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El precio de la paciencia

En la Argentina de la inflación y la polarización, la clase media descubre que la paciencia ya no es una virtud sino una deuda que se paga con dignidad, mientras el Estado y el mercado disputan el relato de la crisis.

Artículo del autor15.07.2026

El precio de la paciencia

En la esquina de Corrientes y Maipú, un cartel luminoso promete créditos en diez cuotas sin interés. La gente pasa y mira, algunos se detienen, nadie firma. Algo en la mirada de esa multitud dice que ya no creen en las promesas, ni siquiera en las que parpadean en letras rojas sobre el asfalto mojado. La clase media argentina aprendió a desconfiar, y ese aprendizaje tiene precio.

La inflación no solo carcome el salario, carcome también la paciencia. Y la paciencia, en este país, es un lujo que pocos puedan pagar. Hace unos años, la idea del mérito funcionaba como un consuelo: si te esforzabas, llegabas. Hoy el esfuerzo parece un chiste de mal gusto, una repetición sin gracia de una obra que nadie aplaude. El que labura doce horas no llega a fin de mes, y el que especula con dólares se compra un monoambiente en Palermo. La moral del trabajo choca con la realidad del consumo, y en ese choque la identidad se resquebraja.

El ruido de las certezas

Las redes sociales amplifican todo, incluso la soledad. Uno mira el teléfono y ve a un excompañero del secundario que ahora vive en Madrid y publica fotos de tapas de jamón. El otro, que se quedó, mira la inflación y siente que el tiempo se le escapa entre los dedos. La polarización política no ayuda: cada quien elige su relato, y el relato lo elige a él. La verdad se convirtió en un producto más, algo que se compra en combo con la indignación del día. La manipulación es tan fina que a veces ni se siente, como el agua tibia donde uno se acostumbra a hervir.

La memoria, por su parte, se vuelve un lujo. En un país donde los precios cambian de un día para el otro, recordar lo que costaba un kilo de pan hace seis meses es casi un acto de rebeldía. Pero la memoria también es política: hay quienes quieren que olvidemos ciertas cosas, y otros que quieren que recordemos solo las que les sirven. La juventud, atrapada entre la precariedad laboral y la exigencia de ser feliz, busca respuestas en la inteligencia artificial, en los tutoriales de YouTube, en cualquier lugar donde el futuro no parezca una condena.

La educación como espejismo

La educación, que alguna vez fue el ascensor social por excelencia, hoy parece un trámite caro que no garantiza nada. Los chicos estudian, se endeudan, y salen a un mercado laboral que los trata como recién llegados a una fiesta que ya terminó. La cultura del mérito se desvanece cuando el mérito no alcanza para pagar el alquiler. Y entonces la pregunta flota en el aire: ¿qué queda cuando el esfuerzo no rinde? Queda la familia, dicen algunos. Queda la dignidad, dicen otros. Queda, sobre todo, la sensación de que algo se rompió y nadie sabe cómo arreglarlo.

El Estado, mientras tanto, oscila entre la promesa de orden y la realidad del desorden. Los medios, que alguna vez marcaron la agenda, ahora compiten con miles de cuentas anónimas que gritan cualquier cosa. La verdad se fragmentó, y cada fragmento vale moneda diferente. La deuda, ese fantasma que siempre vuelve, no es solo económica: también es deuda moral, deuda de confianza, deuda con los que se fueron y con los que se quedaron.

En la calle, la inseguridad es un tema recurrente. Pero no solo la inseguridad física, también la inseguridad de no saber si el trabajo de mañana va a estar, si el hijo va a poder estudiar, si el cuerpo va a aguantar otro ajuste. La clase media se acostumbró a vivir en el filo, y en el filo la dignidad se afila o se rompe.

Quizás lo más difícil de esta época no sea la inflación ni la polarización ni el ruido de las redes. Quizás lo más difícil sea mantener la paciencia cuando la paciencia parece una estupidez. Porque la paciencia, en la Argentina de hoy, se parece demasiado a la resignación. Y la resignación, bien mirada, es una forma de rendición.

Sin embargo, la gente sigue yendo a la esquina de Corrientes y Maipú, mirando el cartel de las cuotas sin interés, y pasando de largo. Ese gesto, mínimo, casi invisible, dice que algo queda. Una resistencia silenciosa, una desconfianza que no se rinde. La dignidad, al final, no es otra cosa que eso: la decisión de no comprar cualquier cosa, aunque duela.

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