El vértigo de mirar al costado
La mañana empieza con el café hirviendo y el teléfono que no para. Notificaciones, promos, mensajes de grupos familiares donde alguien discute si el gas subió o si el dólar está planchado. Afuera, la calle tiene ese aire de siempre: el kiosquero que ya no fía, el colectivo que tarda, el cartel de "se vende" que nadie compra. En la Argentina de 2025, mirar al costado es un ejercicio que cuesta. No porque falten ganas, sino porque el paisaje cambió.
La clase media aprendió a vivir con la deuda como si fuera un miembro más de la familia. No la del banco, esa al menos se puede medir. La otra, la que uno arrastra con sus propias expectativas, pesa más. Se la ve en los hijos que estudian carreras que quizá no tengan salida, en los padres que jubilarse se volvió un lujo, en las casas que se llenaron de cosas compradas en cuotas que nunca terminan de pagarse. El mérito, esa palabra que se usaba como brújula, hoy suena a promesa vieja. ¿De qué sirve esforzarse si el resultado siempre queda a mitad de camino?
Las redes sociales no ayudan. Todo el tiempo alguien muestra algo. La vida perfecta, el viaje soñado, el plato de comida que nunca sale igual. La polarización se metió en la mesa familiar, en los grupos de WhatsApp, en el almacén de la esquina. Ya no se discute sobre fútbol o sobre si el perejil va picado o entero. Ahora se discute sobre si este gobierno sirve o el anterior fue peor. Y en el medio, la gente común queda atrapada, tratando de entender cómo se vive cuando la verdad se volvió una mercancía que cada uno compra a su medida.
Hay un cansancio que no es físico. Es el que viene de tener que explicarlo todo. Explicar por qué no alcanza, por qué no se puede, por qué el esfuerzo ya no rinde como antes. La educación formal prometía un ascensor social que hoy parece averiado. Los que estudiaron, los que se recibieron, los que hicieron cursos y más cursos, descubren que el título no es un pasaporte. Es apenas un papel que hay que defender cada día contra la inflación y la precariedad. La juventud, que debería ser sinónimo de futuro, se enfrenta a un presente que no da respiro. Muchos eligen irse. Otros, los que se quedan, aprenden a vivir con la incertidumbre como única certeza.
La soledad también cambió. Antes era estar solo. Ahora es estar acompañado por una pantalla que nunca se apaga. Las relaciones se volvieron transaccionales, incluso las afectivas. Se consume compañía, se consume afecto, se consume todo lo que se pueda etiquetar y mostrar. La moral, que antes se heredaba como un apellido, ahora se negocia en cada decisión. ¿Es correcto comprar dólares? ¿Está bien no pagar el monotributo? ¿Se puede ser buena persona y al mismo tiempo cuidar el propio bolsillo? Las preguntas se acumulan, las respuestas escasean.
El Estado, por su parte, aparece y desaparece como un pariente lejano. A veces mete la mano en el bolsillo, a veces promete soluciones que nunca llegan. La gente aprendió a desconfiar. No del político de turno, que ya es un clásico. Desconfían del sistema, de las instituciones, de la palabra empeñada. La verdad se ha vuelto un bien escaso, manipulable, que se compra y se vende como cualquier otra cosa en el mercado de la atención. Y en ese ruido, la clase media busca un lugar donde pararse, un piso firme que no se mueva con cada noticia, con cada ajuste, con cada promesa de campaña.
Hay algo que se perdió en el camino: la capacidad de imaginar un futuro distinto. No el de la propaganda, no el de los discursos. Un futuro concreto, con una casa propia, un trabajo estable, hijos que estudien sin tener que emigrar. Ese horizonte se volvió borroso. Ya no se habla de proyectos a cinco años. Se habla de llegar a fin de mes. La memoria, que debería servir para no repetir errores, se usa a veces como un arma arrojadiza: "en tu época esto era peor", "en la mía esto no pasaba". Y en el medio, la vida sigue. La gente se levanta, labura, paga cuentas, cría hijos, envejece. Todo con un ojo puesto en el bolsillo y el otro en la pantalla, esperando que algo cambie.
Pero quizá el cambio no sea algo que llegue de afuera. Tal vez haya que buscarlo en otro lado. En la dignidad de hacer lo que se puede con lo que hay. En la familia que sigue juntándose a pesar de todo. En el trabajo que no da para más pero da para seguir. En la cultura que resiste, que se cuela en un libro prestado, en una canción que suena en el colectivo, en una charla de café donde alguien dice algo que vale la pena. La clase media argentina no es la que fue, pero sigue siendo el espejo donde el país se mira. Y aunque el reflejo a veces asuste, mientras haya alguien dispuesto a mirar, hay esperanza. Aunque sea esa esperanza modesta, la de un jueves cualquiera, con el café hirviendo y el teléfono que no para.
