Artículo y ensayo

El trabajo que ya no alcanza para ser alguien

En la Argentina de hoy, el esfuerzo laboral dejó de ser garantía de ascenso social. La clase media siente que trabaja para sobrevivir, no para construir identidad.

El trabajo que ya no alcanza para ser alguien

El trabajo que ya no alcanza para ser alguien

El martes a la mañana, mientras el subte se detenía entre estaciones por un corte de luz, Martín revisó en su celular la notificación del banco. Su sueldo había entrado. Hizo la cuenta mental rápida: alquiler, expensas, la cuota de la escuela de los chicos, las tarjetas. Le sobraba lo justo para la semana, si ajustaba el menú y postergaba el arreglo del calefón. No era pobre, se repitió. Tenía trabajo estable, título universitario, un departamento alquilado en un barrio que todavía se llamaba decente. Pero esa palabra, "decencia", le sonaba cada vez más hueca, como un cascarón de algo que se había roto por dentro.

Su padre, a su edad, ya tenía casa propia y auto. No un cero kilómetro, pero auto al fin. Había llegado a gerente de una fábrica de pinturas sin estudios universitarios, solo con puntualidad y oficio. La meritocracia, esa palabra que sonaba a promesa de los noventa, hoy se parece más a una estafa piramidal donde los últimos en entrar pagan la cuenta. Martín trabaja en marketing para una empresa de software. Gestiona campañas para productos que no entiende del todo, dirigidas a públicos que son algoritmos. Su mérito se mide en métricas de engagement, en conversiones, en reportes que arma los viernes a la noche, cuando los chicos ya duermen.

La dignidad en números rojos

Hay una crisis que no figura en los índices de inflación, aunque se alimenta de ella. Es la crisis del trabajo como eje identitario. Durante décadas, la clase media argentina se construyó sobre la idea de que el esfuerzo laboral traía progreso material y, con él, un lugar reconocible en el mundo. Ser "trabajador", "profesional", "empleado de comercio" no era solo una descripción, era un estatus moral. Hoy, ese contrato está roto. Se trabaja igual o más, pero se retrocede. La identidad que antes daba el oficio se desdibuja entre changas, pluriempleo y la ansiedad constante de quedar fuera del sistema.

En el comedor de la oficina, los comentarios ya no son sobre ascensos o proyectos nuevos. Son sobre cómo estirar el kilo de carne, sobre qué compañía de internet da menos aumentos, sobre la posibilidad remota de que un familiar en Europa consiga una visa de trabajo. La política se filtra en estas conversaciones como un ruido de fondo, un relato lejano que habla de macroeconomía y acuerdos internacionales mientras la realidad cotidiana es la heladera que se vacía más rápido. Los medios amplifican ese ruido, ofrecen versiones enfrentadas de la misma catástrofe, y la gente, en el medio, apaga el televisor y abre la aplicación del home banking. La verdad duele menos en gráficos que en el saldo disponible.

El futuro como deuda

La educación, ese otro pilar de la movilidad social, también cambió de sentido. Los padres de Martín ahorraron para la universidad de sus hijos como quien compra un boleto a un futuro mejor. Hoy, Martín paga una escuela privada para los suyos no con la certeza de que les abrirá puertas, sino con el miedo de que la pública se las cierre del todo. Es un seguro contra el derrumbe, no una inversión. Los jóvenes que sí llegan a la universidad cargan con una paradoja amarga: tienen más títulos que sus padres, pero menos perspectivas. El mérito académico choca contra un mercado laboral que pide experiencia, contactos o, cada vez más, la capacidad de reinventarse cada seis meses.

Las redes sociales muestran vidas resueltas, emprendimientos exitosos, viajes. Son el escaparate de una meritocracia que funciona solo en las pantallas. La comparación envenena. La soledad, esa que no es falta de gente sino de proyectos compartidos, crece en los departamentos donde se vive conectado a mundos virtuales y desconectado del vecino de al lado. La familia, último refugio, se tensiona con discusiones sobre gastos, con la impotencia de no poder prometer nada estable. Ya no se heredan propiedades, se heredan deudas y una angustia sorda.

La inteligencia artificial asoma como la próxima promesa, o la próxima amenaza. En las charlas de oficina se habla de que ciertas tareas las harán las máquinas. Martín piensa en su trabajo, en esos reportes que podría generar un algoritmo con dos clics. ¿Qué queda cuando el trabajo se automatiza? ¿Qué identidad se construye sobre lo que una máquina puede hacer mejor? La pregunta no es futurista. Ya está aquí, en cada plataforma que reemplaza intermediarios, en cada chatbot de atención al cliente.

La política del cansancio

El Estado aparece como una presencia abstracta que cobra impuestos y da, a veces, servicios que colapsan. La gente no debate teorías de poder, sufre su ausencia en el hospital o su peso en la boleta de la luz. La polarización, ese deporte nacional de los últimos veinte años, empieza a dar paso a algo más profundo y peligroso: el descreimiento. No es lo mismo estar en contra que estar afuera. Y cada vez más gente se siente afuera del relato, de cualquier relato. La manipulación informativa cansa cuando la urgencia es concreta: llegar a fin de mes.

La memoria, esa que servía para entender de dónde veníamos y hacia dónde íbamos, ahora es un archivo desordenado. Los puntos de referencia se borraron. Lo que funcionó antes (estudiar, especializarse, tener antigüedad) ya no garantiza nada. El consumo, antes signo visible del progreso, se reduce a lo esencial. Y en esa reducción forzada hay una pérdida de dignidad que no se mide en pesos. Es la sensación de que uno trabaja para subsistir, no para construir algo.

Al bajar del subte, Martín pasó por el kiosco. No compró el diario. Abrió Twitter en el celular. Allí, la discusión era feroz sobre un proyecto de ley, sobre declaraciones de un funcionario, sobre quién tenía la culpa de todo. Él deslizó la pantalla hacia arriba, buscando otra cosa. Un meme, quizás. Algo que le diera un respiro, aunque sea una ilusión de conexión, de entender el chiste compartido. Trabajaba en comunicación, pero ya no encontraba las palabras para decir lo que le pasaba. Solo números en una pantalla, que nunca cerraban.

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