Artículo y ensayo

La familia que ya no discute de política

Entre la inflación y las pantallas, la clase media argentina descubre que la polarización no estalla en la mesa del comedor: se apaga en un silencio que duele más que cualquier grito.

La familia que ya no discute de política

La familia que ya no discute de política

En la casa de mis viejos, en un barrio de clase media del conurbano, la televisión estuvo siempre encendida. No importaba si era el noticiero del mediodía o el de la noche. La discusión política era un deporte familiar, casi un rito. Mi viejo, peronista de ley, y mi vieja, radical de toda la vida, se tiraban chicanas mientras servían el asado. Hoy, la tele está apagada. O mejor dicho, está puesta en Netflix.

No es que hayan dejado de tener opiniones. Es que la polarización se volvió un lujo que la inflación no permite. Cuando el sueldo no alcanza para pagar el colegio de los chicos ni la cuota del crédito hipotecario, discutir si Milei tiene razón o si Cristina es una víctima parece un acto de soberbia. La clase media argentina aprendió a callarse. No por sabia, sino por cansada.

En la mesa del comedor, el silencio se ha vuelto el plato principal. Los hijos miran el teléfono, los padres miran el plato y el perro espera la miga que nunca cae. La deuda no es solo financiera: es emocional. La memoria se quema en el buzón de voz de WhatsApp, donde los mensajes de audio duran segundos y las promesas de campaña se borran solas. El Estado, ese viejo conocido, ya no aparece en la conversación. Ni siquiera para quejarse.

La verdad se ha vuelto un artículo de consumo. Se compra en el supermercado, en el precio del paquete de yerba o en la oferta del pollo. Los medios, antes dueños del relato, ahora compiten con el influencer de turno que vende la felicidad en cuotas. La inteligencia artificial promete resolver todo: la soledad, el trabajo, la educación. Pero nadie le pregunta al algoritmo cómo se paga la luz. La tecnología avanza, pero la dignidad retrocede.

Los jóvenes, mientras tanto, construyen una identidad que no pide permiso. No esperan nada del Estado ni de los partidos. Saben que el mérito es un chiste, que la educación formal cada vez pesa menos y que el trabajo ya no garantiza nada. La crisis los empuja a reinventarse, sí, pero también los obliga a callar. Porque en un país donde la inflación te come el sueldo, la moral del esfuerzo se vuelve una ironía. El que labura no progresa: sobrevive.

La cultura del consumo, ese espejismo de los años noventa, se derrumbó. La clase media ya no compra un auto nuevo ni se va de vacaciones a Brasil. Compra tiempo. Tiempo para no pensar, para no discutir, para no sentir. Los programas de chimentos, los memes, los videos virales: todo sirve para llenar el vacío que dejó la política. La polarización no desapareció. Se mudó a las redes sociales, donde los trolls pelean por likes mientras la gente real se queda en casa, mirando el techo.

En el barrio, los vecinos ya no se saludan con un comentario sobre el gobierno. Se saludan con un gesto, un asentimiento, un suspiro. La inseguridad no es solo la del delivery que te roba el celu. Es la inseguridad de saber que mañana el dólar puede subir, que el sueldo puede no alcanzar, que el hijo puede no encontrar trabajo. La moral se ha vuelto un lujo de ricos. La familia, ese refugio, ahora es el lugar donde se calla.

El otro día, en la feria del barrio, vi a un hombre discutir con un puestero por el precio de la verdura. No era por el peso: era por la dignidad. El puestero, con una paciencia quebrada, le dijo: "Señor, no me pida que le regale algo. Yo también tengo que comer". El hombre giró y se fue. No hubo grito, no hubo escándalo. Solo un silencio que pesaba como una deuda. Esa es la Argentina de hoy.

La verdad ya no se negocia en los discursos. Se negocia en el precio del tomate, en la fila del banco, en la espera del médico. La clase media descubre que la soledad no es estar solo: es estar acompañado por la incertidumbre. Y en esa compañía, la política se vuelve un ruido de fondo. Un zumbido que molesta, pero que ya no se escucha.

Quizás por eso la tele está apagada. O quizás, como dice mi vieja, ya no vale la pena discutir. "Total", dice mientras lava los platos, "ninguno va a tener razón". Y tiene razón. En un país donde la inflación devora todo, hasta la última certeza, la familia que ya no discute de política no es una familia en paz. Es una familia que se rindió. Y esa rendición, silenciosa y cotidiana, es el verdadero drama de la clase media argentina.

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