Artículo y ensayo

El tiempo que no alcanza

Entre la inflación y la fatiga de los vínculos, la clase media argentina descubre que no hay app que resuelva la soledad ni crédito que compre la dignidad.

El tiempo que no alcanza

El tiempo que no alcanza

La mujer del kiosco de la esquina aprieta los números en la calculadora dos veces antes de decirlos en voz alta. No es desconfianza. Es costumbre. En los últimos tres meses el paquete de galletitas subió tres veces y ella ya no sabe si el precio que recuerda es el de ayer o el de la semana pasada. Del otro lado del mostrador el cliente espera, el celular en la mano, el pulgar listo para escanear un código QR. La transacción dura segundos. La conversación no existe. Así funciona todo ahora: rápido, sin roce, sin tiempo para preguntar cómo andan los hijos.

La inflación no es solo un número que los economistas discuten en los programas de televisión. Es una forma de vida. Se mete en la rutina como un ruido de fondo que nadie apaga. La clase media aprendió a convivir con la incertidumbre pero no con la velocidad a la que desaparecen las certezas. Lo que ayer alcanzaba hoy no alcanza. Y no se trata solo del dinero. Se trata del tiempo, de la atención, de la capacidad de detenerse a pensar si lo que se compra con la tarjeta vale lo que se pierde cuando se firma el voucher.

La máquina de la distracción

Las redes sociales prometieron conectar a todos. Terminaron convirtiendo cada vínculo en un video de quince segundos. La familia se junta alrededor de la mesa y cada uno mira su propia pantalla. La cena es un silencio interrumpido por notificaciones. La discusión política, que antes se daba en el café o en el asado del domingo, ahora se despliega en hilos de Twitter donde nadie escucha, todos acusan y el que más grita tiene razón aunque no la tenga. La polarización no es ideológica. Es tecnológica. Cada algoritmo empuja a su usuario hacia un bando y la verdad queda atrapada en el medio.

La juventud crece con esa lógica. Los pibes saben editar un reel antes que escribir una carta. Saben viralizar un meme pero no explicar qué significa la palabra dignidad. No es culpa de ellos. Es el tiempo que les tocó. La educación, que alguna vez fue un ascensor social, ahora es un gasto más en la planilla mensual. Los colegios privados suben sus cuotas con la misma frecuencia que los alquileres. La universidad pública resiste pero sus paredes se caen a pedazos. El mérito individual se predica desde los ministerios mientras las becas no alcanzan y el boleto estudiantil es una promesa que nadie cumple.

El crédito de la moral

Hay una idea que circula en las conversaciones de WhatsApp y en los discursos de los funcionarios: la de que cada uno es responsable de su destino. Como si el contexto no existiera. Como si la inflación fuera un castigo divino y no el resultado de decisiones políticas. La clase media escucha, asiente, y después revisa el resumen de la tarjeta. La deuda no es solo financiera. Es moral. Se debe explicar a los hijos por qué no se puede ir de vacaciones. Se debe justificar por qué el laburo no alcanza. Se debe fingir que todo está bien cuando el cuerpo y la cabeza piden frenar.

La tecnología promete soluciones. La inteligencia artificial escribe textos, corrige exámenes, arma presupuestos. Pero no abraza. No escucha. No entiende por qué un tipo llora en el subte de regreso a casa. La soledad se volvió un negocio. Hay apps para encontrar pareja, para hacer amigos, para meditar, para dormir. Todo se resuelve con una suscripción mensual. Todo menos la pregunta que nadie se anima a hacer en voz alta: qué sentido tiene seguir corriendo si el camino no lleva a ningún lado.

El relato que no cierra

Los medios construyen su propia versión de la realidad. Cada canal tiene su verdad. Cada diario su relato. La gente elige el que le duele menos. La manipulación no es un complot. Es una rutina. Se repiten las mismas frases hasta que suenan naturales. El Estado es ineficiente. El mercado todo lo resuelve. El que no progresa es porque no quiere. Son consignas que se cuelan en la conversación como si fueran sentido común. Pero el sentido común, en la Argentina, es un lujo que pocos pueden pagar.

La memoria es otro campo de batalla. Se discute cuántos desaparecidos hubo. Se discute si el pasado debe cerrarse o abrirse. Se discute mientras los jóvenes se informan en TikTok y las fechas históricas se reducen a un sticker. La identidad se construye con retazos. Un poco de familia, un poco de escuela, un poco de lo que dice el influencer de turno. El resultado es una generación que sabe de todo y no entiende nada.

La clase media argentina no es heroica. No es víctima. Es un montón de gente tratando de llegar a fin de mes sin perder la cabeza. Gente que se levanta temprano, que paga impuestos, que manda a los hijos a la escuela, que discute con el vecino por el ruido, que se indigna con un tuit y después se olvida. Gente que quiere creer que el esfuerzo tiene recompensa aunque la realidad se encargue de mostrar lo contrario.

En la esquina del kiosco la mujer guarda la calculadora. El cliente se va sin decir gracias. La noche cae sobre el barrio y los carteles de los negocios iluminan la vereda con esa luz fría de los LED. Alguien pasa con el celular en la mano, los auriculares puestos, la mirada fija en un mundo que no es este. Y la pregunta que flota en el aire, sin que nadie la formule, es si vale la pena correr tanto para llegar siempre al mismo lugar.

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