El trabajo que no vuelve
La oficina de Miguel queda en el living de su casa. Antes era un estudio, pero ahora la mesa del comedor tiene dos monitores y una silla que le duele la espalda. Miguel tiene cuarenta y siete años, dos hijos en el colegio y una hipoteca que no se achica con la inflación. Hace seis meses lo echaron de una empresa de logística donde había trabajado quince. Le dijeron que era reestructuración, pero él sabe que fue otra cosa: un algoritmo.
No es el único. En la clase media argentina, el trabajo dejó de ser ese lugar donde uno iba a la mañana y volvía a la noche. Ahora es un fantasma que aparece en forma de changa, de freelanceo, de monotributo mal llevado. La promesa del empleo formal, ese pacto entre el esfuerzo y la dignidad, se fue diluyendo como un sueldo que no alcanza para el fin de mes.
La inteligencia artificial no ayuda. Mientras escribo esto, hay programas que redactan notas, que diseñan logos, que contestan mails. La tecnología promete eficiencia y termina siendo una amenaza silenciosa. No es que las máquinas vayan a reemplazarnos a todos mañana, pero sí que el mercado laboral se reacomoda alrededor de lo que pueden hacer más barato. Y lo barato siempre gana.
El mérito como consuelo
En las redes sociales abundan los discursos sobre el esfuerzo. Emprendé, reinventate, salí de tu zona de confort. Son frases que suenan bien en un reel pero chocan contra la realidad de un país donde la inflación devora los ahorros y el Estado no alcanza para sostener a los que quedan en el medio. La moral del mérito se convierte en un consuelo para los que todavía tienen trabajo y en una condena para los que no.
La polarización política también se mete en esto. Para algunos, la culpa es del gobierno; para otros, de los empresarios. Pero mientras tanto el que se queda sin laburo no tiene tiempo para la grieta. Tiene que pagar el alquiler, la cuota del colegio, la prepaga que ya no puede costear. La deuda se acumula y la soledad también.
La familia como refugio
En ese contexto, la familia se vuelve un refugio frágil. Los padres ayudan con los nietos, los hermanos prestan plata, las parejas bancan el desempleo del otro. Pero también hay tensiones. El que perdió el trabajo siente que pierde algo más: el lugar en la mesa. La identidad laboral, ese orgullo de decir "soy contador" o "soy docente", se desvanece cuando ya no hay un sueldo que lo respalde.
La juventud lo vive distinto. Los pibes crecen viendo a sus padres rebuscársela y aprenden que el trabajo no es un derecho sino una conquista diaria. Algunos eligen carreras técnicas, otros se vuelcan al oficio manual, unos pocos se animan al emprendimiento digital. Pero todos comparten una certeza: el mérito solo no alcanza cuando la economía es un tobogán.
El consumo que duele
Y después está el consumo. Ir al supermercado es un ejercicio de resistencia. Los precios cambian de un día para el otro, las marcas se encogen, las ofertas son un espejismo. La clase media que antes compraba con cierta holgura ahora compara, calcula, duda. La dignidad también se mide en lo que uno puede llevar a la mesa. Y cuando no alcanza, duele.
La verdad es que el trabajo no vuelve. No vuelve como era antes, con ese ritual de ir a la oficina, tomar mate con los compañeros, sentir que uno forma parte de algo. Lo que viene es otra cosa: una mezcla de incertidumbre y adaptación constante. La inteligencia artificial, la inflación, la polarización, todo empuja a que el trabajo sea más precario, más individual, más solitario.
Miguel todavía no sabe qué va a hacer. Le ofrecieron un curso de programación, pero a los cuarenta y siete años no está seguro de querer arrancar de nuevo. Mientras tanto, mira los monitores y piensa que el trabajo, ese viejo amigo, se fue sin despedirse.
