Artículo y ensayo

El que no corre, vuela

Entre la inflación y las redes, la clase media argentina se acostumbró a vivir en dos velocidades: la de la calle y la de la pantalla. Pero ninguna de las dos lleva a ningún lado.

El que no corre, vuela

El que no corre, vuela

Hay una imagen que se repite en los subtes de Buenos Aires. Gente con el celular en la mano, el pulgar que sube y baja sin parar. Miran noticias, miran precios, miran la vida de otros. Nadie mira al de al lado. Es como si el vagón estuviera lleno de islas. Cada uno en su burbuja. Y afuera, la ciudad sigue su curso. La inflación, la inseguridad, el trabajo que no alcanza.

La clase media argentina aprendió a vivir así. Dividida entre lo que ve en la pantalla y lo que pasa en la vereda. En las redes, todos tienen una opinión sobre el dólar, sobre el gobierno, sobre la educación. Pero en la fila del supermercado, nadie habla. Solo miran el ticket, hacen cuentas mentales, y siguen. Esa distancia entre lo que se dice y lo que se hace es la verdadera grieta. No la política. La de la realidad contra el relato.

La polarización no es solo un fenómeno electoral. Es una forma de vida. Te definís por lo que repudiás. Por el que no votás, por el canal que no mirás, por el diario que no leés. Pero en el medio, la vida sigue siendo la misma. Los mismos problemas, las mismas deudas, la misma sensación de que todo cuesta más de lo que debería. La identidad se volvió un gesto. Un like, un comentario, un meme. Y la memoria, un estorbo.

Porque recordar duele. Duele acordarse de cuando la plata alcanzaba, de cuando el trabajo era estable, de cuando la familia se juntaba los domingos sin que el celular interrumpiera. Ahora el domingo es otro día de consumo. De mirar ofertas, de comparar precios, de pensar en el lunes. La moral también cambió. Antes, la dignidad era no pedir. Hoy, es pedir con la cabeza en alto. El mérito se volvió una palabra vacía. Un cartel que cuelgan los que ya llegaron. Los que no, saben que el esfuerzo no alcanza. Que la escalera está rota.

El algoritmo que decide

La inteligencia artificial prometía ordenar el caos. Encontrar patrones, predecir comportamientos, facilitar la vida. Pero lo que hizo fue profundizar la soledad. Te recomienda lo que ya pensás, te muestra lo que ya te gusta, te aleja de lo que te incomoda. El algoritmo no quiere que dudes. Quiere que consumas. Y la clase media argentina consume. Consume información, consume esperanza, consume bronca. Todo en dosis iguales. Todo en el mismo paquete.

La verdad ya no importa. Importa el relato. Quién cuenta mejor la historia, quién la repite más veces, quién la convierte en viral. La manipulación dejó de ser un arte para convertirse en una industria. Y el Estado, que debería poner orden, mira para otro lado. O peor, se suma al juego. La educación, que era el ascensor social, ahora es un gasto. La inseguridad, un tema de campaña. La juventud, un mercado.

Pero hay algo que no cambia. La familia. Sigue siendo el refugio, el lugar donde uno puede bajar la guardia. Aunque también está atravesada por la crisis. Los hijos que se van, los padres que envejecen, las discusiones por plata. La familia es el espejo donde la clase media se mira y no se reconoce. Porque ya no sabe qué es. No es pobre, pero tampoco sobra. No es marginal, pero tampoco está segura. Está en el medio, como siempre. Pero ahora, el medio es un lugar más incómodo que nunca.

El oficio de esperar

La crisis no es nueva. La clase media argentina lleva décadas esperando. Esperando que baje la inflación, que mejore el país, que llegue un gobierno que entienda. Pero la espera desgasta. Consume la paciencia, la confianza, la energía. Y lo que queda es un cansancio profundo. Ese que no se ve en las encuestas. El de la gente que hace malabares para llegar a fin de mes, que trabaja más y gana menos, que sigue creyendo que el esfuerzo vale la pena aunque todo indique lo contrario.

La soledad en las redes es otra paradoja. Cuantos más seguidores, más solo estás. Cuantas más noticias consumís, menos entendés. Cuanto más opinás, menos escuchás. La clase media está hiperconectada pero desconectada de lo esencial. De la charla en el almacén, del mate en la vereda, del silencio compartido. Todo es ruido. Y en el ruido, la verdad se pierde.

Pero la gente sigue. Sigue pagando cuentas, sigue mandando a los hijos a la escuela, sigue yendo al médico, sigue comprando el pan. No es heroísmo. Es rutina. Es lo que queda cuando el relato se cae y la realidad se impone. La dignidad no está en los gestos grandes. Está en esa resistencia diaria, silenciosa, que no aparece en los diarios ni en los trending topics. Está en el que espera el colectivo, en la que hace la cola del banco, en el que sonríe aunque no tenga ganas.

La Argentina de hoy es eso. Un país que no para de moverse pero no avanza. Una clase media que corre, corre, y siente que está en el mismo lugar. El que no corre, vuela. Pero ninguno sabe bien hacia dónde.

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