La memoria que no entra en un tuit
En la Argentina de la inflación y las redes que todo lo devoran, la memoria se ha vuelto un lujo. La clase media, esa que siempre creyó que el pasado era un capital, descubre que recordar cuesta caro. No solo en plata, que también. Sino en tiempo, en atención, en esa energía que se va en escapar de la crisis del día.
La televisión y los titulares empujan un relato urgente. Todo es ahora, todo es nuevo. Lo que pasó hace una semana ya es viejo, lo que pasó hace un año es arqueología. Pero la gente no olvida. Guarda facturas vencidas, promesas incumplidas, el nombre del último ministro que prometió y se fue. Esa memoria no la borra ningún algoritmo.
El peso de lo que no se nombra
En las familias se habla poco de ciertas cosas. La deuda con el banco, el hijo que no consigue trabajo, el padre que perdió la jubilación. Se calla por vergüenza, por no preocupar al otro, por esa moral silenciosa que dice que hay que bancársela solo. La clase media argentina sabe de silencios. Los arrastra como un carrito de supermercado con una rueda trabada.
Pero el silencio no es olvido. Es un archivo que se acumula. Y cuando alguien se anima a hablar, aparece la polarización. Porque la memoria se volvió militante: cada uno recuerda lo que le conviene. Los medios eligen qué contar, las redes amplifican el grito y borran el matiz. La verdad se negocia en Twitter como un precio en el Mercado Central.
La inteligencia artificial promete ordenar los recuerdos, clasificarlos, hacerlos eficientes. Pero la memoria no es un archivo. Es un desorden. Es olor a pan en la cocina de la abuela, es el ruido de la calle en el 2001, es la foto del primer sueldo. Eso no se indexa.
El mérito y el olvido
La cultura del mérito choca con la realidad. A esta altura, cualquiera sabe que esforzarse no garantiza nada. La inflación se come el sueldo, la inseguridad se come la calle, la soledad se come los vínculos. Y encima hay que demostrar que uno es digno, que merece no caerse del todo. Es un trabajo de tiempo completo que no paga nada.
Los jóvenes crecen en ese escenario. Ven a sus padres laburar sin descanso, ven que el Estado no llega, que la educación pública se desgrana, que el trabajo formal es un lujo. Y entonces construyen su propia identidad, a los golpes, entre tutoriales de YouTube y el vértigo de no saber si el futuro existe. La polarización los atraviesa, pero ellos eligen otras trincheras: el meme, el video viral, la ironía. No es que no sepan de política. Es que desconfían de los relatos que prometen y no cumplen.
El consumo como refugio
Cuando todo parece derrumbarse, consumir da una certeza. Comprar algo, aunque sea un café caro, es un acto de control. La clase media se aferra al consumo como un náufrago a una tabla. Pero la tabla se astilla. La deuda en la tarjeta crece, el sueldo no alcanza, y el placer se vuelve culpa. La moral del consumo es implacable: te premia el instante y te castiga el mes siguiente.
Los medios lo saben. Venden esperanza en cuotas. Prometen que el país va a salir, que el próximo gobierno va a ser mejor, que la inflación va a bajar. Y la gente escucha, porque necesita creer. Pero ya no cree del todo. Escucha con un ojo en el celular y otro en la billetera. Compra el relato, pero con descuento.
La memoria de la clase media no es un archivo ordenado. Es un galpón lleno de cajas. Algunas están etiquetadas: 2001, 2019, pandemia. Otras no. Adentro hay boletas de luz, cartas de amor, un título universitario, la denuncia a un seguro que no pagó. Todo mezclado. Y cuando alguien abre una caja, no sabe si va a encontrar un alivio o una herida.
Por eso la política se volvió tan difícil. Porque cada uno entra al galpón y busca lo que necesita. Unos encuentran la promesa de un Estado que protege. Otros, la evidencia de que el Estado no sirve. La verdad se parte en dos. Y la clase media queda en el medio, con una caja en cada mano, sin saber cuál abrir.
Pero hay algo que no se divide: la dignidad de querer vivir mejor. Eso no se negocia, aunque a veces se disimule. La clase media argentina no es heroica ni trágica. Es testaruda. Sabe que la memoria no entra en un tuit y que la identidad no se resuelve con un hashtag. Sabe que el trabajo, la familia, la educación y la soledad son piezas de un rompecabezas que nadie terminó de armar. Y aún así, cada mañana, lo intenta de nuevo.
No es épica. Es resistencia. Y esa resistencia se parece más a un gesto cotidiano que a un grito. A veces es solo prender la pava, sentarse frente a la tele, y escuchar el noticiero sabiendo que todo lo que dicen es cierto y no es toda la verdad. Esa conciencia, frágil y firme, es lo único que queda. Y por ahora, alcanza.
