalla. La conexión permanente no garantiza compañía. Y en medio de ese murmullo digital, la memoria colectiva se vuelve frágil, maleable. El pasado se reescribe en timelines y stories. Lo que no está en internet, parece no haber existido. La cultura, en su sentido más amplio, se fragmenta en tribus de consumo. Ya no hay un canon, hay algoritmos que te sugieren qué ver, qué escuchar, en qué creer, basándose en lo que ya hiciste. La identidad, antes un proyecto de vida, ahora es un perfil que se actualiza constantemente.
La deuda, esa palabra omnipresente, trascendió lo económico. Es una deuda de futuro, de oportunidades, de confianza. Se hereda en el gesto de preocupación de los padres, en la mirada descreída de los más jóvenes. La educación, la gran herramienta de ascenso para generaciones anteriores, hoy parece un pasaporte a un país que ya no existe, o que exige pasajes adicionales, más caros y inciertos.
La política, entonces, vuelve al bar de la esquina. Pero ya no como una epopeya. Es un comentario al pasar, un dato más en un mundo sobresaturado de información y escaso de sentido. La gente no le exige épica a sus dirigentes. Le exige, con un escepticismo profundo, que la heladera tenga comida, que la calle sea transitable, que el trabajo alcance. Son demandas mínimas, terrenales. El gran relato se achicó hasta caber en la bolsa del supermercado. Y en esa reducción, tal vez, haya una verdad más dura y más humana que todas las arengas juntas. El poder real, el que modifica la vida cotidiana, se disputa en un territorio nuevo: entre el Estado ausente, el mercado implacable y la resistencia silenciosa de quienes, contra todo pronóstico, siguen poniendo la pava para el mate, aunque el agua salga cada vez más cara.
