La fatiga de las pantallas
Hace unos días, en un bar de Almagro, un hombre de unos cuarenta años dejó el teléfono sobre la mesa y suspiró. No miraba a nadie. La pantalla seguía encendida, con el gesto de un video cualquiera. La moza le trajo el café y él ni levantó la vista. Parecía exhausto, pero no de trabajar. Cansado de mirar.
La escena podría repetirse en cualquier esquina del país. En la fila del supermercado, en el colectivo, en la mesa familiar. La clase media argentina pasa horas frente a pantallas que prometen información y entregan ruido. Todos sabemos de qué hablamos. La inflación, la inseguridad, la política, los debates que nunca terminan. Pero hay algo más: una especie de hartazgo silencioso, una fatiga que no se mide en pesos ni en horas de sueño.
Las redes sociales se convirtieron en el nuevo espacio público, pero sin las reglas de la vereda. Allí cualquiera opina, cualquiera acusa, cualquiera se siente con derecho a la última palabra. La polarización no es solo ideológica: es un modo de estar. Uno elige un bando y después se queda, mirando cómo el otro bando se equivoca. El problema es que mirar cansa.
La memoria, ese bien escaso, se desvanece entre stories y tuits. Ayer se indignaban por un aumento, hoy por una declaración, mañana por un escándalo que ya nadie recuerda. La verdad se vuelve un lujo que pocos pueden pagar. No porque sea cara, sino porque exige tiempo, silencio, paciencia. Virtudes que la época no premia.
En las familias, la conversación se volvió un campo minado. Se evitan ciertos temas, se callan ciertas opiniones. O se dicen a los gritos. La moral se define en grupos de WhatsApp, donde el que no comparte la indignación del momento es sospechoso. La soledad crece. No la soledad física, sino la de no encontrar un espejo donde mirarse sin que te devuelvan una consigna.
El mérito, esa palabra que tanto se repite, se ha vuelto un fetiche. Se dice que el que quiere, puede. Pero la clase media sabe que no es tan simple. Que el esfuerzo no siempre alcanza cuando la inflación se come el sueldo antes de que llegue. Que la educación ya no garantiza nada, o garantiza menos que antes. Y que el Estado, ese viejo conocido, aparece cuando sobra o cuando falta, pero rara vez cuando se lo necesita.
La tecnología prometió conectarnos. Y en parte lo hizo. Pero también multiplicó las versiones de uno mismo. Ahora tenemos un perfil para el trabajo, otro para la familia, otro para los amigos, otro para los desconocidos. La identidad se fragmentó en piezas que ya no encajan del todo. Y la pregunta de quiénes somos queda sin respuesta, enterrada bajo un alud de notificaciones.
La inteligencia artificial llegó sin pedir permiso. Escribe textos, genera imágenes, responde preguntas. Algunos la usan para trabajar, otros para entretenerse, otros para sentir que el futuro ya está aquí. Pero también despierta un miedo sordo: la sospecha de que lo humano ya no sea necesario. O peor: que lo humano se vuelva un estorbo.
En los medios, el relato se repite. Crisis, deuda, ajuste, promesas. La misma película con diferentes actores. La clase media mira, a veces con esperanza, a veces con escepticismo, a veces con la indiferencia de quien ya vio demasiados finales. La dignidad, esa palabra que todos usan, se ha vuelto un comodín. Se la reclaman al Estado, al mercado, al vecino. Pero nadie sabe bien de qué está hecha.
No hay una salida fácil. No hay un manual. Lo que queda es intentar mirar menos y ver más. Volver a lo concreto: el olor del café, el ruido de la calle, el gesto de quien tenemos al lado. Esa parece la única resistencia posible. No la del grito, sino la de la atención. La de saber que la fatiga de las pantallas no se cura con más pantallas.
