La familia como trinchera
La mesa del domingo ya no es lo que era. No porque falten los platos, sino porque cada comida familiar parece una asamblea de accionistas donde todos ponen algo y todos esperan algo a cambio. La abuela pone la casa, los hijos ponen la comida, los nietos ponen el silencio incómodo cuando discuten los grandes. Y el Estado, ese socio ausente, ni siquiera manda un representante.
En la clase media argentina, la familia se volvió una trinchera. Un lugar donde se combate la inflación con recetas de la abuela, se enfrenta la soledad con un mate compartido y se negocia la moral a la hora de prestar plata al cuñado. Pero también es el escenario donde la polarización se filtra como humo de cigarrillo: el tío que votó a Milei, la prima que milita en La Cámpora, el padre que ya no sabe qué pensar y la madre que prefiere no opinar para no romper el equilibrio.
La familia ya no es ese refugio de posguerra donde uno se sentaba a esperar que el país mejorara. Ahora es un campo de batalla más íntimo, más silencioso. Las discusiones ya no son por política, son por cómo se gasta la plata, quién cuida a los viejos, por qué los chicos miran TikTok mientras comen. La moral se discute en cada gesto: ¿está bien pedirle plata a la hermana? ¿Es digno aceptar la ayuda de los padres después de los treinta? ¿Merece el hijo que lo banquen hasta que consiga un trabajo estable?
El dinero que divide
La inflación no solo devalúa el peso, también devalúa los vínculos. Cuando el sueldo no alcanza, la familia se convierte en una especie de banco informal, sin tasas ni contratos, pero con cuotas emocionales que se pagan caras. El que presta siente que tiene derecho a opinar. El que pide siente que debe explicar cada gasto. Y así, la confianza se va transformando en una contabilidad silenciosa: "Yo te ayudé cuando te separaste", "Yo bancaba a los chicos cuando vos laburábamos".
Las redes sociales agravan el malestar. Ahí, la familia se exhibe como una vidriera: la foto de las vacaciones en la costa, el brunch del sábado, el hijo que recibió un premio. Pero nadie muestra las deudas, las peleas, los silencios incómodos. La identidad familiar se construye en la pantalla, no en la mesa. Y la verdad, esa palabra que tanto se usa en los discursos políticos, se vuelve un lujo que pocos pueden pagar.
La educación como gasto
Antes, la educación era el ascensor social de la clase media. Un hijo que estudiaba era una inversión, una promesa de futuro. Hoy, la educación es un gasto más en el presupuesto, y a veces el primero que se recorta. La universidad pública resiste, pero la inflación la castiga: los apuntes, el boleto, la vianda. Y la inteligencia artificial, ese invento que prometía democratizar el conocimiento, se convierte en una herramienta más para la desigualdad: el que puede pagar un curso de programación progresa; el que no, se queda mirando tutoriales de YouTube.
La juventud, entonces, se enfrenta a una paradoja. Le dicen que el mérito es la clave del éxito, pero ve que el mérito no alcanza si no hay contactos, si no hay plata, si no hay un techo donde dormir mientras estudia. La familia se vuelve ese soporte que el Estado no da: un colchón, una computadora vieja, una conexión a internet que comparten cuatro hermanos.
La inseguridad que no se ve
La inseguridad no es solo la noticia del robo en el barrio. Es también la sensación de que la identidad se pierde entre las cuentas impagas y los mensajes de WhatsApp. La clase media argentina carga con una deuda que no se paga con plata: la deuda moral con los padres que la criaron, con los hijos que no pueden mantener, con el país que no termina de ser. Esa deuda pesa más que cualquier crédito hipotecario.
Y la soledad, esa compañera silenciosa, se cuela en las noches de domingo cuando la familia se dispersa. Cada uno a su pantalla, cada uno a su consumo, cada uno a su propia crisis. La polarización no es solo política, es también emocional: estamos divididos entre lo que queremos ser y lo que podemos ser, entre el relato que nos vendieron y la realidad que nos toca.
La trinchera
Así, la familia se rearma como puede. Sin manual de instrucciones, sin Estado que la respalde, sin moral que la guíe. Aparece cuando no hay trabajo, cuando la inflación se come el sueldo, cuando la soledad aprieta. Es el último refugio, pero también el primer lugar donde se aprende a negociar la dignidad. Y en esa negociación, la clase media argentina descubre que la verdadera crisis no es económica, es de identidad. Porque cuando la familia se vuelve trinchera, uno ya no sabe si está defendiendo su casa o su propia historia.
