La soledad del que espera en la puerta del banco
El otro día, a las ocho de la mañana, había una fila de treinta personas en la puerta del banco. No era un banco grande, de esos con vidrios espejados y seguridad privada que te mira como si fueras a robar el cajero. Era una sucursal de barrio, con olor a café recalentado y un cartel que decía: "Por razones de fuerza mayor, la atención se realiza con turno previo". La fuerza mayor, en la Argentina, siempre es la misma: la inflación, el ajuste, la deuda. Pero esa mañana, mientras esperaba, vi algo que no esperaba ver.
Había una mujer, de unos cuarenta años, con un nene de la mano. El nene lloraba porque quería un alfajor y la mujer no tenía monedas. Le dijo: "Ya te compro cuando cobre". El nene siguió llorando. La mujer lo miró, y por un segundo, no miró la fila ni el reloj ni el cartel de la fuerza mayor. Lo miró a él, con una mezcla de cansancio y ternura que es difícil de explicar. Después, sacó el celular, tocó la pantalla y dijo: "No queda nada, nene, mañana te compro". El nene no entendía de débito ni de crédito, pero entendió que no había alfajor.
Esa escena, chiquita, casi insignificante, cuenta más de la Argentina que cualquier discurso político. Porque la clase media, esa categoría que los economistas usan como si fuera un número, ya no sabe bien qué es. Antes, ser clase media era tener un trabajo, un auto, un departamento chico pero propio, y la certeza de que los hijos iban a estar mejor. Ahora, ser clase media es hacer malabares con la tarjeta, mirar el precio de la carne como si fuera un partido de fútbol, y esperar que el mes no se estire demasiado.
La soledad, en ese contexto, no es una metáfora. Es la sensación de que el Estado no existe, o existe solo para pedirte algo. El otro día, un amigo me dijo: "No espero nada del gobierno. Ni siquiera espero que me mientan bien". Esa frase, dicha sin ira, con una especie de resignación práctica, resume lo que muchos sienten. La política ya no es un espacio de discusión, sino un ruido de fondo que se cuela en el living cuando prendés la tele. La polarización, esa palabra que los analistas repiten como un mantra, no es más que el eco de una sociedad que perdió la capacidad de escucharse.
Los medios, mientras tanto, siguen con su relato. Venden promesas, venden miedo, venden la idea de que la solución está en la próxima elección o en el próximo plan económico. Pero la gente, en la fila del banco, no piensa en eso. Piensa en el alfajor que no le pudo comprar al nene, en el aumento del alquiler, en el trabajo que ya no es seguro. La verdad, esa palabra que los políticos usan como si fuera un objeto, no está en los discursos ni en los cables de noticias. Está en el gesto de la mujer que mira el celular y sabe que no hay plata, y en el silencio del nene que aprende, demasiado pronto, que las cosas no se consiguen con lágrimas.
La tecnología prometía resolver todo. La inteligencia artificial, las redes sociales, el acceso inmediato a la información. Pero la tecnología no paga el alquiler ni llena la heladera. Las redes sociales, además, son un espejo que deforma: mostrás lo que querés mostrar, pero la realidad es esa foto que no subiste, la del plato vacío o la del fin de mes que no cierra. La juventud, que creció con la pantalla en la mano, descubre que el mérito no alcanza. Que estudiar, esforzarse, hacer cursos, no garantiza nada. Que el mercado laboral es un laberinto donde los algoritmos deciden quién entra y quién se queda afuera.
Y sin embargo, la gente sigue. Sigue haciendo colas, sigue esperando, sigue buscando un mango para llegar a fin de mes. Hay una dignidad en esa resistencia que no aparece en los titulares. Una moral que no se predica sino que se practica, en silencio, en las cocinas, en las mesas familiares donde la inflación es un tema más, como el clima o el fútbol. La identidad, en ese contexto, se redefine. Ya no es lo que hacés ni lo que tenés, sino cómo bancás la parada.
El otro día, en la misma fila del banco, un señor mayor dijo: "Antes, uno sabía que el trabajo era para toda la vida. Ahora, ni siquiera sabés si el banco va a estar mañana". Nadie le contestó. No hacía falta. Todos sabían que tenía razón. La soledad de la fila no era solo física: era la certeza de que cada uno está solo con sus cuentas, con sus deudas, con la memoria de un país que prometía ser distinto.
La educación, que antes era el ascensor social, ahora es una incógnita. Los chicos aprenden en la escuela cosas que quizás no sirvan para el mundo que los espera. Aprenden a programar, a usar tablets, a hablar inglés. Pero no aprenden a vivir con la incertidumbre. No aprenden a negociar con la angustia. La familia, ese refugio clásico, también cruje. Las discusiones por plata, por el uso del celular, por el futuro, se repiten en miles de hogares. La polarización no está solo en la política: está en la mesa del comedor, en el silencio incómodo después de una pelea.
El consumo, finalmente, es el último refugio. Comprar algo, aunque sea chico, aunque sea con la tarjeta que después duele pagar, es una forma de sentirse vivo. De probar que todavía importás. Pero el consumo también es una trampa: te hace creer que podés solucionar con objetos lo que no se soluciona con nada. La dignidad, en cambio, no se compra. Se gana, se pierde, se defiende en cada decisión chica. Como la de la mujer que no le compró el alfajor al nene, no por mala, sino porque no podía. Y que, al final, lo abrazó fuerte, y el nene dejó de llorar.
Esa escena, la del abrazo, es la que me llevo de la fila del banco. No la plata, no el turno, no la espera. El abrazo. Porque en la Argentina de la inflación, la deuda y el ruido, lo único que a veces queda es eso: un gesto que no se puede medir, que no entra en ningún relato político, pero que sostiene todo. La clase media, esa categoría que se desdibuja, sigue existiendo en esos gestos. En la resistencia silenciosa de los que esperan, de los que abrazan, de los que se levantan cada día sabiendo que no hay garantías. Y que, a pesar de todo, siguen.
