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El trabajo que ya no da para vivir

Entre la inflación y las promesas de la inteligencia artificial, la clase media argentina descubre que trabajar ya no es un proyecto de vida: es una carrera de obstáculos que se paga con deuda y soledad.

Artículo del autor05.05.2026

El trabajo que ya no da para vivir

La oficina quedó vacía a las siete de la tarde. Juan apagó la computadora y se quedó un rato mirando la pantalla negra. Treinta y ocho años, dos hijos, un crédito hipotecario que no termina de entender y un sueldo que cada mes rinde menos. No es un caso particular, es una foto de familia: la clase media argentina descubrió que el trabajo ya no es lo que era, si es que alguna vez fue lo que contaban.

Hace veinte años, laburar de lunes a viernes prometía un horizonte. Casa propia, vacaciones, la posibilidad de que los hijos estudiaran una carrera. Hoy, ese pacto social se rompió. El mercado laboral se volvió un laberinto donde cada salida es otra entrada a la incertidumbre. La inflación se come los aumentos antes de que lleguen, y el mérito, ese concepto que vendieron como garantía de progreso, quedó en una anécdota que repiten los que ya tienen resuelto el mes.

El relato del esfuerzo

En las redes sociales abundan los discursos sobre la cultura del trabajo. Emprendedurismo, resiliencia, mentalidad de crecimiento. Frases que suenan bien en un posteo pero que chocan contra la realidad de un país donde el Estado no garantiza lo básico y el mercado exige cada vez más por menos. La moral del esfuerzo se convirtió en una trampa: te dicen que si no llegás es porque no te esforzaste lo suficiente. Pero el que labura doce horas y igual no llega a fin de mes sabe que el problema no es de voluntad, es de estructura.

La polarización política tampoco ayuda. Cada lado tiene su relato: unos prometen que el mercado todo lo resuelve, otros que el Estado todo lo da. Mientras tanto, el que trabaja queda en el medio, pagando las consecuencias de una discusión que rara vez lo tiene como protagonista. La verdad, esa palabra que se usa tanto en los medios como en las conversaciones de pasillo, se volvió un producto que se compra según la afinidad ideológica.

La tecnología que no libera

La inteligencia artificial prometió liberarnos de las tareas repetitivas. En los papeles, suena a futuro. En la práctica, muchas veces se traduce en más control, menos derechos y una presión constante por actualizarse o quedar afuera. La educación formal, ese ascensor social que funcionó para generaciones anteriores, ya no garantiza nada. Un título universitario puede terminar siendo un decorado en una pared mientras el laburo se consigue por contactos o por suerte.

La juventud lo vive con una mezcla de cinismo y pragmatismo. Saben que el mundo que les dejaron no es el que soñaron. Crecen con la inseguridad de no saber si van a poder alquilar un departamento, con la soledad de las pantallas y la presión de construir una identidad que sea marketeable. La familia, ese refugio clásico, también se resiente: los horarios se estiran, las distancias se agrandan, y el tiempo compartido se negocia como un recurso escaso.

La deuda como forma de vida

Argentina es un país que vive fiado. No solo en lo económico, también en lo emocional. La deuda se volvió una categoría existencial: debemos plata, debemos tiempo, debemos explicaciones. El consumo, que alguna vez fue un placer, ahora es una necesidad para sostener una imagen. Las cuotas permiten acceder a bienes que el sueldo no cubre, pero a costa de hipotecar el futuro. La dignidad se mide en capacidad de pago, y la memoria parece borrarse con cada nuevo plan de financiación.

El Estado, mientras tanto, oscila entre la ausencia y la intromisión. No termina de garantizar lo básico, pero tampoco deja de meter la mano en la billetera. La inseguridad, real y simbólica, se cuela en cada decisión: desde salir a la calle hasta elegir un colegio para los hijos. Todo se vuelve un cálculo de riesgo.

En ese contexto, la clase media argentina sigue laburando. No por heroísmo ni por resignación, sino porque no hay mucho más. El trabajo ya no da para vivir, pero sin él, tampoco se sobrevive. Esa contradicción, incómoda y real, es el paisaje de fondo de una sociedad que busca un rumbo que no encuentra.

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