Artículo y ensayo

El precio de estar desconectado

Entre la inflación y la urgencia digital, la clase media argentina descubre que la desconexión es un lujo que pocos pueden pagar y que, a la vez, la conexión constante tiene un costo que no está en el recibo.

El precio de estar desconectado

El precio de estar desconectado

En la parada del 60, una mujer revisa el saldo de su celular como quien cuenta monedas para el pan. Tiene $150 pesos de crédito, un plan prepago que estira como chicle. Al lado, un pibe con auriculares mira un video de TikTok sin importarle el gasto. Son dos caras de la misma moneda, dos formas de medir el mismo tiempo. La mujer trabaja en casas de familia y necesita el teléfono para que le confirmen los turnos. El pibe, estudiante de secundaria, necesita el suyo para existir. En la Argentina de 2025, estar conectado no es una opción: es una condición de ciudadanía.

Pero la conexión tiene un precio que no siempre aparece en la factura. La inflación licuó el salario, pero también licuó la paciencia. Las redes sociales, que prometían acercar el mundo, terminaron convirtiendo a cada usuario en un pequeño gestor de su propia ansiedad. El relato del mérito, ese que dice que si te esfuerzo lo suficiente vas a llegar, choca contra la realidad de un país donde el esfuerzo solo alcanza para llegar a fin de mes. La clase media, esa categoría que alguna vez fue un orgullo y ahora es un chiste, mira el presente con el rabillo del ojo: sabe que lo que viene no es mejor, pero no tiene tiempo para procesarlo.

La inteligencia artificial y la moral de ascensor

Se habla mucho de inteligencia artificial, de algoritmos que nos entienden mejor que nosotros mismos. Pero en la práctica, la IA se cuela en la vida cotidiana de manera más pedestre: el chatbot del banco que no resuelve nada, el asistente de voz que confunde "pescado" con "peinado", el sistema de selección de personal que filtra curriculums sin entender un carajo. La tecnología avanza, sí, pero la dignidad humana sigue siendo un asunto de trato directo, de mirada a los ojos, de gesto que no se automatiza.

La juventud, mientras tanto, navega entre la exigencia de ser exitoso en redes y la presión de un mercado laboral que pide experiencia para puestos de entrada. La familia, ese refugio que alguna vez fue un búnker, se volvió un ring de discusiones sobre política, deuda y cómo pagar el colegio de los chicos. La moral, ese concepto que parecía anclado a la religión o a la tradición, se redefine todo el tiempo en los comentarios de Facebook y en los grupos de WhatsApp del barrio.

La verdad como eslogan

La verdad se ha vuelto un producto más. Los medios, que alguna vez tuvieron el monopolio de los hechos, ahora compiten con influencers, memes y cadenas de mensajes. El relato del poder no se impone desde arriba: se viraliza desde abajo. La manipulación ya no necesita un gran aparato de propaganda; le alcanza con un tweet bien escrito y un par de bots. La polarización, esa grieta que se lleva puesta la conversación pública, no es más que la consecuencia de un sistema donde cada uno arma su propia realidad con los datos que le convienen.

El Estado, por su parte, intenta regular el desorden, pero llega siempre tarde. La educación formal, que alguna vez fue el ascensor social, ahora parece una máquina de fabricar currículums que no garantizan nada. La inseguridad, esa palabra que resume miedos múltiples, se cuela en la charla de todos los días, pero nadie se pone de acuerdo sobre cómo enfrentarla. El consumo, ese motor que movía la economía, se convirtió en un acto de supervivencia: comprar no es un placer, es una estrategia para que el dinero no pierda valor antes de fin de mes.

La soledad del que espera

En medio de todo, la soledad. No la soledad del que está solo, sino la del que está rodeado de pantallas y no encuentra a nadie. Las redes sociales ofrecen compañía pero no reemplazan el abrazo. La inflación no solo sube los precios: también sube el costo de estar juntos. Salir a tomar un café, ir al cine, compartir una cena: todo se vuelve un cálculo. La clase media se repliega sobre sí misma, busca refugio en lo que no cuesta plata: caminar, mirar el cielo, charlar con el vecino. Pero hasta eso se transforma en un gesto político, en una declaración de principios.

La identidad argentina, ese mito de ser un país de clase media, se desdibuja. Ya no hay un relato unificado. Hay fragmentos: el que se fue, el que se queda, el que espera, el que se enoja, el que se ríe para no llorar. La memoria, ese ejercicio de recordar lo que pasó, choca con la urgencia del presente. Nadie tiene tiempo para mirar atrás porque el ahora exige atención constante. Pero el pasado, como la deuda, siempre vuelve. Aparece en la mesa familiar, en la nostalgia por un país que ya no existe, en la bronca por lo que se perdió.

Y sin embargo, la gente sigue. Sigue laburando, sigue pagando cuentas, sigue mandando mensajes, sigue buscando una salida. No hay grandes gestos heroicos, solo pequeñas resistencias cotidianas. La dignidad no está en el discurso grandilocuente, sino en el gesto mínimo: el que se niega a mentir, el que saluda al vecino, el que le enseña a su hijo a no rendirse. En la Argentina de hoy, sobrevivir es un acto político. Y a veces, alcanza.

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