Artículo y ensayo

Los que ya no esperan el final del mes

Entre la inflación y la fatiga de las redes, una parte de la clase media argentina dejó de esperar soluciones: ahora administra la supervivencia con la misma rutina con la que se pide un café.

Los que ya no esperan el final del mes

Los que ya no esperan el final del mes

Hay una escena que se repite en los bares de Buenos Aires, pero podría ser en cualquier ciudad del país. Un hombre de unos cuarenta y pico revisa el celular mientras el café se enfría. No mira las noticias. Pasa los dedos por Instagram, después por WhatsApp, vuelve a Instagram. La pantalla le devuelve la cara de un amigo que se fue a vivir a España, la promoción de un crédito UVA y el video de un pibe que baila en la plaza. Todo en el mismo minuto. No se ríe. No suspira. Solo desliza.

Ese hombre, que podría llamarse Martín o Pablo o Gustavo, es la clase media argentina en su estado más puro. No la que sale en los discursos, no la que promete resistir, sino la que ya no sabe si resistir significa aguantar o simplemente no moverse. La inflación no es un número que sale los jueves. Es el precio del tomate que cambió tres veces en la semana, el alquiler que se come el sueldo antes de que llegue el recibo de la luz, la cuota del colegio que ya no se justifica. Y sin embargo, no hay estallido. Hay un ajuste silencioso, doméstico, que se hace en la cocina mientras se calcula si alcanza para el postre.

Lo que antes era un proyecto de vida ahora es un mes a la vez. La idea de comprar un departamento, de cambiar el auto, de mandar a los hijos a la universidad privada, se fue desplazando como un mueble que estorba pero del que no te podés deshacer. Queda ahí, ocupando lugar en la cabeza. Pero ya no se discute en las cenas. Se da por perdido.

Las redes sociales no ayudan. Al contrario. Muestran lo que otros tienen, lo que otros hacen, lo que otros no tienen que explicar. La polarización no es solo política: es moral. Cada posteo exige una toma de posición, un bando, una condena. La memoria se vuelve un campo minado: recordar mal cuesta caro, recordar bien también. La identidad se negocia en comentarios, en likes, en historias que duran veinticuatro horas. Y al final del día, queda la sensación de que uno no es lo que hace ni lo que dice, sino lo que los demás interpretan de lo que publicó.

Los jóvenes, mientras tanto, miran todo con la lucidez del que ya no espera nada. No prometen futuro porque no les enseñaron a confiar en él. Saben que el mérito no alcanza, que el esfuerzo no siempre se paga, que la verdad tiene precio y que la soledad se administra como un gasto fijo. Algunos estudian, otros no. Algunos trabajan, otros hacen changas. Casi todos tienen un celu en la mano y un plan B en la cabeza. Irse, quedarse, esperar, no esperar. Nadie sabe bien.

El Estado, por su parte, oscila entre la promesa y el olvido. No hay relato que contenga el desgaste. No hay política que tape el agujero del mes que viene. La deuda no es solo económica: es una deuda de confianza que se acumula como el polvo en los rincones de una casa que ya no se limpia como antes. Y en el medio, la cultura del consumo sigue empujando. Comprar, descartar, comprar de nuevo. La dignidad se mide en cuotas sin interés.

La inteligencia artificial, mientras tanto, avanza. Pero acá no viene a reemplazar médicos ni abogados. Viene a ocupar el lugar de la conversación que ya no tenemos. El algoritmo nos conoce mejor que nuestros vecinos. La máquina nos dice qué leer, qué sentir, qué temer. Y uno se pregunta si la verdad, esa que antes se buscaba en los diarios o en la mesa familiar, no será ahora un lujo que la clase media ya no puede pagar.

No hay heroísmo en esta historia. No hay épica. Hay una mujer que antes compraba vino para el finde y ahora mira la botella y hace cuentas. Hay un pibe que antes soñaba con un título y ahora quiere un empleo que no le rompa el alma. Hay un país que discute sobre el pasado mientras el presente se escurre como agua entre los dedos.

La clase media argentina no está muerta. Pero tampoco está esperando un salvador. Aprendió a no esperar. Aprendió a desconfiar del final del mes, de las promesas, de los discursos y de las pantallas. Sabe que la solución no viene de arriba. Y que tal vez, en el fondo, la única salida sea esa: dejar de deslizar el dedo, levantar la vista del celu y mirar de nuevo al que tiene al lado. Pero eso, claro, lleva tiempo. Y el tiempo, como todo, también subió de precio.

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