Artículo y ensayo

El trabajo que ya no espera

Entre la inflación y los algoritmos, la clase media argentina descubre que el trabajo ya no es una carrera, sino una supervivencia diaria donde la dignidad se negocia en cada ajuste.

El trabajo que ya no espera

El trabajo que ya no espera

En la esquina de Corrientes y Callao, un cartel luminoso anuncia un nuevo curso de programación: "Aprendé IA en tres meses y cambiá tu futuro". El futuro, esa palabra que en la Argentina de los ochenta era una promesa y ahora suena a amenaza. La cola para anotarse da la vuelta a la manzana. Pibes de veinte, tipos de cuarenta, mujeres que antes vendían ropa o hacían limpieza. Todos con el mismo gesto: la sonrisa tensa de quien sabe que el tiempo se acaba.

El trabajo en Argentina ya no es lo que era. No es solo que la inflación se coma el sueldo a fin de mes. Es que el sueldo mismo se volvió una ficción, un número que se reescribe cada semana. La clase media, esa criatura mítica que alguna vez creyó en el mérito y en el esfuerzo, ahora descubre que el mérito no alcanza. Que el esfuerzo se desvanece como un peso en el mostrador del supermercado.

Los medios hablan de reactivación, de números que mejoran, de un horizonte que se aclara. Pero en la fila del supermercado, la señora de cincuenta años que perdió su empleo administrativo calcula con los dedos si le alcanza para el queso cremoso. El pibe que estudió dos carreras y no consigue trabajo fijo mira el celular y ve ofertas de reparto en moto, de delivery, de changas. La inteligencia artificial, dicen, va a reemplazar a los contadores, a los traductores, a los periodistas. Pero acá, en la tierra del ajuste perpetuo, la IA no es una revolución: es un lujo que todavía no podemos pagar.

La máquina que no pide aumento

En una oficina de Palermo, un jefe explica que el nuevo software de gestión reduce el personal a la mitad. "Es más eficiente", dice, mientras los empleados miran el piso. La eficiencia, esa palabra que las escuelas de negocios repiten como un mantra, en Argentina significa que alguien se queda sin trabajo. Y ese alguien suele ser el mismo de siempre: el que no tiene contactos, el que no sabe venderse, el que cree que hacer bien las cosas es suficiente.

La educación, que alguna vez fue el ascensor social de la clase media, ahora es un gasto. Los padres calculan si pueden pagar la cuota del colegio privado, si el viaje de egresados se puede postergar, si el posgrado vale la pena cuando los títulos cuelgan como trofeos en una pared que se derrumba. La universidad pública resiste, claro, pero sus pasillos están llenos de jóvenes que saben que el título no es un salvoconducto. Es apenas un papel que el mercado mira con desconfianza.

Las redes sociales, mientras tanto, venden el sueño del emprendedor, del que se liberó del jefe y vive de su propio esfuerzo. Pero en la práctica, el emprendedor argentino pasa más tiempo lidiando con la AFIP, con los impuestos, con la burocracia, que con su propio negocio. La libertad que prometen los influencers es una cárcel con wifi.

La dignidad que se negocia

En una fábrica de Avellaneda, los operarios aceptan trabajar horas extra sin cobrar. "Es para salvar el puesto", dice uno, mientras ajusta la tuerca que ajustó mil veces. La dignidad, ese concepto abstracto que los políticos usan en los discursos, en el taller se vuelve concreta: es no tener que pedirle plata a tu viejo, es poder pagar el alquiler sin angustia, es llegar a fin de mes sin deberle a nadie.

Pero la inflación no perdona. Y el trabajo precario, el que no tiene obra social ni aguinaldo ni vacaciones pagas, se volvió la norma. La clase media se parte en dos: los que tienen un empleo formal y los que sobreviven de changas. Entre ambos, una grieta que no es de relato, sino de plata. De la que no alcanza.

El Estado, ese gran padre ausente, aparece de vez en cuando con un bono, un subsidio, una promesa. Pero la clase media ya no cree. Aprendió que las promesas se las lleva el viento, que los planes duran lo que dura un Ministerio, que la única certeza es que mañana el dólar va a subir un poco más. Entonces, se agarra de lo que puede: de la familia, del amigo que te hace la segunda, del conocido que te consigue una changa.

La memoria del laburo

Mi viejo laburaba en un taller mecánico. Se levantaba a las seis, volvía a las ocho, los sábados a la mañana también. Nunca se quejó. Decía que el trabajo dignifica, que el que labura come, que la plata no es todo. Pero mi viejo no vivió para ver el ajuste de este siglo. No vivió para ver que el trabajo ya no dignifica, que el que labura muchas veces no come, que la plata es todo porque sin plata no hay nada.

Hay una nostalgia que duele: la del empleo seguro, la del ascenso por antigüedad, la del aguinaldo que llegaba justo para las vacaciones. Esa nostalgia es un lujo que la juventud de hoy no puede permitirse. Los pibes de veinte ya no esperan un trabajo para toda la vida. Esperan un mes, un año, un proyecto que tal vez se termine. La incertidumbre es el paisaje natural de su generación, y eso los vuelve más flexibles, más adaptables, más cínicos.

Pero también más solos. Porque cuando el trabajo se vuelve un trámite, cuando no hay compañeros con los que compartir el mate ni jefes a los que odiar en la cena familiar, la identidad se desdibuja. El trabajo era, también, un lugar en el mundo. Un lugar que te decía quién eras. Sin él, uno es apenas un consumidor, un número en la base de datos de un banco, un perfil en una red social que busca trabajo.

El futuro que se niega

La inteligencia artificial, dicen, va a cambiar todo. Pero en Argentina, cambiar todo es sinónimo de empeorar todo. La IA no va a reemplazar a los trabajadores porque el trabajo ya está reemplazado por la precariedad. No va a automatizar la producción porque la producción ya está automatizada por la falta de inversión. Lo que la IA va a hacer, probablemente, es profundizar la brecha entre los que pueden pagarla y los que no. Como todo en este país.

Mientras tanto, la clase media sigue buscando. Busca un trabajo que la reconozca, un sueldo que le alcance, una vida que no sea solo sobrevivir. Busca en los cursos de programación, en las changas de Uber, en los emprendimientos gastronómicos que duran seis meses. Busca, sobre todo, no perder la esperanza. Porque cuando la esperanza se pierde, no queda más que el ajuste. Y el ajuste, en Argentina, siempre lo paga el mismo: el que labura.

En la esquina de Corrientes y Callao, el cartel sigue titilando. La cola sigue dando la vuelta. Y el futuro, ese cartel luminoso, espera que alguien lo encienda de verdad.

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