Artículo y ensayo

La fatiga de los tuyos

Entre la inflación y el ruido de las pantallas, la clase media argentina descubre que la pelea más desgastante no es con el gobierno ni el mercado, sino con la necesidad de sostener vínculos que se rompen solos.

La fatiga de los tuyos

La fatiga de los tuyos

La última vez que vi a mi viejo, me dijo que la Argentina no era un país, sino un estado de ánimo. Se lo escuchó decir a un amigo en un asado, hace años, y lo repite como si fuera una verdad revelada. Tal vez lo sea. Porque en este país, el estado de ánimo lo define todo: la inflación, la política, la selección, el precio del dólar, la bronca en las redes. Y cuando el estado de ánimo se pudre, lo primero que se rompe no es el bolsillo, sino la confianza.

La clase media argentina está cansada. No es un cansancio físico, aunque también: la espera en el banco, el trámite que nunca termina, la cola para cargar nafta. Es un cansancio más hondo, de esos que se instalan en los huesos y no se van con una siesta. Es la fatiga de tener que explicar todo el tiempo quién es uno, de dónde viene, qué quiere. Como si la identidad fuera un documento que hay que renovar cada seis meses.

La deuda que no se ve

Se habla mucho de deuda externa, de deuda en pesos, de deuda con el Fondo. Pero hay una deuda que no aparece en los balances: la que tenemos con los que nos rodean. La familia, los amigos, los compañeros de laburo. Esa deuda no se paga con plata, se paga con tiempo, con atención, con paciencia. Y en la Argentina de hoy, la paciencia es un lujo que pocos pueden darse.

Uno vuelve a casa después de un día de laburo, después de haber negociado el precio de todo, después de haber escuchado veinte versiones de la misma noticia, y lo último que quiere es discutir. Pero la discusión está ahí, esperando. Porque el que no piensa como vos es un enemigo, el que vota distinto es un traidor, el que no se indigna por lo mismo es un vendido. La polarización no es un invento de los medios, es el reflejo de una sociedad que se miró al espejo y no se reconoció.

El espejo roto

Las redes sociales tienen la culpa, dicen algunos. Pero la culpa es más vieja. La culpa viene de antes, de cuando la tele era el centro de la mesa y el noticiero dictaba la agenda. Lo que cambió es que ahora todos tienen un micrófono, y el ruido es tan grande que no se escucha ni la propia respiración. En ese ruido, la clase media busca una verdad que le devuelva la certeza, pero encuentra pedazos de relatos que no cierran.

La inteligencia artificial prometió ordenar el caos, pero lo que hizo fue profundizarlo. Los algoritmos no entienden de matices, entienden de clics. Y el clic más fácil es la bronca. Por eso las noticias son cada vez más duras, los titulares más agresivos, los debates más inútiles. No importa la verdad, importa la reacción. Y la reacción es siempre la misma: indignación. La indignación se ha vuelto el combustible de una máquina que no para de consumir atención.

La moral de la clase media

En medio de todo eso, la clase media intenta sostenerse en una moral que ya no sabe bien de qué lado está. El mérito, ese concepto que tanto se usó para justificar el éxito o el fracaso, se ha vuelto difuso. Porque laburar mucho ya no alcanza, porque estudiar no garantiza nada, porque ahorrar es una ficción. Entonces uno se pregunta: si no es mérito, ¿qué es? ¿Suerte? ¿Contactos? ¿Haber nacido en el lugar correcto?

La inseguridad no es solo la calle, es también la del que no sabe si va a llegar a fin de mes. La del que mira la heladera y calcula cuántos días aguanta. La del que ve a sus hijos crecer y no sabe si van a tener un futuro mejor o peor. Esa inseguridad no se resuelve con un decreto ni con un discurso. Se resuelve, si acaso, con gestos concretos. Pero los gestos concretos son escasos, y los discursos sobran.

La memoria que no entra en un tuit

Hay una memoria que se pierde, la de los que vivieron otras crisis y saben que todo pasa. Pero también hay una memoria que se niega, la de los que prefieren no recordar para no sufrir. En el medio, los jóvenes crecen con una idea del país que no es la de sus padres, que no es la de los libros, que es la que les construyen las pantallas. Y esa idea es frágil, porque está hecha de imágenes que duran segundos.

La soledad del que busca trabajo es la misma soledad del que se sienta a la mesa y no sabe de qué hablar. La identidad se negocia en cada gesto: en cómo se viste uno, en qué consume, en qué serie mira, en qué meme comparte. Todo es un mensaje, todo es una señal. Y en esa sobreexposición, lo íntimo se vuelve público y lo público se vuelve íntimo. Ya no hay refugio, o al menos no se encuentra.

La fatiga de los tuyos no es una metáfora. Es el peso de tener que bancarse a los que uno quiere, pero también de tener que bancarse a uno mismo. Porque en la Argentina de la inflación y el ruido, lo más difícil no es sobrevivir, es seguir queriendo. Y eso, a veces, se parece demasiado a una hazaña.

Seguir leyendo

Artículos relacionados

La memoria que no entra en un tuit

La memoria que no entra en un tuit

Entre la inflación y el ruido de las pantallas, la clase media argentina enfrenta una paradoja: quiere recordar quién es, pero el presente no le da tregua.

clase media memoria polarización
El espejo que no devuelve la mirada

El espejo que no devuelve la mirada

Entre la inflación que todo lo corroe y las redes que todo lo muestran, la clase media argentina se enfrenta a una pregunta incómoda: quién es cuando nadie la define.

clase media inflación identidad
La grieta que no se ve

La grieta que no se ve

Entre la inflación y el ruido de las redes, la clase media argentina descubre que la polarización no es solo política, sino una fractura más íntima: la que separa lo que fuimos de lo que nos pide ser el presente.

clase media polarización inflación