Artículo y ensayo

El que paga la cuenta

Entre la inflación y el ruido digital, la clase media argentina descubre que el verdadero poder no está en el Estado ni en los medios, sino en quien define qué es verdad.

El que paga la cuenta

El que paga la cuenta

En la mesa de un bar de Caballito, un hombre de unos cuarenta años mira el menú y hace cuentas. El café con leche y dos medialunas le salen casi lo mismo que el almuerzo del día anterior. Pide, pero antes de que el mozo se vaya, pregunta si aceptan débito. Sí, pero con recargo. Saca billetes arrugados del bolsillo y los apoya sobre el mantel de plástico. Es un gesto que se repite en todo el país, una coreografía de la clase media que ya no sabe si está negociando el precio o su propia dignidad.

La inflación tiene eso: convierte cada compra en un acto político. No importa si es un kilo de pan o una cuota del colegio. Detrás de cada precio hay una decisión que no se discute en las urnas ni en los debates de los domingos. La deciden los que importan, los que especulan, los que tienen el dato antes que el resto. Y la clase media, esa categoría tan argentina que abarca desde el que tiene un departamento en Flores hasta el que alquila en un barrio que antes era obrero, mira la pantalla del celular mientras el mozo trae la cuenta. Y piensa: ¿esto alcanza?

La verdad como mercancía

Lo que se discute en las redes no es distinto. La polarización no es un accidente de la historia ni un capricho de los que twittean sin dormir. Es un negocio. Cada posteo, cada video de un político diciendo cualquier cosa, cada dato que se desmiente al día siguiente, genera clics. Y los clics generan plata. En el medio, la verdad queda como ese amigo que se fue del asado temprano: nadie lo extraña demasiado.

Uno podría pensar que en un país donde todos hablan de memoria, de identidad, de moral, habría algún acuerdo mínimo sobre lo que pasó ayer. Pero no. Cada sector construye su propio relato, con sus propios héroes y sus propios villanos. La educación pública, por ejemplo, es un campo de batalla donde se cruzan los que defienden la escuela como ascensor social y los que la ven como una máquina de reproducir pobres. Los dos tienen parte de razón. Los dos tienen parte de mentira. Pero en el debate, lo que importa no es la razón sino la eficacia del relato.

El mérito como excusa

El mérito, esa palabra que se usa para justificar casi todo, también se ha vuelto un producto. Se dice que el que se esfuerza llega. Pero en una economía donde los salarios pierden contra la inflación todos los meses, donde un alquiler se come el sueldo de un empleado de comercio, el esfuerzo parece un chiste de mal gusto. El mérito no es trabajar doce horas; es heredar un departamento o tener un contacto en el Ministerio.

Y la juventud, claro, lo sabe. No es que los pibes no quieran laburar. Es que muchos vieron a sus viejos romperse el lomo para terminar igual que sus abuelos. Entonces prueban con la tecnología, con el emprendedurismo, con las cripto, con todo lo que prometa una salida rápida. Algunos la encuentran. La mayoría no. Y el resto mira desde la vereda de enfrente, preguntándose si la culpa es de ellos o del sistema.

La soledad del que mira el teléfono

Las redes sociales prometían conectar. Terminaron aislándonos de una manera mucho más eficaz que cualquier dictadura. Uno está solo en el subte, solo en la fila del supermercado, solo en la cama antes de dormir, pero tiene el teléfono en la mano. Y el teléfono le dice que hay una guerra, que el dólar subió, que un famoso se separó, que su primo está de vacaciones en Brasil. Todo al mismo tiempo. Todo sin contexto. Todo sin que nadie le pregunte cómo está.

La familia, que antes era un refugio, ahora es un campo de tensiones. En la mesa del domingo se cruzan las noticias de los grupos de WhatsApp, los memes políticos, las cadenas de desinformación. Y alguien, el más viejo o el más terco, dice algo que no debería. Y se arma. No es que la familia esté rota; es que el país entero está roto, y la familia es apenas un espejo de esa rotura.

El Estado y el consumo

El Estado, mientras tanto, trata de poner orden. Pero el Estado también es un campo de disputa. Unos quieren que intervenga en todo; otros que desaparezca. En el medio, la gente común necesita que el hospital funcione, que los colectivos lleguen, que los jubilados cobren a tiempo. No pide mucho. Pide lo básico. Pero lo básico, en Argentina, es casi una épica.

El consumo, ese viejo motor de la identidad de clase media, también cambió. Ya no se compra para mostrar; se compra para sobrevivir. Y si alguien puede darse un gusto, lo celebra como un pequeño triunfo. Un par de zapatillas. Una cena afuera. Una salida al cine. Son gestos que antes eran rutina y ahora son un lujo. La dignidad se mide en cuántas veces por mes uno puede decir sí sin revisar la cuenta del banco.

La inteligencia artificial y el vacío

Y después está la inteligencia artificial, que promete resolverlo todo. Los algoritmos escriben, dibujan, componen música, predicen votos. Pero también deciden quién consigue un crédito, quién merece un trabajo, quién es un riesgo. Sin que nadie se siente a discutir las reglas. La máquina aprende de los datos que le damos, y los datos que le damos son los mismos prejuicios, las mismas desigualdades, las mismas trampas de siempre. Entonces la máquina reproduce el mundo tal como es, pero más rápido, más frío, más eficiente.

En este paisaje, la clase media argentina hace lo que puede. No es heroica ni victimista. Es gente que se levanta temprano, que manda a los hijos al colegio, que paga las cuentas con lo justo, que discute con el vecino por el ruido, que se sienta a tomar mate mientras mira el techo y piensa en lo que viene. No tiene grandes respuestas. Pero tiene una certeza: el que paga la cuenta no siempre elige el menú. Y esa incomodidad, ese saber que algo no cierra, es quizás lo único que la mantiene despierta.

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