El mérito que se esfuma en el cajero automático
El cajero automático tiene un ruido particular, un zumbido eléctrico y mecánico que precede al conteo de los billetes. Es un sonido que conoce cualquiera que haya hecho fila un viernes a la tarde. Ahí, entre el murmullo y la mirada al teléfono, se juega un ritual extraño. No es solo sacar plata. Es comprobar, una vez más, cuánto se licuó el número en la pantalla contra la realidad del papel que sale, un poco mustio, por la ranura. Esa distancia, ese espacio entre lo que uno cree que vale su trabajo y lo que el mundo le devuelve, es el territorio donde la idea del mérito se desarma.
Durante décadas, a la clase media argentina le vendieron una ecuación simple. Estudio más esfuerzo más horas extras igual a progreso, a un futuro estable, a un departamento, a un auto, a la educación de los hijos. Era un contrato tácito con el país. Ahora, ese contrato está roto y los pedazos están en la vereda, mezclados con la basura de cualquier esquina. La inflación no es solo un número que anuncia el noticiero. Es la sensación física de que lo que ahorraste ayer hoy no sirve, de que el plan que hiciste en enero para junio es un chiste. El mérito, en este contexto, se vuelve una palabra incómoda, casi obscena. ¿De qué mérito hablamos si el salario honesto de un mes de trabajo no alcanza para llenar el chango del supermercado?
El relato y la grieta en la mesa
La discusión se traslada a la mesa familiar, pero ya no con la vehemencia de antes. Hay un cansancio. Los hijos, los más jóvenes, escuchan hablar de esfuerzo y ven padres agotados, profesionales que hacen malabares con trabajos inestables, títulos universitarios que no garantizan nada. Para ellos, la promesa del mérito suena a una historia vieja, a algo que contaban los abuelos junto con la anécdota de la hipoteca que se pagaba en dos años. Las redes sociales muestran otras vías, atajos incomprensibles, influencers que ganan en un día lo que un ingeniero no junta en un año. El algoritmo no premia el esfuerzo constante, premia el golpe de suerte, la viralización, la pose. La moral del trabajo se quiebra contra el muro del consumo inmediato y la fama efímera.
Mientras tanto, la política habla desde sus tribunas. Unos dicen que el problema es la vagancia, la falta de empuje. Otros, que el problema es el poder concentrado, el capital que no deja respirar. Dos relatos que se gritan, que se polarizan en las pantallas de la tele y en los grupos de WhatsApp. Pero en el medio, en la vida concreta de la gente, esos relatos son como dos tormentas que chocan arriba, mientras abajo la calle se inunda igual. La gente ya no busca una verdad única, busca sobrevivir al día. La manipulación no viene solo de un discurso político, viene de la publicidad que te ofrece comprar dignidad con una tarjeta, del banco que te felicita por un préstamo que te hundirá, de la sensación constante de que te están tomando el tiempo.
La inteligencia que ya no es artificial
En este paisaje, la tecnología, la inteligencia artificial, no se ve como una promesa de futuro, sino como otra amenaza más. No es Skynet, es más sutil. Es el algoritmo que decide si tu CV pasa a la siguiente etapa, el chatbot que atiende tu reclamo al Estado y te deja en un loop infinito, la plataforma que reemplaza al empleado estable por un contrato fugaz. Es la sensación de que hasta el esfuerzo va a ser medido y gestionado por una máquina que no entiende de cansancio, de hijos enfermos, de días grises. La memoria, la propia, la colectiva, queda relegada. No hay tiempo para recordar cómo se llegó hasta acá cuando el problema es cómo se llega a fin de mes.
La inseguridad ya no es solo la del chorro en la esquina. Es la inseguridad laboral, la que te hace aguantar cualquier humillación porque necesitás el puesto. Es la inseguridad económica, la que te hace dudar antes de pagar una cuota del colegio. Es la inseguridad existencial, la pregunta de qué le vas a dejar a tus hijos, si es que les podés dejar algo más que deuda y consejos que ya no sirven. El Estado, ese ente abstracto, se siente lejano, inútil. A veces es un formulario en línea, otras una oficina sucia, casi nunca una solución.
La familia intenta ser un refugio, pero a menudo se convierte en otro frente de batalla. Se discute plata, se ocultan gastos, se comparten angustias que antes se guardaban. La soledad no es solo la de estar físicamente solo, es la de sentirse incomprendido en medio de la propia casa, es la de saber que tu problema, por más único que lo sientas, es masivo, y eso, en vez de aliviar, termina aplastando. La dignidad se mide en gestos pequeños, en mantener las apariencias, en no pedir ayuda hasta que no queda otra.
Al final, la identidad de esa clase media se redefine a cada rato. Ya no es solo lo que hace, lo que estudió, el barrio donde vive. Es también lo que debe, lo que no puede comprar, el miedo que calla, la rabia que disimula en un meme que comparte a la madrugada. Es una identidad hecha de resistencia, de adaptación forzada, de cinismo para soportar el golpe. El mérito, esa vieja bandera, queda colgada en el ropero, como un traje que ya no entra. Lo que queda es la fila en el cajero, el ruido de la máquina, y el billete que, al tocarlo, ya perdió valor.
