Artículo y ensayo

El que aprieta el botón no sabe lo que cuesta la leche

Entre la promesa de la inteligencia artificial y el ajuste que no afloja, la clase media argentina descubre que los algoritmos no entienden de inflación ni de dignidad.

El que aprieta el botón no sabe lo que cuesta la leche

El que aprieta el botón no sabe lo que cuesta la leche

En una oficina de Palermo, un pibe de veintipocos años aprieta una tecla y la inteligencia artificial le escribe un mail, le resume un expediente, le inventa una idea. No sabe cuánto sale un kilo de nalga ni cuánto aumentó el alquiler en diciembre. Vive en un departamento que pagan sus viejos, come delivery, cree que el mérito existe porque nunca tuvo que hacer la cola del banco a las siete de la mañana para ver si le sobraba algo del sueldo. No es mala persona. Es apenas un producto de esta época que confunde velocidad con progreso y datos con sabiduría.

Mientras tanto, en una casa de Lanús, una mujer de cincuenta años hace malabares con la tarjeta de crédito para que no le cierren los números. No usa inteligencia artificial. Usa un cuaderno con tapas de plástico donde anota cada gasto y cada ingreso. Sabe que la inflación no es un dato que sale en el diario, sino algo que se siente en la panza cuando el chino de la esquina le dice que el aceite subió otra vez. Ella no necesita un algoritmo para saber que el país no cierra. Lo sabe porque el domingo, cuando quiere hacer un asado para los chicos, tiene que pensar dos veces si compra el kilo de vacío o se estira con un pollo.

La brecha que no se ve en las pantallas

Hay una polarización que no pasa por la política partidaria, sino por algo más profundo: la distancia entre los que viven en la burbuja de la tecnología y los que todavía negocian con la realidad. Los primeros hablan de disrupción, de startups, de futuro. Los segundos hablan de cuotas, de arreglar la heladera, de llegar a fin de mes. No es que unos sean más inteligentes que otros. Es que la Argentina partió en dos y cada mitad habla un idioma distinto.

Las redes sociales, lejos de acercar, profundizan esa grieta. En Twitter se pelean por relatos que no llegan al barrio. En Instagram se muestran vidas armadas que nadie se cree del todo. En Facebook, los tíos comparten cadenas de WhatsApp que mezclan bronca con resignación. La verdad, esa palabra tan grande, se perdió en algún lugar entre el algoritmo de recomendación y la necesidad de tener razón. Hoy la verdad es lo que más le gusta a tu burbuja, no lo que pasa en la calle.

El Estado que no llega y la familia que tapa los agujeros

Cuando el Estado se achica, no es porque desaparezca. Es porque se vuelve invisible para los que más lo necesitan. La escuela pública sigue ahí, pero con menos horas, menos recursos, menos futuro. La salud pública resiste, pero en los hospitales se sabe que hay que llevar el turno desde las cuatro de la mañana y, a veces, el medicamento. Entonces la familia, esa vieja institución que algunos dan por muerta, reaparece como red de contención. Los abuelos cuidan nietos para que la madre pueda trabajar. Los tíos prestan plata para el impuesto. Los primos consiguen un contacto para el laburo. Es una economía de la solidaridad que no entra en los modelos de los economistas pero que sostiene medio país.

El mérito, esa palabra que algunos repiten como un mantra, se deshace en el aire acondicionado de una oficina pública o en el ruido de un taller textil. No alcanza con esforzarse cuando el sueldo no te alcanza para alquilar y la deuda te come el mes antes de que empiece. La clase media argentina aprendió hace rato que el mérito no es un premio al esfuerzo, sino una lotería que depende de dónde naciste y con quién te cruzaste.

La memoria que se paga con la tarjeta

Hay una memoria que se transmite en las mesas familiares, cuando los viejos cuentan cómo era el país antes de la última crisis. Los jóvenes escuchan con paciencia, pero en el fondo piensan que ese país ya no existe y que quizá nunca existió. La identidad argentina se construye en ese desajuste entre lo que se recuerda y lo que se vive. Entre el mito del país del futuro y la realidad del país que no termina de arrancar.

La soledad también tiene su precio. En las ciudades grandes, la gente vive encerrada en sus departamentos, conectada a pantallas que simulan compañía. Un like no reemplaza una charla de café. Un mensaje de voz no abraza. La clase media, que antes se juntaba en el club o en la plaza, ahora se refugia en el consumo como forma de pertenencia. Comprar algo, aunque sea chico, es un acto de dignidad en un país donde la dignidad cuesta cada vez más cara.

El botón que no resuelve lo que duele

Volvamos al pibe de Palermo. No es un villano, pero vive en una realidad paralela donde la inteligencia artificial parece la solución a todo. Cree que la educación se arregla con una plataforma digital, que la inseguridad se resuelve con una app, que la política es un juego de relatos. No sabe que la educación es un acto humano que necesita presencia, que la inseguridad nace de la desigualdad y que la política, cuando es real, se juega en el barro de lo cotidiano.

La clase media argentina está atrapada entre dos mundos. Uno que promete que la tecnología lo va a resolver todo y otro que sabe, por experiencia, que la tecnología no paga las cuentas ni cura la soledad ni devuelve la dignidad perdida. Entre esos dos mundos, la gente hace lo que puede: labura, cuida, paga, se endeuda, espera. Y mientras aprieta el botón de la inteligencia artificial, se pregunta cuándo va a llegar un algoritmo que entienda lo que duele el pan.

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