La deuda de estar siempre en línea
En la Argentina de la inflación y las pantallas, la clase media aprendió a vivir con un pie en la realidad y otro en el feed. No es que haya elegido ese equilibrio. Es que la vida cotidiana se volvió un acto de malabarismo entre el precio del pan y la necesidad de mostrar algo, aunque sea un meme, para seguir existiendo en el radar de los demás.
La deuda no es solo económica. También es emocional. Uno debe estar al día con las cuotas del crédito, pero también con la última discusión política que explotó en Twitter, con el video viral que todos vieron menos vos, con el mensaje que exige respuesta urgente. La sensación de atraso es permanente. Y como toda deuda que no se paga, genera intereses: ansiedad, culpa, una especie de fatiga que no se cura durmiendo.
Lo curioso es que esta exigencia no viene de un jefe ni de un familiar. Viene de un algoritmo que aprendió a leer el miedo a la soledad. La red social te promete compañía y te da pantalla. Te promete información y te da ruido. Te promete comunidad y te da una lista de contactos que no sabés si siguen siendo amigos. La clase media argentina, que siempre midió su estatus en bienes concretos, ahora lo mide en visibilidad. Ser es ser visto. Y si no te ven, no existís.
El mérito en la vidriera
En este escenario, el mérito se convirtió en un producto más. Ya no basta con hacer bien las cosas. Hay que mostrarlo. El trabajo sacrificado, la carrera universitaria, el ascenso conseguido con esfuerzo: todo eso vale menos si no tiene una foto, un hilo explicativo o un video testimonial. La cultura del relato se impuso sobre la cultura del hacer. Y la moral se adaptó: no importa tanto lo que sos, sino lo que parecés.
Por supuesto, la grieta no ayuda. La polarización política se volvió el combustible de las redes. Cada escándalo, cada declaración, cada denuncia se convierte en un ring de boxeo donde los espectadores eligen bando antes de escuchar los argumentos. La verdad se volvió un artículo de lujo. Cuesta carísimo verificarla y nadie está dispuesto a pagar ese precio cuando la indignación es gratis y rinde más likes.
La memoria también sufre. En un país donde la historia es un campo de batalla, el pasado se reescribe cada semana según el color del gobierno de turno. La clase media, que alguna vez supo tener una idea más o menos clara de lo que significaba ser argentino, ahora navega entre relatos que se contradicen y se anulan. No hay consenso sobre lo que pasó ayer, mucho menos sobre lo que pasó hace treinta años. La identidad se construye sobre arenas movedizas.
Educación y consumo de identidad
La educación, que alguna vez fue el ascensor social por excelencia, ahora parece un mecanismo que no termina de funcionar. Los títulos ya no garantizan trabajo. El conocimiento se devalúa más rápido que el peso. Y mientras tanto, las escuelas y universidades siguen discutiendo modelos pedagógicos que parecen diseñados para un país que ya no existe. La juventud lo sabe. Por eso muchos eligen caminos alternativos: emprendimientos digitales, oficios que aprenden en tutoriales, trabajos que no existían hace diez años.
Pero esa flexibilidad tiene un costo. La soledad del que trabaja desde casa, la incertidumbre del que factura mes a mes, la falta de un horizonte estable. La clase media argentina ya no sabe si lo que hace es una carrera o una changa. Y en el medio, las redes sociales le venden la idea de que todos los demás están triunfando. El consumo de identidad se volvió una industria: comprás una imagen de éxito que no podés sostener, pero la exhibís igual. Porque la dignidad, al final, también se volvió un bien escaso.
No es que la gente se haya vuelto frívola. Es que la supervivencia obliga a ciertas máscaras. El que no muestra que está bien, queda afuera. El que no opina sobre el tema del día, queda afuera. El que no se indigna en el momento exacto, queda afuera. La presión es constante. Y la inteligencia artificial, que prometía ordenar el caos, muchas veces lo empeora: los algoritmos amplifican lo que divide, lo que enfurece, lo que engancha. No les importa la verdad, les importa el tiempo que pasamos mirando.
La pregunta incómoda es si vale la pena. Si todo este esfuerzo por estar al día, por ser visto, por formar parte del relato dominante, realmente nos acerca a algo. La clase media argentina, experta en sobrevivir crisis, ahora enfrenta una que no se resuelve con un plan de ahorro. Es una crisis de sentido. Y eso, como la inflación, no se arregla con un discurso.
