La deuda que no se paga con plata
En la mesa de un bar de Caballito, un hombre de unos cincuenta años mira el celular y suspira. No es una escena excepcional. Lo repiten todos los días, en todos los bares, en todas las cocinas donde el café se enfrió mientras se revisa el home banking. La inflación es un número que el INDEC publica cada mes, pero la deuda es otra cosa: es un nudo en el pecho que no aparece en los balances.
Esta clase media que alguna vez creyó en el mérito como una escalera firme ahora se agarra de cualquier clavo. El mérito, bah, esa palabra que se usa en los discursos pero que en la práctica es un lujo. Porque acá el que labura doce horas no siempre llega a fin de mes, y el que estudió dos carreras a veces termina pidiendo un crédito para comprar zapatillas. Algo se rompió, y no es solo el poder adquisitivo: es el relato que sostenía que el esfuerzo tenía recompensa.
La polarización política, esa grieta que los medios alimentan como si fuera un reality, es apenas la superficie. Abajo, más hondo, hay otra fractura: la que separa a los que pueden pagar la cuota del colegio de los que no, a los que tienen obra social de los que se atienden en el hospital, a los que se fueron del país de los que se quedaron. No es izquierda contra derecha. Es un duelo silencioso entre lo que fuimos y lo que nos obligan a ser.
La familia como trinchera
La familia, ese refugio que los discursos conservadores idealizan, es en la práctica una trinchera donde se negocia todo: el tiempo, la plata, la paciencia. Los hijos miran la tele y ven influencers que venden una vida de consumo sin culpa, mientras los padres hacen malabares para pagar la tarjeta. La moral familiar, ese paquete de valores que se hereda, se desarma frente a la presión de las redes sociales. El pibe de quince años no entiende por qué no puede tener el último iPhone, y el padre no sabe cómo explicarle que el problema no es el celular, sino que el sueldo no alcanza ni para el básico.
La soledad en la clase media no es la del ermitaño, sino la del que está rodeado de gente y no puede decir lo que piensa. Porque en la Argentina de hoy decir que estás fundido es casi una confesión de fracaso, y el fracaso no tiene lugar en un país que exige que todos sonrían y demuestren que la crisis no los tocó. Las redes sociales son el escenario donde se monta esa farsa: fotos de vacaciones pagadas en cuotas, cenas que se sacan antes de comer, sonrisas que esconden el miedo a que el mes que viene no alcance.
El Estado y la verdad que no llega
El Estado, ese gran ausente que aparece solo para cobrar impuestos o para prometer lo que no cumple, es parte del problema. Pero también lo es la manera en que los medios construyen la realidad. La verdad se ha vuelto una mercancía: cada canal, cada diario, cada influencer ofrece la suya, y uno elige la que le duele menos. La manipulación no es ya un complot de los poderosos, es un sistema de oferta y demanda. Vos querés una noticia que confirme lo que ya pensás, y hay un algoritmo listo para dártela.
La educación, que alguna vez fue el ascensor social de la clase media, hoy es un gasto más. Los padres pagan cuotas que se comen el sueldo, y los chicos salen del secundario sin saber si lo que estudiaron sirve para algo. La inteligencia artificial, ese fantasma que promete reemplazar trabajos, ya está aquí. Pero no en los laboratorios de Silicon Valley, sino en los call centers donde un bot atiende los reclamos, en los kioscos donde la máquina te cobra el café, en los diarios donde un algoritmo escribe la noticia mientras los periodistas se preguntan qué van a hacer mañana.
La memoria corta y el consumo eterno
La memoria, en este país, es un lujo que no todos pueden pagar. Recordar duele, y el presente exige toda la atención. La inflación no solo devora el salario, devora también la capacidad de pensar en el futuro. Uno vive al día, y el día es una montaña de cuentas que pagar, trámites que hacer, mensajes que contestar. La identidad, entonces, se vuelve un collage: un poco de lo que fuimos, un poco de lo que las redes nos dicen que seamos, un poco de lo que podemos pagar.
La dignidad, esa palabra que los políticos usan en los mítines, se mide en cosas concretas: poder llenar el carrito del supermercado sin mirar el precio, poder decirle al hijo que sí a un viaje de egresados, poder llegar a fin de mes sin pedir prestado. Cuando eso no se puede, la dignidad se resquebraja. Y no es que uno sea menos digno por no tener plata, pero la sociedad te lo hace sentir. El consumo no es un hobby, es una validación: si no consumís, no existís.
Ahora, en ese bar de Caballito, el hombre guarda el celular y pide otro café. No tiene la solución, ni cree que nadie la tenga. Pero sabe que mientras siga tomando café, mientras siga mirando el horno de la cocina, mientras siga yendo a trabajar, la cosa sigue. No hay épica, no hay héroe. Hay una clase media que se levanta todos los días y hace lo que puede. A veces alcanza. A veces no. Y mientras tanto, la deuda sigue ahí, callada, esperando el momento en que alguien se decida a mirarla de frente.
