Artículo del cuaderno

La grieta que no se ve

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que la grieta más honda no está en la política, sino en el espejo de cada casa.

Artículo del autor14.05.2026

La grieta que no se ve

La Argentina de la clase media tiene un problema que no se resuelve con un aumento de sueldo ni con un plan de ahorro. Se parece a esa sensación de estar en una fila interminable y no saber bien qué se espera. Unos miran el celular, otros discuten con el de atrás, y todos escuchan música distinta. La grieta política, esa que los medios alimentan como si fuera un reality, es apenas la espuma. Abajo, más silenciosa, hay otra división: la que separa lo que fuimos de lo que no podemos dejar de ser.

La clase media argentina nació con una promesa. La de que el esfuerzo individual, la educación pública, el mérito, te llevaban a algún lado. Pero esa promesa se desgastó como un billete de cien en el bolsillo. Hoy la inflación no solo se come el salario. Se come la idea de que mañana puede ser mejor. Y entonces, cuando el futuro se vuelve difuso, la gente se aferra a lo único que le queda: un relato. Cualquier relato.

La fábrica de certezas

Las redes sociales no inventaron la polarización, pero la perfeccionaron. En los grupos de WhatsApp de la familia, el debate no es político: es moral. Cada uno defiende su versión de la verdad como si estuviera en juego la dignidad. Y lo está. Porque cuando la economía no da respuestas, la identidad se vuelve una trinchera. El problema es que la trinchera suele estar en la misma casa. La grieta que no se ve es la que separa a un padre que cree en el esfuerzo de un hijo que ya no cree en nada.

La juventud argentina creció viendo cómo el mérito no alcanzaba. Cómo el trabajo duro no evitaba el ajuste. Cómo la educación, ese templo laico que nos diferenciaba en la región, se volvía un título que no garantiza nada. Y entonces, muchos jóvenes dejaron de creer en el futuro. No es que sean apáticos: es que el futuro se volvió un lujo. La soledad de buscar trabajo cuando el mercado pide experiencia que no tenés, contactos que no hiciste, algoritmos que no entendés. La dignidad se negocia en cada entrevista virtual, en cada currículum que no responde.

El consumo como muleta

Comprar algo nuevo, aunque sea un par de zapatillas en cuotas, es un acto que va más allá de lo económico. Es respirar. Es decirse a uno mismo que todavía hay algo que depende de uno. Pero el consumo también es una trampa. La clase media se endeuda para mantener una imagen que ya no le pertenece. La deuda no es solo bancaria: es la deuda de tener que mostrar que uno puede, que la crisis no lo aplastó del todo. Esa deuda no se paga con plata. Se paga con silencio, con renuncias chicas, con la mentira piadosa de que todo está bien.

La familia, antes un refugio, se convirtió en un escenario donde se negocia la moral. Qué está bien decir, qué está mal pensar. La polarización no es solo política: es una grieta generacional que se abre en la mesa del domingo. El padre militante, el hijo escéptico, la abuela que recuerda cuando el país era otro. Y todos, al final, quieren lo mismo: un poco de certeza, un poco de calma. Pero la calma no se vende en los supermercados ni se consigue con un like.

La verdad en disputa

La era de la inteligencia artificial y las redes multiplicó las fuentes de información, pero también los ruidos. Ya no es fácil saber qué es verdad. La verdad se volvió una cuestión de fe. Cada uno elige su canal, su influencer, su medio. Y en esa elección, lo que se juega no es la información, sino la identidad. Uno no consume noticias: consume una versión de sí mismo. Y cuando esa versión choca con la del otro, no hay diálogo posible. Porque no se trata de datos: se trata de quién es uno.

La memoria también se resiente. En un país donde la inflación borra los precios de un mes a otro, la memoria histórica se vuelve difusa. Los jóvenes no vivieron la dictadura, no vivieron el 2001. Su pasado empieza donde termina la conexión a internet. Y entonces, el país se reinventa a cada rato, sin anclas. La identidad se vuelve líquida, como dice el sociólogo. Pero el problema no es la liquidez: es que cuando todo fluye, uno no sabe a qué agarrarse.

La dignidad cotidiana

En medio de todo, la clase media resiste. No con épica ni con grandes gestos. En la rutina de llevar a los chicos al colegio, de pagar las cuentas, de callarse un comentario para no pelear. Hay una dignidad que se sostiene en los pequeños actos. En no pisar al de al lado para llegar primero. En ayudar a un vecino aunque uno mismo esté ajustado. Esa dignidad no cotiza en bolsa, no la mide el índice de precios. Pero es lo único que queda cuando el relato se cae.

La Argentina de la clase media no necesita héroes ni mesías. Necesita un poco de respiro. Un momento en que la inflación, las pantallas, la polarización y la deuda no sean lo único que se ve. Un espacio donde volver a preguntarse quién es uno sin tener que defenderse todo el tiempo. La grieta que no se ve es la que separa a cada persona de su propia tranquilidad. Y cerrarla no depende del gobierno ni del mercado. Depende de cada uno, de esa decisión chica de mirar al otro sin juzgarlo primero. Es difícil, claro. Pero la grieta no se cierra sola.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

La grieta que no cede

La polarización argentina no es solo política: se metió en las familias, en el trabajo, en las redes sociales. Y mientras el Estado y los medios disputan el relato, la clase media busca un lugar donde la dignidad no dependa de tener razón todo el tiempo.

clase media polarización inflación

La mañana en que no pasó nada

Una crónica sobre el silencio en la clase media argentina: de la inflación que no habla a las redes que no callan, de la soledad en familia a la verdad que se negocia a cuotas.

clase media inflación polarización

La pantalla que no apaga la soledad

Entre el ruido de las redes y el silencio de la casa, la clase media argentina se encuentra más conectada que nunca, pero más sola que antes. Una mirada a cómo la tecnología reemplazó vínculos sin resolver la crisis de identidad.

clase media soledad redes sociales