La pantalla que nos separa
En la mesa del domingo, antes de que el asado estuviera listo, la familia se dividió en dos bandos. No por política ni por fútbol: por una discusión sobre si la inteligencia artificial iba a reemplazar los trabajos de todos. El padre, que labura en una fábrica desde hace treinta años, dijo que esas son pavadas de jóvenes que no saben lo que es el esfuerzo. La hija, que estudia programación, le contestó que el mérito ya no sirve si no te adaptás. El hijo, en su celular, miraba videos de tips financieros. La madre, mientras cortaba el pan, pensó en voz alta que el problema es la inflación y que nadie habla de la deuda que dejamos. Nadie se miró a los ojos.
Esa escena se repite en miles de casas de clase media en Argentina. No es que la tecnología haya llegado para quedarse: ya está, y nos encontró desprevenidos. Las redes sociales prometían conexión, pero lo que generaron es una polarización que se come los vínculos reales. La familia, antes un refugio contra el afuera, ahora es un campo de batalla donde cada uno defiende su relato. Y el relato, como el dólar, sube y baja sin aviso.
El costo de estar al día
La educación formal, esa que prometía movilidad social, perdió peso. Los pibes saben que un título no garantiza nada. La inflación se llevó el valor del esfuerzo: estudiar cinco años para ganar lo mismo que un repartidor de apps. Entonces, ¿para qué? La juventud busca atajos, cursos online, influencers que venden éxito rápido. Y los adultos, agotados, se preguntan si hicieron bien en insistir con el estudio. La moral del trabajo, esa que decía que el que labura progresa, se resquebraja.
En las escuelas, los docentes luchan contra una crisis que no es solo económica. Los chicos llegan con la cabeza llena de pantallas y vacía de atención. La memoria, ese músculo que se entrenaba con la repetición, ya no se usa. Google lo sabe todo. Y el Estado, ausente, deja que la brecha se agrande: los que pueden pagan una escuela privada que todavía enseña a pensar; los otros sobreviven con contenidos mínimos. La verdad se vuelve líquida: cada uno cree en su propia versión de los hechos, alimentada por algoritmos que premian el enojo.
La soledad del consumidor
Consumir se volvió un acto de identidad. Comprar no es solo comprar: es decir quién sos. Las cuotas, que antes eran una ayuda, ahora son una trampa. La clase media se endeuda para mantener un estándar que ya no puede pagar. El mérito, que alguna vez fue un valor, se transformó en un consuelo: si no llegás, es porque no te esforzaste lo suficiente. Pero la economía no premia el esfuerzo, premia la astucia. Y la astucia, en tiempos de crisis, es a menudo sinónimo de trampa.
La inseguridad, ese tema recurrente, no es solo callejera: es también doméstica. El miedo a perder el trabajo, a no llegar a fin de mes, a que los hijos se vayan del país. La soledad, que antes era cosa de viejos, ahora alcanza a los jóvenes que pasan horas encerrados con sus dispositivos. Las redes sociales son un ruido constante que no deja pensar. La polarización política, con sus relatos enfrentados, se mete en cada conversación. Discutir se volvió un deporte de alto riesgo: cualquiera puede ser cancelado por una opinión.
La memoria que elegimos
La memoria colectiva también está en disputa. Unos reivindican el pasado como una edad de oro; otros lo niegan todo. La manipulación mediática, siempre presente, encontró en las redes un canal perfecto. La verdad ya no importa: importa el impacto. Y el impacto se mide en clics.
La dignidad, ese concepto viejo, parece fuera de moda. Aceptar un sueldo bajo, un maltrato, una humillación, porque no hay otra. La clase media, que siempre se sintió orgullosa de su independencia, ahora depende del crédito, del fiado, del favor. La política, lejos de solucionar, agrava: los discursos prometen, pero la realidad es tozuda. Y la inteligencia artificial, mientras tanto, avanza sin preguntar si estamos listos.
En la mesa del domingo, después del postre, cada uno volvió a su pantalla. El padre miró un partido viejo, la hija respondió mensajes de trabajo, el hijo se enganchó con un video de un gurú financiero. La madre, sola, lavó los platos. Afuera, la inflación seguía su curso, la deuda crecía, y la clase media argentina se preguntaba si algún día volvería a mirarse a los ojos.
