Artículo y ensayo

El precio de la memoria

Entre la inflación que todo lo desordena y las redes sociales que imponen su propia lógica, la clase media argentina descubre que el precio de la memoria no se mide en pesos.

El precio de la memoria

El precio de la memoria

En la mesa del living, la familia discute el precio del pan. Pero la conversación derrapa rápido. Alguien menciona el ajuste, otro la deuda, y de repente todos hablan al mismo tiempo. La abuela, que estuvo en la cola de los jubilados, dice que antes se podía vivir con un sueldo. El hijo, que tiene treinta años y vive con los viejos, responde que antes no existía el alquiler en dólares. El padre, que trabaja en un monotributo, se queda callado. Mira el celular. En la pantalla, un video muestra a un político sonriendo mientras promete orden. Nadie se ríe.

La clase media argentina ya no discute solo el precio de la carne. Discute el precio de la memoria. Porque recordar duele, y duele más cuando lo que recordás es que antes podías ahorrar, que antes el futuro existía, que antes la palabra mérito no sonaba a burla. Ahora el mérito es un eslogan de campaña, una frase que se repite en los medios y en las redes, pero que en la práctica se deshace como un billete de cien contra la inflación.

El mercado de los recuerdos

Hay un negocio nuevo que nadie anuncia. Es el comercio de la nostalgia. Las marcas venden camisetas de los años ochenta, los bares ponen música de los noventa, las series de streaming reconstruyen la infancia de los millennials. Pero la nostalgia también tiene su precio. Y en Argentina, el precio lo paga la clase media, que compra recuerdos porque el presente no le gusta y el futuro le da miedo.

En las redes sociales, la memoria se vuelve un producto. Se venden recetas de la abuela, fotos de viajes que nunca existieron, frases hechas sobre la felicidad del esfuerzo. La juventud consume contenido que promete bienestar sin trabajo, éxito sin sacrificio. Y mientras tanto, la educación pública se desmorona, la inseguridad crece, y el Estado parece un fantasma que aparece solo para cobrar impuestos.

La verdad como relato

Hace unos años, la discusión política era sobre los hechos. Hoy es sobre los relatos. Cada bando tiene su versión, su canal de Telegram, su influencer de cabecera. La verdad ya no es un dato verificable. Es una preferencia. Como el gusto por el mate amargo o la música de los Beatles. Y en ese juego, la clase media queda atrapada entre dos fuegos: la polarización que exige lealtad total y la soledad de quien ya no sabe en qué creer.

La manipulación no es nueva. Pero ahora tiene algoritmos. Las redes sociales saben lo que te duele y te lo muestran. Saben lo que te enoja y te lo amplifican. Y así, la política se convierte en un espejo de emociones. No importa si el plan económico funciona. Importa si el candidato parece sincero. No importa si la deuda se paga. Importa si el relato del ajuste tiene un final feliz.

El trabajo que ya no alcanza

En la oficina, en el taller, en el delivery, la gente trabaja más que antes. Pero el sueldo no alcanza. El mérito individual, ese que prometen los gurús del emprendedurismo, choca contra la inflación. No importa cuánto te esfuerces. El alquiler sube, la carne sube, el cole sube. Y la dignidad, esa palabra que se usa en los discursos, se va licuando como el poder adquisitivo.

La juventud mira el mercado laboral y ve precariedad. Ve apps que prometen libertad pero exigen disponibilidad total. Ve cursos de inteligencia artificial que prometen el futuro mientras el presente es un contrato por horas. Y entonces muchos renuncian. No al trabajo. A la idea de que el trabajo te salva. La familia, que antes era un refugio, se convierte en un campo de batalla. La moral, que antes se heredaba, hoy se negocia en cada conversación de WhatsApp.

El espejo de la tecnología

La inteligencia artificial irrumpe en el debate público como una promesa de solución. Pero también como una amenaza. Porque la IA no entiende de crisis argentinas. No sabe lo que es la inflación de febrero, la cola del banco, el bono que no alcanza. Y sin embargo, se la invoca como oráculo. Se le pide que organice el Estado, que mejore la educación, que resuelva la inseguridad. Como si un algoritmo pudiera entender lo que es la dignidad de un laburante, la memoria de un jubilado, la rabia de un pibe que no encuentra trabajo.

La tecnología no es neutral. Tiene dueños. Y esos dueños están lejos. No pagan impuestos en Argentina, no votan, no sufren el ajuste. Pero sus plataformas deciden qué vemos, qué creemos, qué recordamos. La polarización no es un accidente. Es un negocio. Y la clase media es el producto.

Lo que queda

Al final del mes, cuando el sueldo no alcanza y las deudas se acumulan, queda la memoria. Queda la sensación de que algo se perdió. No solo plata. También confianza. En el Estado, en los políticos, en los medios, en el vecino. La soledad de la clase media no es solo económica. Es existencial. Porque cuando el relato se rompe, lo que queda es el silencio de la mesa familiar, el ruido del celular, el precio del pan que sigue subiendo.

Y sin embargo, la gente sigue. Sigue laburando, sigue pagando, sigue esperando. No porque crea en el milagro. Sino porque no hay otra. Porque la dignidad, esa palabra gastada, todavía significa algo. Porque la memoria, aunque duela, es lo único que no se puede comprar ni vender. Y porque en algún lugar, entre la inflación y las redes, la clase media argentina todavía busca una verdad que no sea un producto.

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