Artículo y ensayo

El trabajo de los recuerdos

Entre la inflación y el ruido digital, la clase media argentina descubre que la memoria ya no es un refugio sino un territorio en disputa, un trabajo más que hay que hacer para no perderse del todo.

El trabajo de los recuerdos

El trabajo de los recuerdos

Hay un momento de la tarde, justo antes del noticiero, en que la cocina se llena del olor a cebolla y la tele suena como un rumor lejano. En muchas casas de la clase media argentina esa hora sagrada se parece cada vez más a un viejo ritual que nadie explicó del todo. Mi abuela lo llamaba "el trabajo de la memoria" y no se refería a recordar fechas o aniversarios sino a algo más parecido a un oficio: el de sostener una historia que el presente se empeña en borrar.

Hoy ese oficio está sobrecargado. La inflación no solo se come el sueldo sino también la tranquilidad de mirar atrás sin sentir que uno perdió algo. El país se parte entre los que repiten el relato de un pasado glorioso y los que prefieren no acordarse de nada. Y en el medio queda la gente común, esa que guarda fotos en cajas de zapatos y no sabe bien qué hacer con ellas cuando las redes sociales le piden fotos de la infancia para alimentar un algoritmo que no recuerda nada.

La máquina que no olvida

La inteligencia artificial prometió un mundo sin olvido. Los asistentes virtuales, los buscadores, las aplicaciones que te dicen qué compraste hace tres años. Pero esa memoria digital es fría, sin carne. No sabe del olor del asado del domingo ni del ruido de la lluvia en el techo de chapa. Es una memoria de datos, no de afectos. Y la clase media argentina, acostumbrada a resolver con ingenio lo que el Estado no da, se encuentra ahora con que el pasado se le escapa entre las manos mientras el teléfono le recuerda que tiene que pagar la tarjeta.

La soledad de no tener con quién compartir el recuerdo se vuelve más pesada que la de no tener plata. Porque la plata va y viene, pero el recuerdo de la primera bicicleta, de la mudanza, del día que se fue el viejo, eso queda. O quedaba. Ahora hay que esforzarse para que no se lo lleve el viento de la urgencia.

La moral del esfuerzo

Hay una idea que circula en el aire de la época: que el mérito individual basta para salir adelante. Que si uno estudia, trabaja, se esfuerza, las cosas llegan. Pero la clase media argentina sabe que eso no es del todo cierto. Lo sabe desde el corralito, desde el 2001, desde cada devaluación que se llevó los ahorros de años. Lo sabe cuando ve que un título universitario no alcanza para comprar un departamento, cuando el sueldo no llega a fin de mes aunque se labure doble turno.

El mérito choca contra la inflación. Y contra la política. Y contra un Estado que promete pero no cumple. Entonces la moral del esfuerzo se convierte en un discurso vacío, una herramienta de manipulación que usan los que ya tienen para que los que no tienen sigan creyendo que la culpa es propia. La dignidad se vuelve un lujo caro: mantenerla cuesta más que un auto cero kilómetro.

La grieta en la mesa familiar

La polarización no es solo un fenómeno de las redes sociales. Se cuela en la mesa del domingo, en el grupo de WhatsApp de la familia, en la conversación con el vecino. Discutir de política ya no es un intercambio de ideas sino una guerra de trincheras donde cada uno defiende su verdad a los gritos. La juventud, que creció con la inmediatez de TikTok y la furia de los memes, a veces no encuentra cómo salir de ese círculo.

La educación formal, mientras tanto, intenta poner orden. Pero los docentes están exhaustos y los padres desconcertados. La escuela ya no es ese lugar donde se aprendía a pensar sino un campo de batalla entre el currículo oficial y la información que circula sin filtro. Los chicos llegan a clase con verdades absolutas que vieron en un video de cinco minutos y cuesta hacerles entender que la realidad no es binaria.

El consumo como refugio

Cuando todo falla, queda comprar. La clase media argentina tiene una relación casi amorosa con el consumo. No es solo necesidad: es identidad. Lo que uno tiene dice quién es. O al menos eso se cree. En un país donde la inflación castiga el ahorro, el consumo se vuelve una forma de resistencia, un modo de decir "todavía puedo". Pero también una trampa: la deuda se acumula, la tarjeta se llena, y el mes siguiente hay que empezar de nuevo.

Hay una fatiga que no se ve en las estadísticas. El cansancio de tener que elegir todo el tiempo entre lo que se necesita y lo que se quiere, entre el futuro y el presente. La clase media argentina vive en una tensión permanente, tratando de mantener un equilibrio que se rompe cada vez que el gobierno anuncia un nuevo ajuste.

La verdad que no cabe

En medio de todo eso, la verdad se ha vuelto un lujo. Cada hecho tiene dos versiones, cada noticia es cuestionada, cada fuente es sospechosa. Los medios, antes faros de confianza, ahora son vistos con recelo. La gente busca su propia verdad en los comentarios de Twitter, en los grupos de Telegram, en los memes que resumen en dos líneas lo que debería ser un análisis complejo.

La memoria, entonces, es el último bastión. Recordar cómo era el país antes de que todo se volviera ruido. Recordar que hubo épocas en que la palabra de un amigo pesaba más que un posteo viral. Recordar que la dignidad no se mide en pesos ni en seguidores. Ese trabajo, el de la memoria, es quizás el único que la inteligencia artificial no puede hacer por nosotros. Porque el recuerdo no es solo información: es el olor de la cocina a la tarde, la voz del abuelo contando una historia, la certeza de que, a pesar de todo, todavía hay algo que vale la pena sostener.

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