El futuro que ya llegó sin avisar
La semana pasada, en un café de Palermo, vi a un pibe de unos veinte años hablar solo. No estaba loco. Tenía un auricular inalámbrico y le dictaba un mensaje al celular que la máquina transcribía, corregía, traducía y enviaba en segundos. Al lado, un señor de unos sesenta revisaba el menú con un amigo y preguntaba: "¿Y esto del ChatGPT es verdad o es cuento?". Las dos escenas pasaron al mismo tiempo, separadas por tres mesas y una distancia que no es solo generacional.
Argentina vive un momento raro. La inflación sigue siendo el telón de fondo de todas las conversaciones. El dólar sube, el salario no alcanza y la clase media hace malabares para llegar a fin de mes. Pero hay algo más que está pasando, algo que no se ve en los titulares de los diarios ni en los debates de la tele. La tecnología avanza a un ritmo que la política, la educación y la moral no terminan de procesar. Y mientras tanto, la gente común trata de sobrevivir entre la crisis y la novedad.
La inteligencia artificial dejó de ser un tema de ciencia ficción o de suplementos de tecnología. Ahora está en el trabajo, en la escuela, en la manera de buscar información y hasta en la forma de elegir pareja. Una empresa de recursos humanos me contó que cada vez más puestos administrativos se cubren con sistemas que procesan datos, redactan informes y hasta contestan mails. Los empleados que quedan no saben bien si eso los libera o los vuelve prescindibles. La respuesta, como casi todo en este país, depende de quién la dé y desde qué lugar.
El mérito y la máquina
El discurso del mérito, ese que dice que el que quiere puede, choca de frente con una realidad donde una máquina puede hacer en segundos lo que a una persona le llevaba horas. La educación, que siempre fue el gran ascensor social argentino, ahora enfrenta una pregunta incómoda: ¿para qué formar a un pibe si después un algoritmo le va a competir el puesto? Los colegios secundarios, sobre todo los públicos, no saben cómo integrar estas herramientas. Algunos las prohibieron. Otros las ignoran. Pocos las usan con criterio.
Mientras tanto, las redes sociales imponen su propia lógica. La polarización no es solo política. Es existencial. En TikTok un chico de quince años puede aprender a cocinar, a reparar un motor o a repetir consignas sin entenderlas. La verdad se fragmentó. Cada uno arma su propio rompecabezas con las piezas que le dan los algoritmos. Y la memoria, esa capacidad de recordar y de olvidar que nos hace humanos, se va diluyendo en un presente perpetuo donde todo es nuevo y nada dura.
La familia, que alguna vez fue el núcleo de transmisión de valores, también se reconfigura. Los padres trabajan más horas para pagar las cuentas. Los hijos crecen con la pantalla como niñera. Las conversaciones en la mesa, cuando hay mesa, suelen ser sobre lo caro que está todo o sobre lo que vieron en Instagram. La moral se vuelve líquida. Lo que hoy está bien, mañana está mal. Y la soledad, esa compañera silenciosa de la clase media, se vuelve más densa cuando uno se da cuenta de que el celular tiene más respuestas que los amigos.
El Estado y la deuda
El Estado, mientras tanto, intenta poner orden. Pero la deuda, la externa y la interna, condiciona cualquier decisión. Cada vez que el gobierno anuncia un plan, aparece el fantasma del Fondo Monetario. Cada vez que promete alivio, la inflación se lo come. La política, atrapada en su propio relato, no termina de entender que la gente ya no cree en promesas. La gente quiere hechos concretos. Que el colectivo pase. Que el sueldo alcance. Que el hospital atienda.
En ese contexto, la inteligencia artificial aparece como una promesa de eficiencia y como una amenaza de exclusión. Los jóvenes, que nacieron con el teléfono en la mano, la ven natural. Los adultos, que todavía recuerdan el mundo sin internet, la miran con desconfianza. Pero nadie puede escapar. Ya está acá. Y transforma todo: el trabajo, la educación, las relaciones, la identidad.
La identidad es otro de los frentes que se mueve. En un país donde la historia y la memoria pesan tanto, la tecnología permite reescribir el pasado. Los deepfakes, la manipulación de imágenes, los discursos generados por máquinas. La verdad se vuelve una mercancía más. Y la confianza, ese pegamento social que ya estaba dañado, se resquebraja un poco más.
Consumo y dignidad
En el medio, la clase media consume. Compra en cuotas lo que no puede pagar al contado. Se endeuda para mantener un nivel de vida que se parece cada vez más a una ficción. La dignidad, esa palabra que antes estaba asociada al trabajo y a la palabra empeñada, ahora se mide en likes y en seguidores. El éxito se volvió cuantificable. Y la soledad, cuantificable también, se esconde detrás de pantallas brillantes.
El otro día, en una charla con amigos, alguien dijo que el verdadero problema no es la inflación ni el dólar ni la inseguridad. El verdadero problema, dijo, es que perdimos la capacidad de imaginar un futuro distinto. Que todo se parece a una repetición. Que la política propone lo mismo, que la economía falla igual, que la tecnología avanza pero no mejora la vida de todos. Y que en ese horizonte plano, la inteligencia artificial no es una solución. Es un espejo que nos devuelve la imagen de lo que somos: una sociedad que corre detrás de un tren que no sabe bien adónde va.
No hay moraleja. No hay cierre feliz. Solo la certeza de que el futuro ya llegó, sin avisar, mientras discutíamos otra cosa. Y que la clase media, esa que siempre fue la columna vertebral del país, está tratando de entender cómo pararse en un mundo que cambió las reglas sin previo aviso. El tiempo dirá si esa capacidad de adaptación, que alguna vez fue el orgullo argentino, alcanza para salir del pozo. O si, como tantas veces, el país se queda mirando el cartel mientras el colectivo pasa de largo.
